El Plan CAPÍTULO 1
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El Plan

El Plan

Por Violet Blu

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CAPÍTULO 1

Mike

Prometí a mi familia, al salir de la cárcel, que no volvería al hackeo; y podríamos decir que lo he cumplido... hasta que la vi a ella.

Cuando salí, busqué un trabajo normal, tal y como prometí. Un empleo mediocre en una empresa mediocre y mal pagado. Nada especial. Nada que me hiciera sentir vivo.

Desde que dejé de trabajar para magnates, hackeando sistemas, sacando las corrupciones del gobierno para que pudieran chantajear y evadir impuestos, vendiendo y publicando en la dark web —y en lo que mejor se pagaba—, ayudando a conseguir armas a clientes...

mi economía ahora mismo no está tan boyante.

Por suerte, esa época duró varios años y fue muy lucrativa.

Hasta que un chivato de mi equipo reveló mi identidad a las autoridades cuando pillaron al puto idiota.

Porque no sabía cómo tapar correctamente su rastro.

Hizo un trato con el fiscal: vender a su colaborador a cambio de una reducción de condena.

Menos mal que no pudieron demostrar varios de los delitos y, gracias al trato que hice con el gobierno para ayudarles a hackear el sistema de una base militar enemiga, pude salir unos años antes.

Mi vida ahora se basa en ser un adulto funcional de 35 años. Vivir en mi casa, trabajar en una empresa de seguridad e instalación de sistemas de vigilancia y alarmas.

Me obligo a ver el fútbol con los colegas aunque me aburra soberanamente, a aguantar el garrafón de las discotecas y fingir que soy uno más. La verdad, yo soy más de conciertos.

No puedo quejarme. De vez en cuando mis amigos ceden por mí y podemos ir a conciertos de rock y metal. Y, aunque no lo reconozcan, se lo pasan igual de bien que en una discoteca.

Si les dijera que ella es la causa de que no duermo por las noches, de que lleve meses sin salir —o que solo salgo cuando ella sale—, se reirían de mí.

Porque ella no tiene nada de especial.

Chica bajita, gafas, cabello largo y liso.

Con algo de sobrepeso...

Simplemente me encanta.

Me encanta esa mirada a la nada cuando disocia de la realidad.

Me encanta cuando pone la música a tope mientras dobla la colada o cocina, llenando la casa de ruido y vida.

Me encanta cuando se tumba en el sofá con su mascarilla facial mientras chismorrea con sus amigas al teléfono, con una copa de vino en la mano.

Siento un placer irresistible cuando la veo dormir.

Estando en la cárcel, me obsesioné con el cuerpo. Allí, para sobrevivir, tienes que ser fuerte tanto mental como físicamente.

Teníamos poco que hacer, así que mi día a día se basaba en hacer contactos, leer sobre sistemas informáticos y entrenar en el gimnasio. Fuerza, musculatura... hasta llegar a levantar con facilidad 200 kg.

No puedo quejarme. Adoro mi nuevo físico. Y, por lo visto, a las mujeres también, ya que hasta las petardas de las hijas de las amigas de mi madre no dejan de tirarme ficha una y otra vez, cuando antes ni notaban mi presencia.

Al salir de la cárcel juré que encontraría a la mujer que mereciera este físico y pudiera con mi locura.

Y estoy seguro de que la he encontrado.

Recuerdo el día en que mi compañero Kevin cogió repentinamente la baja laboral un lunes. Nada que ver con la fiesta y los vicios que tenía todas las noches y fines de semana...

Ese tío tiene un problema con las drogas, las putas y los casinos. Demasiado para ese cuerpo de metro ochenta y apenas 60 kg. Apenas come en el trabajo, pero le da a su petaca como si fuera agua. Y no puede engañar a nadie con la peste a alcohol que le acompaña.

Ese lunes Kevin no apareció y tuve que encargarme de instalar las cámaras de seguridad en un par de domicilios.

Al terminar el primero, me dirigí a una pequeña urbanización de casas, siguiendo un camino rodeado de bosque. Los árboles cerraban el paso de la luz y el ambiente se volvía más frío, más silencioso.

Y allí estaba.

Una casa pequeña, con un coche estilo escarabajo muy viejo en la puerta, cubierto ligeramente de polvo y hojas.

Me bajé de la furgoneta, cogí mi maletín con el material necesario y me dirigí a la puerta.

Y allí estaba ella.

Pelo recogido en un moño, gafas grandes para su pequeño rostro, camiseta varias tallas más grande de lo que necesita y unos pantalones de chándal. Desenmarañada... pero hermosamente atractiva.

—Buenas tardes, soy de Sekure Alarmas, vengo a instalar el sistema de seguridad.

—¡Hola! Perdona las pintas, adelante, pasa.

Al entrar, dos pequeños perros viejos vinieron ladrando hacia mí. Uno empezó a olerme los zapatos mientras el otro me miraba desconfiado, sin apartar la vista.

—No te preocupes, no hacen nada, solo son curiosos.

Me agaché y extendí mi mano hacia uno de los perros. Me olió... y acto seguido empezó a pedirme caricias.

Bien. Un punto a mi favor.

El otro seguía mirando con desconfianza desde la distancia.

—¿Quieres una copa de vino o algo para beber?

—No, cuando trabajo nunca bebo, pero gracias.

Empecé a sacar las cámaras y sistemas de seguridad y me puse a instalarlo mientras, de reojo, la observaba.

En el sofá.

Con un libro entre las manos.

Sus perros tranquilamente sentados junto a ella.

El perro más mayor seguía mirándome con desconfianza.

Eso me provocó un escalofrío.

Creo que ese perro me está maldiciendo por dentro.

Terminé el trabajo, la miré por última vez y la vi tan absorta en su libro que no me atreví a perturbar su paz y distraerla.

Recogí todo y me fui sin hacer ruido.