EL PLAN M (M DE MARIDO) XVII Catástrofe en la gala de la LMU #2
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XVII Catástrofe en la gala de la LMU #2

Pedro Montoya no debía estar allí. Y, sin embargo, estaba. Y, por primera vez en toda la noche, dejé de calcular pasos.

Pedro no me tocó al salir del salón.

Ese dato fue relevante porque cualquier contacto físico en los ciento veintisiete segundos posteriores al derribo de Bastian Becker habría podido activar otra respuesta defensiva no planificada.

Caminó a mi izquierda, medio paso por detrás, con una chaqueta negra que no pertenecía al código de vestimenta de la gala y una expresión que clasificaba el desastre como algo diferente de lo que yo esperaba.

No parecía horrorizado. Tampoco parecía avergonzado.

Parecía, de forma imprecisa y por tanto irritante, vivo.

—No mires atrás —dijo.

—Necesito verificar si Bastian presenta cojera.

—Bastian presenta orgullo roto. Eso no se escayola.

—La lesión emocional no excluye lesión musculoesquelética.

—Leon, acabas de tirar al candidato perfecto como si fuera un saco de harina con máster.

La comparación era técnicamente mala. Bastian pesaba aproximadamente setenta y nueve kilos, mientras que un saco industrial de harina raramente superaba los veinticinco. Pero no corregí a Pedro. La corrección habría requerido aire, y mi sistema respiratorio se encontraba en desacuerdo con el frac.

El vestíbulo de la LMU estaba demasiado iluminado.

Las columnas blancas devolvían nuestro reflejo en fragmentos verticales.

Vi mi propia cara: gafas de pasta ligeramente torcidas, cuello rígido, pajarita desplazada tres grados hacia la izquierda.

El hombre reflejado no parecía un profesor asociado de Biología.

Parecía un espécimen formalmente vestido para una autopsia social.

Pedro levantó una mano hacia un taxi que acababa de dejar a dos invitados en la entrada. Lo hizo con una seguridad que no dependía de permisos institucionales. El conductor, un hombre con bigote gris y abrigo acolchado, bajó la ventanilla.

—Hans-Sachs-Straße —dijo Pedro.

—Mi apartamento está en la dirección opuesta —señalé.

—Ya lo sé.

—Entonces la instrucción de ruta es incorrecta.

Pedro abrió la puerta trasera y me miró por encima del hombro.

—Métete en el taxi, profesor.

La palabra “profesor” no funcionó como burla habitual. Funcionó como una orden con una envoltura aceptable. Entré.

El interior del taxi olía a ambientador de pino, tapicería húmeda y plástico recalentado.

El asiento trasero era estrecho. Mis rodillas quedaron orientadas hacia el respaldo delantero con una distancia de seguridad insuficiente.

Pedro se sentó a mi derecha. Su muslo rozó el mío durante menos de un segundo, pero mi piel registró el contacto como si alguien hubiera cambiado la presión atmosférica dentro del vehículo.

El taxi arrancó. Las luces de la universidad se deslizaron por la ventanilla, blancas, doradas, luego azules. Múnich, de noche, tenía una precisión engañosa: semáforos, fachadas limpias, carriles delimitados. La ciudad fingía que todos sus desplazamientos tenían destino.

Pedro soltó una risa breve.

—Joder.

—La situación no es cómica.

—No he dicho que sea cómica. He dicho “joder”.

—Es una expresión polisémica.

—Y tú acabas de hacer aikido en un vals.

Miré mis manos. Los guantes blancos seguían puestos. En el dorso del derecho había una pequeña marca oscura, quizá del parquet, quizá del zapato de Bastian. Intenté quitármelos, pero los dedos no obedecieron con la secuencia habitual.

—El entrenamiento con el esqueleto anatómico no contemplaba iniciativa motriz autónoma —dije.

Pedro giró la cabeza hacia mí. Su perfil quedaba recortado por las luces intermitentes de la calle. La medalla de Melqart, parcialmente oculta bajo la camisa negra, subía y bajaba con su respiración.

—Claro. El fallo fue que el muerto de plástico no improvisaba.

—No estaba muerto. Era una estructura didáctica de resina.

—Leon.

Su tono cambió. No mucho. Lo suficiente.

—¿Qué?

—Ese tío era un imbécil de cristal.

—Bastian Becker cumple el cien por cien de los criterios objetivos del Plan M.

—Pues enhorabuena al cien por cien. Se rompió en cuanto el mundo no le hizo reverencia.

—Yo lo derribé.

—Sí. Y fue lo más honesto que pasó en esa pista.

El conductor nos observó por el retrovisor.

Pedro sostuvo la mirada hasta que el hombre volvió a mirar la carretera.

Yo intenté procesar la afirmación. La honestidad no podía deducirse de una caída.

Una caída era una transferencia no deseada de energía cinética.

Sin embargo, algo en la frase de Pedro atravesó las capas defensivas que yo había ordenado durante años con la misma lógica con que ordenaba carpetas.

—He fracasado —dije.

Pedro no respondió de inmediato. El taxi cruzó una avenida con los semáforos en verde. La luz entró y salió del coche en pulsos. Verde. Sombra. Verde. Sombra.

—Has fracasado en bailar con un Ken académico que necesitaba que le aplaudieran hasta el modo de respirar —dijo al fin—. No es una tragedia griega.

—Era una validación empírica.

—Era una cita de mierda.

—No uses categorías no medibles.

—Vale. Era una interacción interpersonal con un nivel de esterilidad compatible con quirófano.

Eso sí era medible en términos metafóricos, aunque no convenía admitirlo.

Me incliné ligeramente hacia delante para incrementar el volumen respiratorio. El frac producía una presión constante sobre las costillas. Noté una mancha blanca en mi solapa izquierda.

Pedro también la vio.

—Tienes tiza —dijo.

—No he estado cerca de ninguna pizarra.

—Entonces polvo de universidad. Es igual.

Se inclinó hacia mí.

Mi cuerpo registró la proximidad antes que mi pensamiento.

Su hombro invadió mi espacio lateral. Su mano se elevó con dos dedos extendidos.

Pude oler tabaco de liar, cuero frío y una nota de lluvia antigua atrapada en la tela de su chaqueta.

No era un olor higiénico. Tampoco era desagradable. Era un dato demasiado grande.

—Permiso —dijo, tarde.

Sus dedos rozaron mi solapa.

La maniobra duró menos de cuatro segundos.

Durante ese intervalo, las luces exteriores atravesaron sus pupilas en segmentos amarillos.

La medalla de Melqart se deslizó hacia delante y golpeó suavemente contra su camisa.

La distancia entre nuestros rostros se redujo a un rango que no correspondía a limpieza textil.

Mi frecuencia cardíaca aumentó. Primero lo atribuí al episodio coreográfico.

Después al ambientador de pino, que podía inducir irritación.

Después al calor acumulado dentro del frac. Ninguna hipótesis bastó.

Pedro retiró la mano. La mancha había desaparecido.

—Ya está.

—Gracias.

La palabra salió con un retraso de 0,8 segundos.

Pedro se quedó mirándome.

—Estás temblando.

—No.

—Sí.

—El vehículo vibra.

—Leon.

Volvió a decir mi nombre de esa forma: no como corrección, sino como ancla.

Miré la ventanilla. Mi reflejo se superponía a la ciudad.

Durante un instante vi detrás del cristal la pista de gala, el cuerpo de Bastian en el suelo, la sonrisa de Emma, los móviles medio escondidos.

Luego, sin transición lógica, apareció una habitación blanca.

No la habitación completa. Solo una esquina.

Un vaso de agua sobre una mesa. Una silla demasiado baja.

Un abrigo de mi madre doblado con precisión excesiva. Y la frase: no hagas preguntas ahora .

No era el mismo lugar. Mi cerebro cometía una asociación indebida.

—Mi hermana habría sabido bailar —dije.

Pedro no hizo un chiste.

Esa ausencia produjo más daño que cualquier chiste.

—¿Nicole? —preguntó.

El nombre ocupó el taxi con una densidad física.

—Sí.

El conductor bajó un poco el volumen de la radio. No sabía si por cortesía o por incomodidad. Las dos posibilidades eran desagradables.

—No tengo datos suficientes para afirmar que habría sabido bailar —añadí—. Pero era competente en interacciones sociales dinámicas. Mejor que yo. Considerablemente mejor.

Pedro permaneció quieto.

—¿Qué pasó?

Era una pregunta común. La mayoría de las personas la formulaban con una cadencia que exigía un relato breve, limpio, aceptable para consumo social. Pedro no la formuló así. La dejó caer entre nosotros como una herramienta sobre una mesa: pesada, disponible, sin adorno.

Tragué saliva. El cuello del frac rozó mi piel.

—Hubo una complicación médica. Después hubo procedimientos. Después hubo gente hablando bajo. Después hubo menos sillas en la mesa.

Las frases salieron ordenadas y defectuosas.

Pedro no me interrumpió.

—Yo tenía... —calculé, aunque sabía la cifra—.

Tenía catorce años. El sistema familiar perdió estabilidad.

Mi madre aumentó la frecuencia de instrucciones correctivas.

Mi padre redujo la producción verbal. Yo optimicé mi rendimiento académico porque era la única variable que producía respuestas predecibles.

—Joder, Leon.

—No es necesario decir eso de nuevo.

—Sí lo es.

Mi mano derecha seguía cerrada sobre el guante izquierdo. El tejido se había arrugado.

—Nicole explicaba cosas —dije—. Cuando alguien se burlaba, ella traducía. No lo llamaba traducir. Decía: “quieren que pares”, o “quieren que sonrías”, o “no respondas a eso”. Después dejó de hacerlo. Y nadie asumió la función.

La última frase no estaba prevista. Tampoco la siguiente.

—Creo que desde entonces he estado entrando en habitaciones sin manual.

Pedro respiró despacio. Luego se movió, no hacia la puerta, no hacia el otro lado, sino hacia mí. Su brazo rodeó mi hombro con una presión firme, cálida y no ambigua. No me apretó como se aprieta a alguien frágil. Me sostuvo como se sostiene una estructura que no debe caer.

Mi primera reacción fue calcular si el gesto comprometía la movilidad del brazo derecho. La segunda fue no apartarme.

—No eres un puto bufón —dijo en voz baja.

No le había dicho que esa era la palabra exacta.

O quizá sí. Quizá llevaba años diciéndola con el cuerpo.