EL PLAN M (M DE MARIDO) XVII Catástrofe en la gala de la LMU #3
46%

XVII Catástrofe en la gala de la LMU #3

El taxi tomó una curva. Mi hombro chocó contra el suyo. La medalla de Melqart rozó mi camisa. La presión del brazo de Pedro permaneció estable.

—Bastian era el candidato perfecto —dije, porque alguna parte de mí seguía intentando volver al método.

—No —dijo Pedro—. Era una tabla de Excel con gomina.

Emití una exhalación breve. No llegó a risa. Se aproximó de forma estadísticamente significativa.

Pedro inclinó la cabeza apenas, como si hubiera detectado el dato.

—Ahí está.

—¿Qué?

—El profesor Schneider sobreviviendo a la caída del Imperio Becker.

—No existe ningún imperio Becker.

—Ya. Por eso cayó tan rápido.

La frase era absurda. También era útil.

Durante los siguientes minutos no hablamos.

El taxi avanzó hacia el Glockenbachviertel.

Las calles se estrecharon, los bares aparecieron con sus luces bajas, los últimos grupos de la noche se desplazaron bajo abrigos abiertos y conversaciones incompletas.

Yo seguía dentro del frac. Pedro seguía con el brazo alrededor de mis hombros.

La posición no era eficiente, pero no solicité corrección.

Cuando el conductor anunció que estábamos cerca de la Hans-Sachs-Straße, Pedro retiró lentamente el brazo.

La ausencia de presión dejó una marca térmica.

Miré la ventanilla y vi el reflejo de su boca bajo una farola. No formulé ninguna hipótesis.

El taxi se detuvo frente al número exacto de la Hans-Sachs-Straße que Pedro había indicado al conductor.

No había nada excepcional en el edificio desde el punto de vista arquitectónico: fachada de color claro, ventanas alineadas, portal estrecho, un timbre múltiple con placas metálicas y nombres impresos en una tipografía funcional.

Sin embargo, el lugar produjo una alteración inmediata en mis procesos de evaluación.

Hasta ese momento, la ruta había sido un desplazamiento posterior a una catástrofe social.

Al detenerse el vehículo, el desplazamiento terminó y fue sustituido por una bifurcación.

Las bifurcaciones eran aceptables cuando estaban integradas en un protocolo.

Esta no lo estaba.

Pedro permaneció sentado a mi derecha durante dos segundos.

Después pagó al conductor con efectivo, porque Pedro efectuaba ciertas transacciones como si el sistema bancario electrónico fuera una forma menor de vigilancia moral.

El conductor tomó los billetes sin comentario.

El taxímetro emitió un pitido breve, administrativo y definitivo.

—Ya está —dijo Pedro.

No especificó qué estaba ya.

El brazo con el que me había sostenido en el trayecto seguía cerca del mío, aunque ya no me rodeaba.

La memoria táctil de su presión permanecía en mi hombro con una persistencia desproporcionada.

No era dolor. No era incomodidad. Era una señal residual, como cuando se apaga una lámpara ultravioleta y el ojo conserva durante unos segundos la forma de la luz.

Pedro abrió la puerta. Entró aire frío. La noche del Glockenbachviertel tenía olor a lluvia antigua, humo de tabaco y fermentación de cerveza procedente de algún bar que se negaba a aceptar el final lógico del día.

Bajó primero. Se quedó junto al taxi, inclinándose para mirarme a través de la puerta abierta.

—Ven.

La instrucción era sencilla. Su ejecución no.

—No puedo —dije.

—Sí puedes. Primero sacas una pierna. Luego la otra. Es una operación que la mayoría de mamíferos bípedos resuelve con dignidad suficiente.

La frase contenía humor, pero su boca no estaba enteramente en modo humorístico.

La luz de la farola le cortaba el rostro en dos zonas: una cálida, visible; otra en sombra.

Su piel parecía más pálida que dentro del taxi.

El cansancio le había aflojado la expresión, dejando al descubierto algo que no era fragilidad, pero que producía en mí la urgencia de no añadir daño.

—Mi hora de sueño estandarizada comenzó hace cuarenta y tres minutos —dije.

Pedro apoyó una mano en el marco de la puerta del taxi.

—Leon.

Otra vez mi nombre. El mismo ancla. El mismo riesgo.

—La privación de sueño reduce la función ejecutiva —añadí—. Tras el incidente coreográfico, no sería responsable iniciar una interacción social no planificada en un entorno doméstico ajeno.

—No te estoy pidiendo que rellenes un formulario de convivencia.

—No he traído cepillo dental.

Pedro parpadeó.

—Tengo uno sin usar.

—Eso no resuelve el problema de la ropa de descanso.

—Te presto una camiseta.

La imagen fue inmediata: una camiseta de Pedro, probablemente negra, quizá con roturas no estructurales, contra mi piel recién duchada en un baño desconocido. Mi cerebro produjo una descarga de alarma tan intensa que tuve que apoyar la mano en el asiento para conservar la postura vertical.

—No sería higiénicamente óptimo.

La mandíbula de Pedro se movió apenas. Pude ver el esfuerzo con que contuvo una respuesta defensiva. Habría sido más sencillo para él burlarse de mí. Habría sido más sencillo para mí si lo hubiera hecho.

—No pasa nada —dijo al fin, demasiado bajo.

La frase era falsa. Pasaban múltiples cosas. La luz de la farola sobre su boca. La humedad en sus pestañas. La medalla de Melqart quieta contra su camisa. El portal abierto detrás de él como una hipótesis cuya comprobación podía destruir el sistema experimental entero.

—Quieres subir a mi apartamento? —preguntó.

No fue una frase seductora en términos convencionales. No la acompañó con sonrisa calculada ni con proximidad táctica. La dijo como si dejara una herramienta en una mesa y me permitiera decidir si podía tocarla. Esa ausencia de presión multiplicó la presión interna.

Mi cuerpo respondió antes que mi mente. Aumento de frecuencia cardíaca. Tensión en la base del cuello. Sequedad bucal. Contracción de los flexores de los dedos. Fijación visual en sus labios durante un intervalo que excedió todos los límites aceptables de observación anatómica.

La palabra adecuada no apareció.

Apareció Nicole.

No entera. Nunca entera cuando no la convocaba de forma ordenada.

Apareció el borde de su manga verde en un pasillo.

Apareció su voz diciendo: si no sabes qué quieren, espera .

Apareció el silencio posterior, el lugar sin manual, las sillas mal contadas, mi madre ordenando los cubiertos con un rigor absurdo para no mirar una habitación vacía.

Esperar no era posible. El taxi estaba detenido. El conductor miraba por el retrovisor. Pedro esperaba en la acera. El portal esperaba detrás de Pedro. Todo el mundo esperaba una respuesta que yo no podía calcular sin exponer una superficie interna que no tenía protección suficiente.

—Debo irme a casa —dije.

El rostro de Pedro no cambió de inmediato. Después algo se cerró. No una puerta completa. Una persiana.

—Vale.

La palabra fue breve. Correcta. Terrible.

—No es un rechazo interpersonal —aclaré con rapidez—. Es una decisión de regulación circadiana.

—Claro.

—El episodio de la gala ha generado una sobrecarga. Mi apartamento contiene ropa limpia, control lumínico y una distribución espacial conocida.

—Leon, no tienes que justificarlo como si yo fuera a ponerte nota.

Eso era exactamente lo que no entendía. Todos ponían nota.

Algunos lo llamaban afecto. Otros preocupación.

Otros criterio profesional. Pero la nota siempre llegaba: raro, insuficiente, difícil, frío, exagerado, brillante pero inviable.

El claustro ponía nota. Emma ponía nota.

Mi madre ponía nota incluso cuando preguntaba si había comido verdura.

Bastian había puesto una nota invisible antes de caer al suelo.

Pedro, quizá, no.

Por eso era más peligroso.

—Conduzca —le dije al taxista.

El hombre no reaccionó.

Pedro dio un paso hacia la puerta.

—Leon.

—A mi dirección —precisé al conductor, y le di la calle con una exactitud innecesaria.

Pedro retiró la mano del marco. No cerró la puerta con violencia. La cerró con una suavidad que tuvo más efecto que cualquier portazo.

El taxi arrancó.

No miré atrás durante los primeros ocho segundos. Al noveno, el impulso visual superó la norma de autocontrol. Giré la cabeza.

Pedro seguía en la acera, inmóvil, bajo la farola.

No levantó la mano. No hizo ningún gesto dramático.

Solo me miró mientras el taxi se alejaba.

La distancia deformó los rasgos, pero no lo suficiente para impedir que mi cerebro fijara la línea de su boca y la sombra de sus ojos como datos prioritarios. Después la esquina lo ocultó.

Sentí alivio.

La afirmación era fisiológicamente falsa.

Llegué a mi apartamento a las 01:38. La desviación respecto a mi horario habitual era de ciento dieciocho minutos.

Encendí solo la lámpara del recibidor. La chaqueta Gore-Tex azul estaba colgada en su sitio, limpia, racional, absurda.

Yo llevaba un frac que no me pertenecía en términos conductuales.

Me quité los zapatos y los alineé junto al rodapié.

Tardé dos intentos en lograr que los talones quedaran paralelos.

En el baño, el espejo mostró una versión residual de mí: piel demasiado blanca, pajarita torcida, una marca roja en el cuello por presión del cuello almidonado.

Me quité el frac con movimientos lentos.

Cada botón exigió una concentración excesiva.

Cuando por fin dejé la chaqueta sobre la silla, el tejido conservó la forma de un hombre que había intentado ser compatible con otro hombre perfectamente compatible y había producido un derribo público.

Me lavé las manos durante veinte segundos. Después otros veinte. No había sangre. No había suciedad significativa. La tiza de la solapa ya no estaba. Pedro la había quitado.

Apoyé las manos en el lavabo.

La imagen de sus dedos sobre mi ropa apareció con una nitidez inadmisible.

Luego la de sus labios bajo la farola. Luego la de su brazo rodeándome en el taxi.

No eran recuerdos ordenados; eran intrusiones sensoriales.

Mi sistema intentó clasificarlas: gratitud, estrés post-evento, respuesta al contacto humano tras humillación social, privación de sueño. Ninguna etiqueta permaneció estable.

Fui al dormitorio y coloqué el frac en el respaldo de la silla. No debía estar allí. Debía ir a una funda. No lo moví.

Me senté en el borde de la cama. El apartamento estaba en silencio. Sin bombas de vacío. Sin copas. Sin motor del Porsche. Sin Pedro respirando a mi derecha.

La ausencia no era neutral.

Tomé el móvil. No tenía mensajes nuevos.

Consideré escribir: “He llegado”. Era informativo, breve, socialmente aceptable.

No lo hice. Consideré escribir: “Mi retirada no pretendía producir daño”.

Demasiado largo. Consideré escribir: “Necesito dormir”.

Inexacto. No necesitaba dormir. Necesitaba que mi cuerpo dejara de comportarse como si siguiera frente al portal.

Dejé el móvil boca abajo.

A las 01:57 programé la alarma para mi carrera matutina.

La mantuve a la hora habitual. Si el sistema cardiovascular estaba produciendo respuestas anómalas, debía someterlas a observación en condiciones controladas: distancia conocida, ritmo constante, temperatura exterior registrada, pulso medible.

Apagué la luz.

En la oscuridad, el rostro de Pedro no desapareció. Se ajustó a la falta de luz como si perteneciera a ella.