CAPÍTULO 8
Mike
Salgo de la casa como entro, sin hacer ruido, como una sombra que nunca estuvo ahí.
Cierro el ventanal con el mismo cuidado con el que lo fuerzo, asegurándome de no dejar rastro: ni una marca, ni una señal, nada.
Escucho cómo su respiración cambia levemente arriba, ese instante en el que sé que está a punto de despertarse y, aun así, no acelero, no me precipito, porque todo está medido, todo controlado, cada segundo calculado antes de entrar, durante y ahora al salir, porque yo no hago las cosas a medias.
Antes de desaparecer del todo dejo la rosa sobre su mesita de noche.
Azul, porque no es un detalle bonito ni un gesto romántico, es un mensaje.
Siempre me han gustado las rosas azules, desde antes de todo, antes de la cárcel, antes de convertirme en lo que soy ahora.
Ese color que no debería existir, algo artificial, imposible en la naturaleza, como muchas de las cosas que he hecho y sigo haciendo.
En la cárcel me hice mi primer tatuaje: una rosa azul en el pecho, bien visible.
Los demás piensan que es por estética, por llevar algo distinto, pero no entienden nada.
La rosa azul significa lo inalcanzable, lo imposible, lo que no debería tocarse…
y, aun así, se toca, se toma, se hace tuyo. Y ahora es Sabrina.
Arranco la moto lo suficientemente lejos como para no llamar la atención.
El motor suena bajo mientras me alejo por la carretera casi vacía.
Las luces pasan rápidas a los lados, el aire frío atraviesa la ropa, pero mi cabeza sigue ahí dentro, en esa habitación, en su piel, en su respiración, en cómo duda, en cómo sabe que no es él y, aun así, no me detiene.
Y eso es lo que lo cambia todo, porque significa que, en el fondo, lo siente, que su cuerpo lo reconoce aunque su cabeza no quiera admitirlo.
Llego a casa con tiempo de sobra, como si nada hubiera pasado, como si acabara de volver de cualquier sitio. Dejo la mochila en el suelo, me quito la ropa y me meto directamente en la ducha.
El agua caliente cae sobre mi cabeza, recorre mi cuerpo y se lleva el sudor, el olor, cualquier rastro físico, pero no lo importante, porque eso se queda, eso no se limpia.
Repaso cada segundo en mi cabeza, cada gesto, cada sonido, cada reacción suya, analizándolo todo, aprendiendo, porque esto no ha sido un impulso, esto es el principio.
Salgo de la ducha y me visto para ir a trabajar como cualquier otro día. Ropa normal, vida normal… pero ya no lo es.
Enciendo el móvil y ahí está todo: su teléfono, acceso completo, mensajes, llamadas, ubicación, cada movimiento en tiempo real. Ya no desaparece cuando sale de casa, ya no la pierdo. Ahora siempre está conmigo, aunque no lo sepa.
Mientras conduzco hacia el trabajo, con la gente cruzando calles, coches, ruido, todo el mundo metido en su rutina sin mirar a nadie, yo sé exactamente dónde está ella, con quién habla, qué dice, qué hace.
Y eso no es acoso, eso es control, eso es cuidado, porque, si yo no lo hago, ¿quién va a hacerlo?
… ¿Edgar? No. Alguien tiene que hacerlo bien.
Alguien tiene que estar pendiente. Alguien tiene que protegerla incluso de sí misma. Y ese alguien soy yo.
No es obsesión. Es entender algo que los demás no ven.
Es ver lo que ella necesita antes de que ella misma lo sepa.
Y aunque todavía no lo entienda, aunque ahora tenga dudas, miedo o confusión, todo encaja, todo tiene sentido, porque esto no ha sido casualidad.
Esto era inevitable desde el momento en el que la veo.
Y ahora ya no hay vuelta atrás. Ahora ya he decidido que ella es mía.
El móvil vibra y lo miro casi al instante.
Ese pequeño impulso en el bolsillo… adoro esa sensación de saber que todo lo que pasa por su vida ahora también pasa por mí.
La pantalla se ilumina y ahí está el nombre de Edgar.
Perfecto, justo cuando tenía que pasar. Abro el mensaje incluso antes de que ella lo lea, como si fuera mío, como si siempre lo hubiera sido.
Edgar: "Me ha salido trabajo fuera. Estaré unos días sin pasar por casa."
Ni un "¿estás bien?", ni una explicación, ni nada que suene mínimamente humano. Solo eso, frío, seco, como si hablara con un compañero de trabajo y no con la persona con la que lleva tantos años.
Aprieto ligeramente la mandíbula mientras lo leo y no puedo evitar pensarlo con claridad: este tío la tiene completamente anulada, más de lo que imaginaba. No es solo que la trate mal, es que la ha ido aislando poco a poco, quitándole todo, incluso a sus amigas.
Espero. Sé que abrirá el mensaje en cualquier momento, y así es. La veo entrar en la conversación, quedarse unos segundos sin escribir nada, como si no supiera qué decir o simplemente no le importara lo suficiente como para responder, y sale del chat sin contestar.
Bien. Eso también dice mucho.
A los pocos segundos abre otro chat, uno de grupo.
Sabrina: “ Chicas... ¿seguís vivas o qué?”
Aina: “ ???????”
Clara: “¿Sabrina???????”
Marta: “¿Eres tú o te han hackeado?”
Sabrina: “ Soy yo, no exageréis... ”
Aina: “ Llevamos MESES sin saber de ti.”
Clara: “ Literal desaparecida.”
Marta: “¿Todo bien? En serio.”
Ahí es donde se ve de verdad el daño, meses sin hablar con ellas, meses fuera del mundo, ese gilipollas la ha ido encerrando poco a poco sin que ni siquiera se dé cuenta, reduciendo su vida a esa casa y a él.
Sabrina: “ Sí... bueno, más o menos, han sido meses raros.”
Aina: “ Ya... eso dices siempre.”
Clara: “¿Raros tipo mal o raros tipo drama?”
Sabrina: “ Un poco de todo supongo... ”
Marta: “¿Sigue igual?”
Se queda un rato sin escribir, lo noto, lo veo, ese pequeño parón que lo dice todo.
Sabrina: “ Sí.”
Una sola palabra y ya lo entiendo todo.
Aprieto el móvil un poco más fuerte sin darme cuenta.
Está peor de lo que pensaba.
Mucho peor.
Aina: “ Tía, tienes que salir de ahí un rato.”
Clara: “ Literal, necesitas aire.”
Marta: “ Nos debes una cena mínimo.”
Y entonces pasa.
Sabrina: “¿Y si venís a casa a cenar un día de estos?”
Levanto ligeramente la ceja, no me lo esperaba.
Aina: “¿PERDONA?”
Clara: “¿Tu casa? ¿Con Edgar?”
Marta: “ Eso sí que es novedad.”
Sabrina: “ No va a estar, se va unos días por trabajo.”
Perfecto.
Aina: “ Pues ya estás tardando en decir cuándo.”
Clara: “ Yo llevo el vino.”
Marta: “ Y yo el drama.”
Sabrina: “ Calla, idiota”
Aina: “ Después de cenar salimos.”
Clara: “ Sí o sí.”
Marta: “ Hay un evento de terror o algo así este finde, lo vi el otro día.”
Aina: “ Scream park o no sé qué.”
Clara: “ Eso, eso, vamos ahí.”
Marta: “ Plan perfecto para celebrar que Sabrina vuelve al mundo de los vivos.”
Sabrina: “ No sé yo... ”
Aina: “ Ni no sé ni hostias, vienes.”
Clara: “ Te sacamos aunque sea arrastrándote.”
Marta: “ Confirmado entonces.”
Me quedo mirando la pantalla unos segundos más, dejando que los mensajes se asienten, un scream park... y entonces me acuerdo.
Dani, de la cárcel.
Un cabrón listo, de los que sobreviven porque saben moverse, siempre hablaba de ese sitio, un parque de terror donde la gente paga por pasar miedo, por meterse en casas extremas donde actores los persiguen, los agarran, los arrastran, los encierran...
Todo controlado, nada real, pero lo suficientemente intenso como para que parezca que sí, lo suficientemente fuerte como para que salgan temblando y queriendo volver, y detrás de todo eso, dinero, mucho dinero, blanqueo, sustancias, negocios paralelos.
Sonrío. Esto es perfecto.
Saco el móvil y busco su contacto, sigue activo, no me sorprende.
Llamo.
—¿Quién coño... ?
—Mike.
Silencio al otro lado.
—Hostia... el hacker.
—Sigo vivo.
—Ya veo... ¿qué quieres?
Miro otra vez el chat de Sabrina.
—Trabajo.
Le explico lo justo, sin entrar en detalles, que puedo mover gente, que puedo darle visibilidad, que sé cómo hacer que el sitio explote en redes, que puedo meter tráfico real, del bueno.
Se ríe.
—¿Y tú qué ganas?
Vuelvo a mirar su nombre en la pantalla.
—Interés personal.
Silencio.
—Te puedo meter dentro —dice al final—, ya sabes cómo funciona, actores, casas extremas, gente que paga por que los asusten, los agarren, los arrastren... Pero sin pasarse.
Sonrío.
—Me vale.
Cuelgo.
Vuelvo a mirar el móvil, la conversación sigue ahí, ellas organizando el plan sin saber nada, sin imaginarse nada.
Ahora solo queda empujarlas un poco.
Publicidad, anuncios que les salga por todas partes.
Que lo vean, que les apetezca entrar en la casa extrema, que parezca idea suya.
Y lo mejor de todo... Que ella vaya.
Sin saber que voy a estar ahí... y que voy a romper y recomponer su cuerpo, que voy a hacerle sentir dolor y placer, tanto que pedirá con gritos desgarrados más y más.
Manos a la obra, ¡Spam masivo a la de ya!