El Plan CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Mike

Al día siguiente en el trabajo no podía concentrarme.

Lo intentaba, claro... clientes, instalaciones, llamadas, lo de siempre, pero mi cabeza estaba en otro sitio, volviendo una y otra vez a ella, a su casa, a lo que había visto la noche anterior.

El zumbido de las luces del local, el olor a cableado y plástico nuevo, el sonido de herramientas chocando en el taller...

todo seguía igual, pero yo no estaba ahí del todo.

Cada vez que podía, cuando nadie miraba, abría el sistema y accedía a las cámaras. Solo un momento, solo para comprobar... pero siempre acababa quedándome más de lo que debería.

Ahí estaba.

Moviéndose por la casa, preparándose para ir a trabajar, con esa calma suya, con esa forma de hacer las cosas sin prisa, como si el tiempo le diera igual.

La luz de la mañana entraba por las ventanas, suave, iluminando el salón de forma cálida, dejando ver el polvo en el aire flotando lentamente.

La cocina desordenada pero vivida, el sofá con la manta arrugada, los perros moviéndose a su alrededor.

Me sabía ya algunos gestos de memoria. Dónde deja las llaves. Cómo se recoge el pelo. Cómo habla a los perros con esa voz suave que no encaja con la vida que tiene.

Miré el reloj.

Siempre más o menos a la misma hora.

Rutina.

Eso es bueno.

Edgar salió antes, sin despedirse, sin mirarla siquiera. La puerta se cerró de golpe y ella ni reaccionó, como si ya estuviera acostumbrada, como si fuera lo normal.

Ella tardó un poco más, recogió un par de cosas, habló con los perros, se puso la chaqueta... y se fue.

La puerta se cerró.

Silencio.

La casa quedó vacía, quieta, como si de repente se hubiera apagado.

Y entonces desapareció.

La pantalla seguía mostrando las mismas habitaciones, el mismo sofá, la misma mesa... pero ella ya no estaba. No había forma de verla, no había forma de saber dónde estaba, qué hacía, con quién estaba.

Apreté la mandíbula.

No me gustaba.

Nada.

No poder verla. No saber qué hacía. No saber quién la miraba.

Cerré el sistema de golpe.

Eso hay que arreglarlo.

El resto del día pasó lento, pesado, como si estuviera perdiendo el tiempo, como si todo lo demás no importara realmente. Porque no importaba.

Cuando salí del trabajo y fui hacia la moto, el aire de la calle estaba más frío, empezaba a caer la tarde y las luces de los escaparates ya estaban encendidas, reflejándose en el asfalto.

El ruido de los coches, gente hablando, puertas abriéndose y cerrándose...

todo normal, todo ajeno a lo que tenía en la cabeza.

Necesitaba una forma de seguirla fuera.

De no perderla.

Arranqué la moto, pero no me fui directo a casa. Al pasar por una calle secundaria, vi una tienda pequeña, de esas de disfraces y cómics, con el escaparate lleno de máscaras, figuras, luces de colores y carteles viejos pegados en el cristal. Frené sin pensarlo demasiado.

Me quedé mirando desde fuera unos segundos.

Máscaras de todo tipo. Algunas infantiles, otras grotescas, otras más elaboradas... pero ninguna era suficiente.

Y entonces lo vi claro.

No era solo una máscara.

Era una forma de estar cerca sin ser yo.

Entré.

El interior olía a plástico, a goma, a pintura, con estanterías llenas hasta arriba, pasillos estrechos, luces blancas algo frías que hacían que todo pareciera un poco irreal. Cogí una máscara cualquiera, la miré, la giré... demasiado simple, demasiado común.

No, eso no servía.

Pero la idea ya estaba ahí.

No necesito comprarla aquí.

Puedo hacerla.

A mi medida.

La dejé donde estaba y salí sin comprar nada, volviendo a la moto con la sensación de que todo empezaba a encajar.

Mientras conducía, ya lo tenía claro.

Al llegar a casa ni me quité la chaqueta. El piso estaba en silencio, solo el leve eco de mis pasos y el clic del interruptor al encender la luz. Fui directo al ordenador.

Dark web.

Ahí es donde se hacen bien las cosas.

Sin preguntas.

Sin límites.

Busqué proveedores, máscaras personalizadas, encargos especiales...

gente que fabrica para todo tipo de situaciones, algunos para delinquir, otros para esconderse, otros simplemente porque pueden.

Comparé materiales, sistemas de iluminación, acabados...

páginas oscuras, interfaces básicas, mensajes cifrados, todo lo de siempre.

Y entonces empecé a diseñarla.

Negra, mate, sin reflejos.

Que absorba la luz.

Los ojos eran lo importante. Iluminación azul, fría, que destaque en la oscuridad, que no parezca del todo humano. Algo que, cuando lo veas, no sepas muy bien qué tienes delante.

Ajuste perfecto al rostro, ligera, silenciosa, sin fallos.

No era solo una máscara, era una herramienta.

Envié el encargo.

Pero eso no solucionaba el problema principal, ella.

Volví a abrir los datos que había sacado el día anterior: Sabrina, Edgar, rutinas, horarios, entradas y salidas... todo ordenado, todo claro.

Si quiero saber dónde está... tengo que poder seguirla.

Apoyé la espalda en la silla, mirando la pantalla, pensando.

¡Sus móviles! Ahí está todo.

Si consigo acceso... si consigo poner algo ahí... Sonreí.

No es complicado, solo hay que hacerlo bien.

En el momento adecuado.

Sin que se dé cuenta.

Sin que él se dé cuenta.

Volví a las cámaras, la casa seguía vacía, inmóvil, como si estuviera esperando.

Perfecto. Ahora solo tengo que observar mejor, ajustar tiempos, entender sus rutinas al detalle, saber exactamente cuándo entrar, cuándo salir, cuánto tiempo tengo.

Y entonces...

no volveré a perderla de vista.

Ni un segundo.