El Plan CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Sabrina

A veces tengo miedo de que Edgar venga alterado a casa. No siempre fue así, pero últimamente esa sensación no se me va, es como una presión constante en el pecho, una alerta que nunca termina de apagarse del todo.

Espero que el sistema de seguridad ayude si finalmente decide cumplir su amenaza y agredirme uno de estos días.

Hoy he estado tan absorta leyendo que se me ha echado el tiempo encima; me pasa mucho, cuando leo desaparezco completamente. Desconecto tanto que no recuerdo ni haber firmado la instalación de la alarma. Como diría mi mejor amiga Aina, voy en piloto automático.

Ha sido mi día de fiesta, pero mañana volveré a ser una adulta responsable e iré a trabajar con la mejor de las sonrisas a la oficina, aunque no siempre sea real.

Estudiar arte para terminar tras un ordenador haciendo diseños para empresarios que te miran como si tuvieras la lepra no era una de mis metas, pero ¿qué le vamos a hacer? hay que vivir de algo.

La casa está en silencio, demasiado silencio; solo se escucha el leve tic-tac del reloj del salón y el sonido de las hojas del libro al pasar, a veces el viento mueve ligeramente las ventanas y hace crujir la madera.

Mis perros están tranquilos hoy, Luke está tumbado a mi lado respirando lento, pesado, y Lucky está en su cama con los ojos medio cerrados, vigilando como siempre. Ellos son lo único que me da paz real.

No recuerdo la última vez que Edgar me tocó.

Desde que pasé mi depresión por la muerte de mi madre, he engordado algunos kilos, nada exagerado, pero suficiente para él.

Ahora su frase favorita es “ no te voy a tocar ni con un palo hasta que pierdas 30 kg”, lo dice sin inmutarse, como si fuera normal, como si no doliera, pero no ve que esas palabras hieren, que se quedan dentro, que me provocan más ansiedad...

y que eso solo empeora todo. A veces me miro al espejo y ya no sé qué estoy viendo.

Ojalá me valorara, ojalá volviera a ser como antes. Ojalá pudiera huir de esta casa con mis perros y poder mantenernos los tres, Luke, Lucky y yo, pero con lo mal que está la economía, mantener un hogar sola es casi imposible, y eso me ata aquí más de lo que me gustaría admitir.

El sonido de la alarma de mi medicación me devuelve a la realidad, siempre a la misma hora, siempre igual.

Abro la nevera y la luz blanca ilumina la cocina, fría, casi clínica, cojo la botella de vino y me sirvo una copa generosa.

En el fondo sé que no debería mezclar alcohol con las pastillas, pero llegados a este punto de la vida, me da bastante igual.

Ansiolíticos, antidepresivos... mi rutina, mi forma de mantenerme algo funcional.

Me llevo las pastillas a la boca y doy un gran sorbo al vino tinto, el sabor es fuerte, cálido, me recorre la garganta y me relaja casi al instante. Suspiro y vuelvo al sofá con el libro entre las manos, intentando perderme otra vez.

No sé en qué momento cierro los ojos.

El sonido de las llaves abriendo la puerta me despierta de un sobresalto. Mierda, Edgar ya está en casa y no tengo ni la cena preparada.

El ambiente cambia al instante; es difícil de explicar, pero se siente, como si el aire pesara más, como si todo se tensara.

—Era de esperar, una vaga siempre es una vaga, no eres capaz ni de hacer una simple cena.

Su voz no es alta, pero es suficiente.

—Perdón, me he tomado las pastillas y me he quedado dormida.

—Siempre tienes una excusa de mierda para no asumir que eres una vaga.

Me levanto sin decir nada más y voy directa a la nevera, saco unos bistecs que compré el día anterior e intento moverme rápido, en silencio, como si así pudiera evitar que la situación fuese a más.

—No te molestes, me voy a cenar fuera.

Me quedo quieta unos segundos, trago saliva.

—¿Quieres que salgamos a cenar los dos?

Lo digo casi sin pensar, con esa pequeña esperanza que nunca termina de desaparecer.

—Yo contigo no voy ni a la esquina.

Sus palabras me atraviesan como una daga, pero no digo nada, nunca digo nada.

El portazo resuena por toda la casa, los perros se sobresaltan y luego todo vuelve al silencio, pero ya no es el mismo.

Me quedo de pie en la cocina, con la sartén en la mano, mirando al vacío, sin saber muy bien qué hacer.

CAPTULO 3

Mike

Esa noche no pude dejar de pensar en ella, en su sonrisa, en su pelo enmarañado, en la dulzura con la que hablaba a sus perros y en lo sexy de su silueta chubby...

No podía quitármela de la cabeza por mucho que lo intentara, como si se hubiera quedado metida ahí dentro sin permiso, ocupando todo el espacio.

No pude evitar excitarme, por Dios, solo la había visto una vez y mi cuerpo ya reaccionaba así solo con un breve recuerdo, como si la hubiera tenido delante durante horas, como si la conociera de siempre, y lo peor es que no me parecía raro, no me parecía exagerado, me parecía lógico.

No podía evitar pensar en qué estaría haciendo, necesitaba verla, no me bastaba con imaginarla; mi cuerpo pedía estímulo visual, algo real, algo que confirmara que no me estaba volviendo loco, y ahí cometí otro delito, uno pequeño comparado con todo lo que había hecho antes, casi insignificante.

Entré en el sistema del trabajo y me conecté a sus nuevas cámaras, fue fácil, demasiado fácil. Siempre lo es cuando sabes lo que haces.

La pantalla iluminaba la habitación en penumbra de mi casa, el único ruido era el ventilador del ordenador y mi respiración, más pesada de lo normal, más lenta, más controlada y ahí estaba ella.

Recién salida de la ducha, con el pelo mojado pegado a la cara, la piel húmeda, moviéndose por su casa con total tranquilidad, completamente ajena a que alguien la estaba observando, completamente expuesta, y no pude apartar la mirada, ni quise hacerlo.

Me incliné ligeramente hacia la pantalla, fijándome en cada detalle, en cómo se secaba el pelo, en cómo caminaba descalza por el suelo, en cómo parecía tan...  tranquila, como si el mundo no pudiera tocarla ahí dentro.

Hasta que apareció él.

—¿Ya has terminado? Tardas demasiado y quiero dormir, me molesta el ruido del secador.

Su voz me cortó en seco, ese tono...  esa forma de hablarle.

Me quedé completamente quieto, observando, sin apartar la mirada, esperando.

—Perdona, intentaré hacer menos ruido la próxima vez.

Y ahí estaba ella, bajando la voz, encogiéndose un poco, como si ya supiera cómo tenía que reaccionar, como si no fuera la primera vez...  Eso me tensó la mandíbula al instante.

El tipo soltó un chasquido con la boca y le lanzó una mirada de prepotencia, de superioridad, como si tuviera derecho a tratarla así...  y sentí cómo algo me subía por el pecho, una mezcla de rabia y...  otra cosa.

No me gustaba nada.

Ver cómo le hablaba me revolvía las entrañas. Cada mirada suya era un insulto, y el modo en que la trataba... Dios, es un auténtico imbécil que encima estaba en SU casa. Ella le permitía vivir allí y él se lo pagaba con ese ego.

Menudo gilipollas.

No entiendo cómo algunos hombres pueden tratar así a mujeres como ella, no lo entiendo...  ni lo voy a permitir.

Me acerqué un poco más a la pantalla, como si pudiera atravesarla, como si pudiera estar ahí, viendo todo desde dentro, sintiendo el ambiente, notando la tensión.

No dejé de observarlos, cada gesto, cada palabra, cada silencio...  intentando entenderlo todo, guardándolo todo.

Necesitaba información.

Así que cometí mi siguiente delito; entré en el sistema de la empresa, busqué su contrato y ahí estaba, Sabrina, 33 años, con su email, su dirección, su cuenta bancaria...  demasiado fácil.

Pero no suficiente.

Solo quedaba una breve búsqueda en la base de datos de la dark web para saber qué busca en internet, qué compra, qué le gusta...  y, sobre todo, con quién vive realmente.

No tardé más de 30 minutos.

Edgar.

Trabaja en una obra, rutina básica, vida mediocre...  y luego lo de siempre, porno, aplicaciones para hablar con otras mujeres, pagos en webs de webcams, dinero tirado en bares.

Me dio asco.

Vaya, Kevin y Edgar serían buenos amigos seguro si se conocieran.

Volví a la cámara, ella estaba sola, sentada, en silencio, parecía más pequeña así, más...  frágil.

Y ahí fue cuando lo tuve claro.

Ella no debería estar con alguien así.

No encaja.

No tiene sentido.

Ella merece algo mejor, alguien que la mire como se merece, que la entienda, que la cuide...  alguien que esté atento, que se fije en todo, que no la deje sola ni un segundo.

Alguien como yo.

Me recosté en la silla sin dejar de mirar la pantalla, observándola en silencio, repasando cada uno de sus movimientos, cada hábito, cada rutina.

No es delito si es para protegerla.

¿No?

A partir de ahora voy a estar atento.

Muy atento a todo.

CAPTULO 4

Sabrina

No me concentro.

Llevo toda la mañana delante del ordenador mirando el mismo diseño, cambiando cosas sin sentido, moviendo textos, probando colores que no me convencen y volviendo siempre al punto inicial como si el problema fuera el programa y no yo.

La oficina está como siempre: ese ruido constante de teclados, teléfonos, gente hablando a medias, sillas que chirrían, el aire acondicionado demasiado fuerte...

todo igual, todo en su sitio, menos mi cabeza.

En mi mesa hay una vela pequeña que traje el otoño pasado.

De esas que compras pensando que te van a arreglar la vida, huele a calabaza y canela, dulce, un poco empalagosa si te pasas, pero me gusta; la enciendo de vez en cuando para “ decorar” un poco, como si eso hiciera este sitio más mío.

Miro a un lado y Maika tiene su mesa perfecta, ordenada, con la foto de su hijo enmarcada, siempre ahí, él sonriendo con esa cara de niño que ya empieza a dejar de ser niño.

A veces la veo mirarla mientras trabaja.

Tal vez debería hacer lo mismo.

Poner una foto de Luke y Lucky ahí, al lado de la vela, algo que sea mío de verdad, no solo este escritorio impersonal que parece de cualquiera.

Vuelvo a la pantalla.

“ Denuncia el maltrato.”

Ese es el proyecto.

Cambio la tipografía.

No.

Cambio el tamaño.

No.

Lo dejo tal cual.

Me quedo mirándolo.

Ni que fuera tan fácil denunciar.

Como si fuera solo cuestión de ir, decirlo y ya está, problema solucionado, como si no hubiera miedo, como si no hubiera consecuencias, como si la persona no volviera a aparecer, como si todo fuera tan limpio como lo ponen en el diseño.

Aprieto los labios.

No me gusta. Nada.

—¿Bajamos a por un café? —dice Maika.

Asiento casi sin mirarla; necesito levantarme de la silla aunque sea cinco minutos.

La cafetería de abajo está llena, ruido de platos, gente hablando, la máquina de café encendida, ese olor fuerte que se te mete en la nariz y te espabila un poco aunque no quieras. Nos apoyamos en una mesa alta, Maika remueve su café con calma.

—Mi hijo ha empezado el instituto esta semana —dice con una sonrisa— y está encantado, te lo juro, yo pensaba que lo iba a llevar fatal.

—¿Sí? —respondo, dándole un sorbo a mi capuchino.

—Sí, ya tiene grupo, ya sale con ellos, ya no me necesita tanto...  —Se ríe— Da un poco de pena, pero bueno.

Asiento, mirándola.

—Me alegro.

—Oye...  —añade mirándome— ¿Y tú qué tal con Edgar?

Ahí está.

—Bien...  lo de siempre.

—¿Sí? —insiste— ¿Y no te ha pedido ya matrimonio o qué? Porque lleváis mil años.

Suelto una pequeña risa sin ganas.

—Qué va...

—Pues ya le vale —dice— yo no aguantaría tanto sin tenerlo claro.

Asiento otra vez, dándole otro sorbo al capuchino.

—Ya...

No digo nada más.

Ni voy a decirlo.

Ella sigue hablando de otras cosas, del trabajo, de una clienta, de cualquier cosa normal, y yo la escucho a medias, porque mi cabeza ya no está ahí.

Volvemos arriba, me siento otra vez, vista a la pantalla.

“ Denuncia el maltrato.” ¡Ni que fuera tan fácil!

El móvil vibra.

Edgar...  Siempre igual.

Edgar: “¿Qué haces?”

Respiro hondo.

Sabrina: “ Trabajando.”

No tarda nada.

Edgar: “ Más te vale.”

Aprieto la mandíbula.

Sabrina: “ Sí.”

Dejo el móvil en la mesa, pero no pasan ni dos minutos cuando vuelve a vibrar.

Edgar: “ Más te vale también que tengas cena preparada y que tus perros no se hayan meado en casa.”

Se me queda el cuerpo frío.

Esa forma de hablar, la forma de estar presente incluso cuando no está, como si no pudiera salir de él ni estando aquí, rodeada de gente.

Miro la pantalla otra vez.

Las letras.

El diseño.

Todo me da igual.

Su simple existencia ya me amarga el día entero. Apoyo la frente en la mano un segundo, cerrando los ojos. No quiero estar aquí...

Pero tampoco quiero ir a casa. Y aun así sé que voy a tener que volver.