XVI El simulacro del candidato perfecto
El esqueleto anatómico del departamento de Psicobiología pesaba menos que un adulto humano funcional, pero más que una hipótesis manejable.
Lo sostenía por la estructura pélvica con la mano izquierda y por la escápula derecha con la mano derecha, una posición que habría sido anatómicamente incorrecta para cualquier baile de salón, pero que resultaba necesaria para impedir que el fémur izquierdo golpeara mi tibia cada vez que ejecutábamos el giro básico.
La palabra ejecutábamos no era técnicamente precisa.
Yo ejecutaba. El esqueleto, sujeto por alambres internos y un soporte oxidado retirado temporalmente de la sala de prácticas, oscilaba con una falta de cooperación biomecánica notable.
En el suelo de mi despacho había fijado con cinta adhesiva una plantilla cuadriculada de sesenta por noventa centímetros.
Cada cuadrado representaba doce centímetros.
Doce centímetros no eran una unidad estándar de desplazamiento coreográfico, pero permitían dividir el vals lento en trayectorias reproducibles.
La pantalla del terminal mostraba, en pausa, un vídeo didáctico titulado Walzer Grundschritt für Anfänger , cuya instructora sonreía con una persistencia facial que sugería o bien entrenamiento profesional o bien una lesión permanente de los músculos cigomáticos.
El metrónomo digital emitía un pulso regular a ciento veinte golpes por minuto.
Tac. Tac. Tac. Tac.
Era reconfortante. El cuerpo humano suele fallar en la regularidad, salvo en situaciones patológicas; las máquinas, por el contrario, ofrecen una moral estable.
Avancé el pie izquierdo hacia el cuadrado A3, deslicé el derecho hacia B3 y cerré la posición en C3, intentando mantener la pelvis del esqueleto orientada hacia mí.
La mandíbula inferior vibró con un pequeño crujido seco.
—No es necesario que expreses incomodidad —le dije—. Tu sistema nervioso central no está operativo.
La observación no mejoró la coordinación.
Bastian Becker cumplía el cien por cien de los requisitos del Plan M.
Edad: treinta y siete años. Residencia: Múnich, distrito de Schwabing-West. Estado de salud declarado: excelente.
Tabaquismo: nulo. Consumo de alcohol: moderado y asociado a eventos sociales previsibles.
Empleo: archivista jurídico especializado en derecho sucesorio, lo cual implicaba tolerancia a la documentación extensa, una cualidad casi erótica desde el punto de vista administrativo, aunque yo no utilicé ese adjetivo en el campo de notas.
Orientación sexual: homosexual estable, sin ambigüedades performativas.
Preferencias relacionales: monogamia, convivencia a medio plazo, planificación financiera, vacaciones culturales y ausencia de mascotas con pelo.
Había una única condición adicional: buscaba una pareja capaz de bailar vals vienés, vals inglés y jive a nivel social competente.
No exigía excelencia competitiva. Solo “naturalidad”.
La palabra presentaba problemas. La naturalidad es, por definición, una categoría utilizada por personas que han olvidado cuánto entrenamiento requirió su conducta.
Aun así, la exigencia era solucionable. Las trece páginas del cuestionario habían encontrado por fin una contraparte viva que no fumaba, no se retrasaba, no usaba sarcasmo como forma primaria de comunicación y no había entrado nunca en mi despacho oliendo a tabaco de liar, cuero húmedo y gasolina de Porsche.
El metrónomo continuó.
Tac. Tac. Tac.
Desplacé el esqueleto hacia la derecha. La tibia rozó la esquina de mi mesa y produjo un ruido comparable al de una rama seca al partirse.
—Error de trayectoria —anoté en voz alta.
Había reservado de 11:10 a 11:55 para memorización kinestésica del vals, después de la revisión de artículos sobre variación epigenética en marcadores de estrés y antes del bloque de actas de examen.
La puerta de mi despacho estaba cerrada.
Cerrada no significa sellada. En un entorno universitario, la diferencia entre ambos conceptos determina gran parte del sufrimiento humano.
La puerta se abrió sin llamar a las 11:26.
Emma Müller apareció en el umbral con una carpeta roja bajo el brazo y una expresión que combinaba triunfo, fatiga y desprecio entrenado.
Llevaba un vestido verde oscuro, botas de tacón bajo y un pañuelo anudado de forma asimétrica, probablemente para comunicar una complejidad política que no dependía de la simetría textil.
Sus ojos descendieron desde mi cara hasta el esqueleto, se detuvieron en mi mano sobre la pelvis de resina y regresaron lentamente a mi cara.
El metrónomo dijo:
Tac.
—Leon —dijo Emma—. Tengo miedo de preguntar.
—El miedo no es necesario. Estoy entrenando.
—Eso puedo verlo.
—Entonces la pregunta es redundante.
Emma entró y cerró la puerta con una lentitud deliberada. La lentitud deliberada es una herramienta social de dominación. No mejora la eficiencia de cierre.
—¿Debo asumir que esto está relacionado con tu… proyecto de selección masculina?
—Sí.
—Por supuesto.
Dejó la carpeta roja sobre mi mesa, encima de una pila de separatas que había ordenado por año de publicación descendente. El gesto produjo una alteración visible del sistema. Mi mano derecha apretó de forma involuntaria la escápula del esqueleto. La clavícula emitió un chasquido.
—Cuidado —dije.
—¿Con el muerto de plástico?
—Con el modelo anatómico. Pertenece al departamento.
—Qué alivio. Por un segundo he pensado que habíamos llegado por fin a la fase literal de la masculinidad autista: cortejar cadáveres porque las personas vivas tienen opinión.
La frase contenía al menos tres agresiones conceptuales. Seleccioné la menos ambigua.
—El modelo carece de sexo conductual relevante para la práctica.
Emma sonrió.
—Eso no era una defensa, Leon.
—No pretendía ser una defensa. Era una precisión.
—Tú siempre crees que una precisión te salva.
No respondí. Levanté el esqueleto dos centímetros para corregir la posición de sus pies sobre la cuadrícula.
El pie derecho, una estructura de plástico beige unida por un tornillo, quedó colocado en B4.
El mío permanecía en A3. La distancia no era aceptable para el patrón de giro. Reinicié mentalmente la secuencia.
—¿Quién es esta vez? —preguntó Emma—. ¿Otro espécimen de tu mercado conyugal?
—Bastian Becker.
—Suena alarmantemente limpio.
—Su higiene no ha sido verificada de forma directa, pero su perfil declara cumplimiento elevado de protocolos domésticos.
Emma soltó una risa breve. No era una risa de diversión; era una marca de puntuación.
—¿Y Bastian Becker exige que bailes?
—Prefiere una pareja con competencia básica en baile de salón.
—Qué maravilla. El algoritmo patriarcal ha descubierto la coreografía.
—El algoritmo no ha descubierto nada. Ha filtrado variables. La condición coreográfica procede del candidato.
—Claro. Los hombres gais tradicionales: tan previsibles, tan normativos, tan convencidos de que el amor puede reducirse a puntualidad, bíceps moderados y pasos de vals.
—El cuestionario no incluye bíceps.
—No me sorprende. Tu erotismo siempre ha tenido aspecto de hoja de cálculo.
La palabra erotismo introdujo una interferencia no deseada.
En mi pantalla, detrás del vídeo pausado, seguía abierto el archivo EL PLAN M - cuestionario.docx.
La última columna contenía el campo “actividades sociales aceptables”, actualizado la noche anterior.
La incorporación de competencia coreográfica había reducido la muestra viable de doce a tres candidatos.
Bastian era el único que, además, aceptaba citas formales en contextos universitarios.
No existía razón lógica para que mi memoria insertara, en ese momento, la imagen de Pedro sentado en el suelo del laboratorio con una porción de pizza en la mano, el colgante de Melqart apoyado contra la camiseta negra, diciendo “no te metas en líos por esto”. La imagen no era útil para el vals.
—Estoy intentando validar el Plan M con una muestra óptima —dije.
—Estás intentando demostrar que no te has equivocado.
—Ambas operaciones pueden solaparse.
Emma avanzó hacia mi mesa. Lo hizo sin pedir permiso.
Observó la pantalla, inclinándose lo suficiente para invadir la zona de trabajo situada entre el teclado y el borde del escritorio.
Yo retrocedí medio paso. El esqueleto retrocedió conmigo y su brazo izquierdo se levantó por inercia, como si quisiera intervenir.
—Qué bonito —dijo Emma—. Puntualidad, estabilidad laboral, ausencia de tabaquismo, compatibilidad política moderada. ¿Dónde está el campo “capacidad de amar a un hombre que no funciona sin plantillas en el suelo”?
La frase produjo un efecto fisiológico desproporcionado: sequedad inmediata en la boca, rigidez de los dedos, presión en la base del cráneo.
La reconocí como una respuesta al estrés institucional.
No tenía relación con la verdad o falsedad de la afirmación.
Las respuestas fisiológicas no son argumentos.
—Ese campo no es medible —dije.
—Exactamente.
—La ausencia de medición no implica inexistencia.
Emma me miró con una atención nueva, menos teatral durante un segundo.
—A veces pareces a punto de entender algo y lo conviertes en una nota al pie.
—Las notas al pie permiten conservar información relevante sin interrumpir el argumento principal.
—Tu argumento principal está bailando con un esqueleto.
Miré el modelo anatómico. La mandíbula seguía ligeramente abierta. Era una expresión involuntaria, aunque adecuada.
—Es un simulador imperfecto.
—No, Leon. Es una metáfora demasiado evidente incluso para ti.
Yo no trabajaba con metáforas en horario de laboratorio. Las metáforas, como los eventos sociales, suelen permitir que las personas digan una cosa mientras exigen que se entienda otra. Prefería los sistemas que informan de sus errores mediante códigos.
El metrónomo continuaba.
Tac. Tac. Tac.