CAPÍTULO 9
Sabrina
Llevo toda la semana esperando a que llegue el sábado, no sé ni la última vez que tenía tantas ganas de ver a alguien, de escuchar risas en casa, de no sentir ese silencio constante que se me mete en la cabeza y no me deja respirar tranquila, he limpiado todo varias veces aunque ya estaba limpio, he colocado la mesa, he mirado el móvil mil veces como si fueran a desaparecer si no estoy pendiente, y cuando por fin llaman a la puerta siento un vuelco en el pecho, como si algo dentro de mí despertara de golpe después de demasiado tiempo.
Abro... y ahí están.
Aina con una botella de vino en alto como si fuera un trofeo, Marta cargada con bolsas de comida china y Clara levantando otra aparte diciendo “ esto es vegano, no me juzguéis”.
No sé en qué momento empiezo a reírme ni en cuál empiezo a llorar, solo sé que en segundos estamos gritándonos, abrazándonos, chocando unas con otras en la entrada como si no hubieran pasado meses, como si todo siguiera igual, pero no, no está igual, y se nota en la forma en la que me aferro a ellas, en cómo no quiero soltarlas, en cómo se me rompe la voz cuando digo que las he echado de menos.
—Os he echado muchísimo de menos...
Y ya no puedo parar.
Aina me coge la cara.
—Eh... ya estamos aquí, tranquila.
Clara me rodea.
Marta deja todo en el suelo sin cuidado.
—Nosotras a ti también, joder...
Entramos poco a poco, como si el ambiente cambiara solo con ellas dentro, la casa deja de ser silenciosa, deja de ser pesada, se llena de voces, de pasos, de cosas moviéndose, de vida, abrimos el vino, sacamos la comida, nos sentamos sin orden en el salón, algunas en el sofá, otras en la alfombra, todo desordenado pero perfecto, como antes.
—Vale, ahora en serio —dice Marta— ¿qué coño ha pasado?
Me quedo en silencio unos segundos, mirando la copa.
—Edgar... está peor.
—¿Te ha hecho algo? —pregunta Clara.
—No... no me ha tocado nunca... pero cada vez que bebe es más agresivo, me da miedo que algún día lo haga.
Se hace un silencio incómodo.
—Tía, tienes que dejarle —dice Aina.
Suelto una pequeña risa sin gracia.
—Lo he intentado... muchas veces... pero no me deja, siempre vuelve, siempre encuentra la forma de aparecer, de agobiarme, de hacer que vuelva atrás... no vive ni deja vivir.
Las miro.
—Me ha llegado a decir que solo me voy a librar de él cuando él muera.
Nadie dice nada durante unos segundos, pero no es un silencio vacío, es de esos que pesan porque saben que es verdad.
—La casa es tuya —dice Aina— él es el que sobra.
—Ya... pero eso no cambia nada —respondo— él no entiende de límites.
El ambiente se queda denso, demasiado serio, demasiado real, y entonces Clara hace lo que mejor se le da.
—Vale, se acabó el drama. —dice Clara—
Se levanta de golpe y saca unas mascarillas.
—Plan de rescate. —-dice Clara sacando otras mascarillas para los pezones—-
—¿Perdona? —dice Marta riéndose.
—Que hay que hidratar esto —dice Clara señalándonos de la cara hacia los pechos— que este finde se liga.
Aina niega con la cabeza.
—Eres imbécil. —-Dice Aina señalando las mascarillas de pecho—
—Pero con razón. —Digo yo sonriendo —
En cuestión de minutos estamos con música puesta a todo volumen, el salón lleno de ruido, luces cálidas, la mesa llena de comida abierta, copas de vino, nosotras con mascarillas en la cara y en los pechos, riéndonos sin parar, sentadas como podemos, algunas en el suelo, otras en el sofá, con esa sensación de volver a ser nosotras, sin pensar en nada más.
En un momento dado Clara deja su comida vegana en la mesa y, en cuestión de segundos, Lucky aparece como un misil, roba algo y sale corriendo.
—¿Pero qué hace? —grita Clara.
—Tu perro es vegano —dice Marta sin poder parar de reírse.
—Ese come lo que pille —respondo entre risas.
Luke, desde el sofá, observa la escena con esa cara de “ esto era previsible”, sin moverse demasiado.
—Ese juzga más que mi madre, a veces me da escalofríos su mirada —dice Aina señalándolo.
Y volvemos a reírnos.
—Oye —dice Marta— ¿no os sale todo el rato lo del scream park ese?
—Sí —digo.
—A mí también —dice Clara.
—A mí me sale hasta en la sopa —añade Aina.
—Pues tiene buena pinta —dice Marta.
—Yo paso, eso estará petado —respondo.
—Ya, imposible conseguir entradas —dice Clara.
—¡Espera! —dice Marta levantándose— a mí me llegó algo.
Busca en el móvil.
—“Si sois cuatro personas lo suficientemente valientes para la experiencia extrema... Entrada gratuita.”
Nos quedamos mirándonos.
—No puede ser —digo.
—Es mucha casualidad —dice Clara.
—O destino —dice Aina.
—O una trampa —responde Clara.
—Ay por favor —dice Marta— qué miedo vais a tener.
—Yo ninguno —dice Aina.
—Tú te cagas seguro —le contesta Clara.
—Ni de coña. —dice Aina.
—Ni de coña dice... —digo yo guiñando un ojo.
Empiezan a picarse, cada vez más, levantando la voz, riéndose, empujándose ligeramente como siempre, y yo las miro y no puedo evitar sentir algo que había olvidado.
Diversión.
—Vale ya —digo riéndome— vamos.
Se giran hacia mí.
—¿En serio? —dice Marta.
—Sí.
—¡Eso! —grita Aina.
—La que nos espera... —dice Clara, pero sonríe.
En cuestión de minutos estamos recogiendo a medias, dejando cosas sin terminar, quitándonos las mascarillas, cambiándonos deprisa, buscando ropa entre risas, el salón hecho un desastre pero lleno de vida, de ruido, de algo que había desaparecido durante demasiado tiempo.
Y mientras me miro un segundo en el espejo antes de salir, con el pelo desordenado, la piel aún brillante, la sonrisa que no me salía desde hace meses...
Lo tengo claro.
Esta noche no pienso pensar en nada.