El Plan CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Mike

No tengo pensado quedarme mirando tanto rato, de verdad que no. El plan ya está en marcha, todo está preparado, controlado. No necesito seguir mirando… pero, aun así, ahí estoy, delante de la pantalla, viendo cómo el salón se llena de ruido, de risas y de marujeo.

Cuando empiezan a quitarse las camisetas para ponerse esas mascarillas de pecho siento lo que no esperaba.

No es excitación, como otras veces, es vergüenza.

Una sensación incómoda que me hace apartar la mirada casi al instante, como si estuviera viendo algo que no me corresponde.

Me paso la mano por la cara, aparto la vista de la pantalla durante unos segundos…

pero no puedo evitar volver a mirarla de reojo.

Solo a ella. Solo para comprobar que está bien, que se ríe.

Parece otra persona cuando está con ellas, más viva, más suelta… más ella.

Sacudo la cabeza y vuelvo a centrarme, porque esto no va de eso.

El plan es lo importante y, cuando veo en el móvil que empiezan a moverse, que hablan de salir, que ya lo han decidido, me levanto de golpe.

La mochila ya está preparada desde antes.

Todo dentro, ordenado, cada cosa en su sitio: unas esposas de las buenas, de las que no se rompen; un cuchillo; unas tijeras; bridas; cadenas; la Polaroid y el táser que fabrico yo mismo, pequeño, pero suficiente para dar ese chispazo que no hace daño de verdad, aunque se siente, impone y controla.

Abro la puerta, salgo… y, en cuanto pongo un pie fuera, me doy cuenta.

La máscara.

Mierda.

Vuelvo a entrar rápidamente, la cojo de la mesa. Negra, mate, perfecta, con los ojos azules que brillan en la oscuridad, hecha a medida. No es un disfraz, es otra versión de mí, una más útil.

Me la guardo y salgo otra vez. Bajo las escaleras casi sin hacer ruido, arranco la moto y salgo disparado. El aire frío me golpea la cara mientras acelero, el ruido del motor tapa todo lo demás y mi cabeza está completamente centrada en lo que viene.

Cuando llego al Scream Park aquello está lleno. Gente por todas partes, luces, música, gritos, puestos de comida, olor a azúcar, a fritanga, a crepes, a caramelo. Gente riéndose, asustándose por tonterías, corriendo de un lado a otro sin saber realmente lo que les espera dentro…

Perfecto.

Cuanto más ruido, mejor. Más fácil es moverse sin llamar la atención.

Aparco, cojo la mochila y voy directo a la entrada de la casa extrema. Allí el ambiente cambia: menos luz, más silencio, más tensión.

El tipo de la entrada me mira.

—Nombre.

—Mike.

Me sostiene la mirada un segundo.

—Dime el nombre de tus invitadas.

Se lo digo sin dudar.

Asiente y me deja pasar.

Dentro todo es distinto: pasillos estrechos, luces bajas, el sonido mucho más apagado.

Llego a la sala, tal y como la pido: oscura, iluminada solo por una tenue luz azul que lo cubre todo.

Paredes de hormigón con arañazos, pintadas de neón que brillan: «No puedes escapar», «Corre», caras sonrientes con los ojos en forma de X que parecen observarte desde todos los ángulos.

En el centro hay una camilla, una silla y una mesa.

Todo preparado.

Todo limpio.

Todo listo.

Dani ha cumplido. Como siempre.

Dejo la mochila y voy sacando las cosas con calma, colocándolas una a una sobre la mesa, sin prisa, disfrutando del momento, de cómo todo encaja.

Las esposas, las bridas, el táser, la Polaroid, las cadenas…

cada cosa ocupa su lugar. La habitación está completamente insonorizada y los demás empleados ya tienen sus órdenes: entretener a las amigas, separarlas, hacer que el recorrido se alargue, que se pierdan, que griten, que no sepan por dónde van…

Tiempo. Solo necesito tiempo.

Me siento en la silla y saco el móvil. Activo la escucha. Se oye mal, lejano, con ruido de fondo. Sabrina debe de llevarlo en el bolso, pero, aun así, afino el oído intentando sacar algo claro entre las voces.

Entonces lo escucho.

—Tía, cómprate una manzana de caramelo, que te encantan —es Aina.

Silencio.

—No puedo… Edgar tiene razón… Estoy demasiado gorda… No debería comer eso.

Se me tensa la mandíbula al instante.

¿De verdad?

¿Eso le ha metido en la cabeza?

Siento cómo algo sube por dentro, una mezcla de rabia y rechazo hacia él.

Cojo el walkie sin pensarlo.

—Tráeme una manzana de caramelo.

—¿Ahora?

—Ahora.

No tardan nada. Me la traen enseguida. La cojo, la miro un segundo y la dejo preparada, escondida, para ella.

Vuelvo al móvil intentando escuchar algo más, pero todo es ruido: pasos, risas, gritos… Suficiente para saber que ya están dentro, que el recorrido ha empezado.

El walkie vuelve a sonar.

—Tus invitadas están a punto de entrar.

Sonrío.

Me levanto y observo la sala.

Todo está en su sitio.

Todo está listo.

—Empezad el plan..