El Plan CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Mike

Llevo varios días observando y estudiando atentamente cómo entrar en esa casa sin forzar la cerradura.

Suelo ser bastante sutil, pero, con Edgar de por medio, todo es bastante impredecible.

No tiene un horario fijo: va y viene del club o del bar, puede aparecer en cualquier momento y sigue siendo un problema del que me encargaré más adelante.

Esta noche es el momento clave. He tenido turno de mañana, por lo que tengo tiempo suficiente para escaparme, abrir la puerta y entrar.

Al llegar a casa me encuentro un paquete negro justo en el rellano.

Bien… Mi paquete ya ha llegado.

Lo cojo y entro en el piso. Lo dejo sobre la mesa del comedor mientras rebusco por los cajones en busca de uno de los cuchillos más afilados para abrir la caja con mucho cuidado, ya que no debo dañar el contenido.

Cuando por fin consigo abrirla, ahí está, encajada entre piezas de poliestireno: mi máscara.

Es perfecta.

Negra mate, imponente, con unos ojos digitales que permiten ver a través de ellos e incluso iluminarlos.

Solo queda el toque final, aunque eso ya depende de mis habilidades como manitas y hacker.

Le instalaré un pequeño sistema informático en un chip con una IA capaz de detectar movimiento, ver en la oscuridad y un modulador de voz, por si fuera necesario.

Cuando me doy cuenta de la hora, el tiempo se me ha echado encima. Mierda… Ya voy tarde.

Me visto con unos pantalones negros, unas botas de estilo militar negras con los cordones azules y una sudadera negra con capucha, cuyas mangas son lo suficientemente largas como para ocultar mis tatuajes.

Los guantes… Los olvidaba.

Cojo mi portátil, los cables y el aparato necesario para instalar el localizador y hackear los móviles. Lo meto todo en la mochila y salgo de allí.

Debo aparcar lo suficientemente lejos para que nadie vea ni escuche mi moto, pero también lo bastante cerca como para llegar andando sin que me detecten. Ese es el mayor de los retos.

Aparco a las afueras, entre la vegetación del campo y el bosque que rodea esa vieja casa.

El aire es frío y apenas se escucha nada más que el sonido de las hojas moviéndose.

Camino en completo sigilo hasta llegar a la ventana lateral que da al comedor.

Cojo el móvil y entro en el sistema de la empresa para desactivar la alarma.

Vaya desastre sería que saltara por mi culpa cuando fui yo quien la instaló.

Fuerzo la pestaña que mantiene el gran ventanal cerrado y, de repente, veo unos ojos brillantes que me observan desde la otra punta del comedor, completamente a oscuras.

Mierda… Los perros...Se me había olvidado.

A través de la ventana me quito un guante para dejar que el perro más joven me huela.

Debe de ser Lucky, el más majete. Por lo visto, reconoce mi olor, ya que me deja acariciarlo.

En cambio, Luke sigue mirándome con esa expresión desconfiada y despiadada.

Cada vez está más cerca, como si acechara a su presa.

Lo ignoro mientras entro por la ventana procurando no tocar nada con la mano descubierta, pero, en cuanto doy un paso hacia delante, Luke empieza a gruñir. Es un gruñido bajo, contenido, pero suficiente para preocuparme. Podría despertar a sus dueños.

Mierda… Tengo que encontrar la forma de hacer un trato con Luke para que me deje moverme por la casa tranquilamente.

Voy hacia el comedor y encuentro unas chocolatinas. Sé que no debería dárselas a un perro, pero este tiene un pie en el más allá y solo lo mantiene vivo su mala leche. Parece el perro que vigila las puertas del infierno: pequeño, pero con un aura tan oscura que impone respeto.

Intento ofrecérsela, pero simplemente se queda mirándome con cara de pocos amigos, totalmente desconfiado.

Qué perro más cabezón…

Dejo la chocolatina en el suelo para ver si así la coge y se da cuenta de que podemos ser amigos.

Al alejarme, Luke se acerca a la chocolatina y empieza a lamerla. Por lo visto, apenas le quedan dientes.

Es mi momento.

Mientras está entretenido, podré subir las escaleras hasta la habitación.

Subo sigilosamente. La casa cruje ligeramente con cada paso. La puerta está abierta y ahí está ella, sola. Edgar debe de estar borracho en algún bar de mala muerte o en un club con alguna prostituta.

Sabrina duerme tan plácidamente que me transmite una paz que jamás había sentido. Mi cabeza pasa de cien a cero en cuestión de segundos.

Ahí está su móvil, sobre la mesita de noche.

Es el momento, así que abro la mochila con todo el sigilo posible, saco mi móvil y lo conecto al suyo.

Es cuestión de segundos conseguir todo lo que me había propuesto.

Termino, recojo todo y lo meto de nuevo en la mochila.

Antes de irme, no puedo evitar quedarme en la esquina observándola un poco más.

Hace calor. Duerme con una camisa grande, pero corta, que apenas oculta su cuerpo.

Mierda…

No puedo evitar que mi cuerpo reaccione. Mi erección crece a la vez que mis pantalones me aprietan.

Por Dios, Mike… No es el momento.

Se escucha un ladrido desde la planta de abajo.

Mierda… Se va a despertar.

Nada más lejos de la realidad. Sabrina duerme profundamente. Solo cambia de postura, boca arriba, dejando asomar sutilmente un pecho por la abertura del cuello. Esa camiseta le queda realmente enorme.

Mi erección duele. Debo liberar a la bestia. No es el mejor momento, pero mi mente perturbada funciona así, así que dejo que mi instinto primario se apodere de mí.

Desato el botón de mi pantalón, bajo un poco los bóxers y libero mi miembro. No voy a mentir: Dios me ha dado el don de tener algo acorde con mi nuevo cuerpo. En la cárcel hacen bromas llamándome "el Anaconda" por algo.

Lo sujeto desde la base hasta la punta y dejo que mi imaginación eche a volar con ese pecho asomando y la silueta de su cuerpo.