XVII Catástrofe en la gala de la LMU
La mano enguantada de Bastian Becker tenía una temperatura de superficie de aproximadamente treinta y dos grados centígrados, una presión moderada y una firmeza compatible con entrenamiento previo en baile de salón.
Esos tres datos, aislados, eran positivos.
El problema residía en que no estaban aislados.
Estábamos en el centro geométrico de la pista de madera noble del salón de gala de la LMU, bajo una acumulación excesiva de lámparas de cristal de Bohemia que multiplicaban la luz en fragmentos blancos sobre el parquet pulido.
La orquesta de cuerda interpretaba un vals de Strauss con una intensidad acústica impropia de un espacio cerrado.
El sonido rebotaba en el techo alto, en las molduras doradas, en los vestidos largos de las profesoras del decanato y en las copas de champán que circulaban a una velocidad peligrosa para tejidos caros.
El aire olía a perfume, cera caliente, alcohol espumoso y calefacción antigua: una mezcla que no aparecía en ningún protocolo de entrenamiento coreográfico.
Yo llevaba frac.
El frac era una prenda conceptualmente defectuosa.
Limitaba la movilidad escapular, imponía una presión absurda sobre la caja torácica y generaba la ilusión social de elegancia mediante el sacrificio de la función.
Había intentado compensarlo con tres ensayos previos frente al espejo, pero el espejo no devolvía resistencia lateral ni expectativas conyugales.
Bastian sonrió.
—Relájate, Leon.
La instrucción era imprecisa. Relajar qué: ¿trapecios, mandíbula, flexores de los dedos, sistema nervioso simpático, planificación motora? Opté por reducir la presión de mi mano derecha sobre su omóplato en un ocho por ciento. Bastian elevó una ceja.
—No tanto.
Reajusté al cinco por ciento.
—Perfecto —dijo.
No era perfecto. Era provisionalmente aceptable.
A nuestra derecha, el profesor Kreutzer discutía con una mujer del Instituto de Filosofía sobre financiación europea.
A la izquierda, dos doctorandos fingían no grabar vídeos con sus teléfonos móviles.
Cerca de la entrada, Emma Müller observaba la pista con una copa en la mano y una sonrisa tan fina que parecía dibujada con bisturí.
No debía importarme. Su posición no interfería con la métrica del vals.
Sin embargo, mi campo visual la detectaba como amenaza institucional periférica.
—Primer giro —dijo Bastian.
—Confirmado.
—No tienes que confirmarlo todo.
—La confirmación reduce errores de coordinación.
—A veces los aumenta.
Esa afirmación era discutible. No respondí porque la orquesta atacó una frase melódica más rápida y Bastian inició el desplazamiento.
Durante los primeros seis compases, el sistema funcionó.
Pie izquierdo adelante. Derecho lateral.
Cierre. Retroceso. Giro limitado. El entrenamiento con el esqueleto anatómico A-3 había proporcionado una estructura de base suficiente para no provocar alarma inmediata.
Bastian se movía con seguridad, sin brusquedad, oliendo a colonia cítrica y lana cara.
Cumplía todos los requisitos del cuestionario y añadía una competencia motriz objetivamente superior a la media.
Si el Plan M necesitaba una validación pública, allí estaba: un hombre simétrico, puntual, saludable, con frac correcto y expectativas declaradas de matrimonio.
El algoritmo debía producir satisfacción.
Produjo vigilancia.
—Vas muy rígido —dijo Bastian, sin dejar de sonreír al público.
—El frac restringe la amplitud natural del hombro.
—No es el frac.
—Tengo datos en contra.
—Leon.
Pronunció mi nombre con la paciencia leve de quien se considera habilitado para corregir a un adulto. No había crueldad en su tono. Tampoco había hostilidad. Solo una certeza social limpia, pulida, eficiente. Una certeza igual de brillante que el suelo bajo nuestros zapatos.
En el compás diecisiete, Bastian modificó el eje.
No lo anunció.
Su torso desplazó medio grado la dirección del giro y su mano guió mi escápula hacia una trayectoria no incluida en mis ensayos.
El esqueleto anatómico jamás había tomado iniciativas.
Tampoco había interpretado música, ni respirado, ni ejecutado microcorrecciones en función de la presión de mi codo.
Durante una fracción de segundo, mi sistema intentó comparar a Bastian con la plantilla del suelo de mi despacho.
La plantilla era bidimensional. Bastian no.
Mi zapato derecho aterrizó sobre el empeine de su zapato izquierdo.
—Perdón —dije.
—No pasa nada.
Sí pasaba. El error había introducido una oscilación. Bastian compensó con elegancia, pero al hacerlo tiró de mí hacia el siguiente giro. El movimiento fue socialmente correcto y biomecánicamente inesperado. Mi centro de gravedad se desplazó fuera del polígono de sustentación.
—Déjate llevar —susurró.
La frase activó cuatro interpretaciones incompatibles.
La orquesta aumentó el volumen. Las lámparas se fragmentaron más. El olor a champán se mezcló con una nota de sudor bajo el cuello del frac. Al fondo, una risa breve atravesó el salón. No pude determinar si procedía de Emma, de los doctorandos o de mi propio sistema auditivo bajo estrés.
Bastian giró.
Yo calculé tarde.
Su rodilla rozó la mía. Mi pie buscó la marca cuadriculada que no existía.
El parquet, a diferencia del suelo de mi despacho, no contenía cinta adhesiva.
La ausencia de guías visuales constituía una deficiencia grave del evento.
Intenté corregir mediante una transferencia rápida de peso, pero Bastian interpretó la acción como una variación coreográfica. Su mano apretó la mía.
—Eso no —dijo, todavía sonriendo.
La sonrisa ya no era afectuosa. Era una pantalla.
El público estaba demasiado cerca. La pista había cambiado de tamaño. Al inicio medía aproximadamente doce metros por nueve; ahora parecía una superficie infinita y simultáneamente mínima, como una placa de Petri observada por demasiados microscopios.
Volví a pisarle.
Esta vez con el talón.
Bastian dejó escapar un sonido corto.
—Leon, para.
Parar durante un vals implicaba una ruptura pública del flujo.
Ruptura pública implicaba observación. Observación implicaba juicio.
Juicio implicaba una secuencia conocida: corrección, informe, recomendación, sonrisa familiar ante una mesa demasiado limpia.
Tu hermana sí sabía moverse sin hacer una escena.
La frase no apareció completa. Solo el tono.
Solo la forma en que una voz podía convertir el cuerpo en prueba de insuficiencia.
Mi mano se cerró.
Bastian intentó soltarme.
En términos técnicos, percibí una tracción súbita en la muñeca derecha, una invasión lateral del eje y una amenaza de caída compartida.
Mi entrenamiento en aikido no estaba diseñado para bailes de gala, pero sí para restaurar estabilidad cuando una fuerza externa actuaba sobre una articulación.
El cuerpo no pidió autorización al protocolo social. Ejecutó una respuesta.
Paso de entrada. Rotación de cadera. Desvío del brazo. Control del centro.
El resultado fue matemáticamente eficaz y socialmente catastrófico.
Bastian Becker describió una curva amplia, elegante durante los primeros treinta centímetros y después completamente desprovista de dignidad.
Su espalda impactó contra el parquet con un golpe seco que atravesó la música.
La orquesta no se detuvo de inmediato; produjo dos compases absurdamente alegres sobre el silencio del salón. Luego calló.
El guante blanco de Bastian quedó extendido junto a una copa de champán caída. Una mancha dorada avanzó hacia su manga.
Durante tres segundos, nadie habló.
Yo permanecí de pie, con el brazo aún en posición de control, respirando de forma irregular. El frac me comprimía el pecho. Bastian me miró desde el suelo con una expresión que no figuraba en las categorías habituales de compatibilidad.
—¿Me has tirado? —preguntó.
La respuesta correcta debía incluir disculpa, explicación y recuperación social. Mi mente ofreció una frase única.
—Has generado una tracción no anunciada.
Emma soltó una risa.
No fue alta. No necesitaba serlo.
Bastian se incorporó con ayuda de un profesor de Cardiología.
Tenía el rostro rojo, el pelo rubio ligeramente desordenado y la mandíbula rígida.
El candidato perfecto, al ponerse de pie, dejó de parecer una hipótesis prometedora y empezó a parecer un hombre que acababa de descubrir una cláusula no declarada del experimento.
—Esto ha sido... —miró alrededor— humillante.
—La caída ha sido técnicamente controlada. No deberías presentar lesión ósea.
—No estoy hablando de mis huesos.
Lo sabía. O lo supe tarde, que en términos sociales era casi lo mismo que no saberlo.
—Puedo acompañarte a la enfermería —dije.
—No, Leon.
—Sería prudente descartar contusión sacra.
—No.
El segundo “no” tuvo una claridad que no requería análisis semántico. Bastian se quitó los guantes con movimientos precisos, demasiado precisos, y los dobló una vez. El gesto era civilizado y terminal.
—Creo que tu cuestionario no mide lo importante.
La frase impactó con más fuerza que el golpe contra el parquet. Habría querido pedirle que definiera “lo importante” para poder incorporarlo a la versión catorce del archivo, pero su mirada indicaba que la fase de recogida de datos había concluido.
Bastian salió de la pista. La multitud se abrió para dejarlo pasar. No hubo abucheos. La comunidad académica rara vez abuchea; prefiere archivar mentalmente y comentar en voz baja durante años.
La orquesta reanudó la música con una pieza más lenta, como si reducir el tempo pudiera reparar el tejido social. Yo me quedé inmóvil en el centro de la pista, consciente de cada lámpara, cada perfume, cada móvil medio oculto, cada sonrisa contenida.
Entonces vi una sombra junto a una de las columnas del fondo.
Chaqueta oscura. Pelo castaño ondulado. Un destello metálico en el pecho.