EL PLAN M (M DE MARIDO) XVI El simulacro del candidato perfecto #2
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XVI El simulacro del candidato perfecto #2

—Tengo cuarenta y nueve minutos restantes de práctica acumulada esta semana —dije—. Si no restauro el bloque, el aprendizaje motor quedará por debajo del umbral de competencia para el Baile de Gala.

—También tienes actas de examen pendientes.

—Están programadas a las 12:00.

Emma señaló la carpeta roja.

—Ahora están programadas antes.

—Eso contradice mi matriz.

—Tu matriz no dirige el departamento.

La frase fue objetiva. También lo había sido mi padre cuando dijo, muchos años antes, que una casa no podía organizarse alrededor de las rarezas de un niño porque ya había suficientes problemas reales.

Yo tenía once años y estaba etiquetando los cajones de la cocina para que Nicole pudiera encontrar las cucharas sin pedirme ayuda.

El recuerdo apareció incompleto: una etiqueta torcida, la luz amarilla sobre la encimera, Nicole riéndose sin sonido porque tenía la boca llena de cereales. Después, nada utilizable.

Apreté los folios del cuestionario que había dejado junto al teclado. El papel se curvó bajo mis dedos.

—Entregaré las actas dentro del plazo reglamentario —dije.

—Más te vale. Y te recomiendo que reduzcas esta exhibición. No todo el claustro tiene mi paciencia con tus experimentos afectivos.

—No es una exhibición. La puerta estaba cerrada.

—La puerta nunca te ha protegido de parecer ridículo.

Emma recogió la carpeta, la recolocó sobre el montón correcto por pura casualidad y se dirigió a la salida. Antes de abrir, miró de nuevo al esqueleto.

—Buena suerte con Bastian. Tal vez por fin encuentres a alguien lo bastante simétrico para no asustarte.

La puerta se cerró.

El metrónomo siguió funcionando durante ocho pulsos más antes de que lo apagara.

El silencio posterior no mejoró la sala.

Dejé el esqueleto junto al armario anatómico, pero no lo guardé todavía.

Primero reajusté mis gafas de pasta, alisé las trece páginas del cuestionario y comprobé que el campo de Bastian Becker seguía mostrando coincidencia total.

Cien por cien. El dato era impecable.

No produjo entusiasmo.

Emma no se retiró de inmediato.

La había registrado ya como evento concluido porque su mano derecha había alcanzado el pomo de la puerta y su torso se orientaba hacia el pasillo, pero la conducta humana no obedece siempre a vectores limpios.

En lugar de salir, giró de nuevo con la carpeta roja contra el pecho y observó la plantilla cuadriculada del suelo como si las líneas adhesivas fueran una instalación artística deficiente.

—No puedo decidir qué parte me preocupa más —dijo—. Que estés ensayando para seducir a un archivista con un esqueleto o que, de algún modo, esto tenga más dignidad que tus interacciones sociales normales.

—No estoy intentando seducirlo. Estoy incorporando una competencia requerida por su perfil de compatibilidad.

—Claro. El erotismo burocrático.

—La burocracia no es erótica. Es un sistema de reducción del error.

—Para ti, que algo reduzca el error es prácticamente pornográfico.

La frase contenía una exageración deliberada. No respondí, porque responder a exageraciones incrementa su vida media. Reinicié el metrónomo.

Tac.

—Tengo diecinueve minutos de práctica restantes antes del bloque de actas —dije—. Puedes programar un comentario adicional dentro de ese margen si es imprescindible para la gestión departamental.

Emma soltó una risa breve por la nariz.

—Leon, esto no es gestión departamental. Esto es intervención.

—No has completado ningún formulario de intervención.

—Porque no existe un formulario para “profesor asociado de Biología intenta resolver la intimidad masculina mediante un archivo Word y una marioneta ósea”.

—El modelo anatómico no es una marioneta.

—Tiene menos miedo al contacto físico que tú.

El esqueleto, quizá por el modo en que lo había apoyado contra el armario, inclinó la cabeza hacia un lado. No existía intención comunicativa, pero Emma lo señaló como si acabara de recibir apoyo de un testigo.

—Incluso él está de acuerdo.

—Los objetos no están de acuerdo. Carecen de sistema nervioso y de intereses.

—La mitad del claustro también, y aun así votan.

En condiciones normales, esa observación habría merecido una corrección sobre la diferencia entre apatía cognitiva y ausencia neurológica.

Sin embargo, Emma se había acercado a mi mesa y estaba leyendo la pantalla.

Su proximidad al teclado quedó por debajo de los treinta centímetros.

La distancia era insuficiente. Sentí una contracción lineal desde los hombros hasta las muñecas y coloqué los brazos a ambos lados del cuerpo, rígidos, para no retirar físicamente el terminal.

Una retirada física habría podido interpretarse como hostilidad. La no retirada se sentía como invasión.

—EL PLAN M - cuestionario.docx —leyó Emma—. Persistes.

—La persistencia es una ventaja adaptativa en procesos de selección complejos.

—La obsesión también puede parecer persistencia si se le pone una chaqueta Gore-Tex.

Miró los campos de la pantalla. Puntualidad. No fumar. Compatibilidad doméstica. Visibilidad pública. Disposición a compromiso. Salud sexual. Responsabilidad biomédica. Emma frunció la boca al llegar a “fiabilidad cotidiana”.

—Dios. “Si digo te llamo mañana, lo hago”. Esto no es una pregunta de pareja. Es un contrato de suministros.

—La fiabilidad cotidiana predice estabilidad relacional.

—No, Leon. Predice que alguien te devolverá un correo.

—Devolver un correo es una forma mínima de estabilidad relacional.

Emma apoyó dos dedos sobre el borde de mi escritorio. Sus uñas estaban pintadas de un rojo oscuro con pequeñas grietas en el esmalte. Era un detalle contradictorio: cuidaba la puesta en escena de la autoridad, pero descuidaba su mantenimiento. La observación era irrelevante y aun así se almacenó.

—¿Y Bastian qué opina de todo esto?

—Bastian Becker respondió de forma positiva a todos los bloques eliminatorios.

—No he preguntado si superó tu aduana emocional. He preguntado qué opina de que estés fabricando una versión bailarina de ti mismo para gustarle.

—No estoy fabricando una versión. Estoy entrenando una destreza.

—Una destreza para entrar en un molde.

—La adaptación conductual no implica falsificación.

—Depende de cuánto tengas que amputarte para adaptarte.

El verbo amputar introdujo una imagen incorrecta y molesta.

Miré al esqueleto. Le faltaban ya dos falanges de la mano derecha debido al desgaste de las prácticas de Anatomía I.

El departamento había solicitado su reemplazo tres veces y la administración había respondido con silencio presupuestario.

Las instituciones toleraban mejor la pérdida gradual que la reparación directa.

—No hay amputación —dije—. El vals no requiere renuncia identitaria. Solo memoria motriz, equilibrio y tolerancia al contacto.

—¿Tolerancia al contacto con Bastian Becker?

—Sí.

—¿Y eso te entusiasma?

El término “entusiasma” era metodológicamente inservible. Señalaba una elevación subjetiva que podía confundirse con ansiedad, cafeína o hiperventilación.

—Es un candidato óptimo.

—No te he preguntado si es óptimo.

—Entonces formula la pregunta con mayor precisión.

Emma se quedó quieta. Su mirada, habitualmente rápida y ofensiva, se fijó en mí con una cualidad más lenta. No me gustó. Cuando las personas ralentizan la mirada, suelen creer que están accediendo a una capa oculta. En realidad, están prolongando la incomodidad.

—¿Quieres verlo?

—He concertado una cita.

—Leon.

—Sí. Quiero validar empíricamente la compatibilidad.

—Eso no es querer verlo.

El metrónomo marcó cuatro pulsos que nadie usó.

Tac. Tac. Tac. Tac.

Emma inclinó la cabeza.

—Los hombres gais tradicionales tenéis un talento sorprendente para convertir el deseo en administración. Luego os sorprendéis cuando acabáis en matrimonios muertos, rodeados de normas, whisky caro y resentimiento físico.

—No bebo whisky caro.

—No era una auditoría de tu despensa.

—La afirmación incluía un dato falso.

—La afirmación era una lectura cultural.

—Las lecturas culturales con datos falsos son vulnerables a refutación.

Emma cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la condescendencia había vuelto.

—Lo que haces no es amor, Leon. Es un fetiche ridículo de la masculinidad autista que se niega a la deconstrucción.

Un hombre adecuado, simétrico, puntual, sin grasa ideológica, capaz de bailar según el manual.

Qué descanso. Qué mundo tan limpio si todos los vínculos pudieran esterilizarse antes de tocarlos.

La palabra “autista” no era nueva. Había flotado durante años en pasillos, evaluaciones docentes, comentarios de cafetería pronunciados por personas que creían que mi literalidad era una conducta elegida.

Pero Emma la utilizaba con el tono de quien abre una vitrina y señala un espécimen. No como diagnóstico. Como reducción.

—La masculinidad no es una variable unitaria —dije—. Y las relaciones entre hombres presentan beneficios documentados cuando existe simetría conductual, negociación explícita y baja impulsividad destructiva.

—¿Beneficios documentados?

—La estabilidad de pareja se asocia a menor mortalidad, mejor salud mental y mayor adherencia a cuidados.

La puntualidad, la regulación emocional y la responsabilidad doméstica reducen fricciones acumulativas.

En parejas homosexuales masculinas, la ausencia de roles heteronormativos rígidos permite diseños relacionales más explícitos si ambos sujetos poseen capacidad de negociación.

—Has conseguido que casarse suene como montar un lavavajillas.

—Un lavavajillas mal instalado provoca inundaciones.

Emma me observó con una expresión que no identifiqué de inmediato. Podía ser irritación. Podía ser diversión. Podía ser el cansancio de alguien que desea herir y se encuentra con una superficie que no sangra en el lugar previsto.

—Los hombres como tú siempre tenéis estadísticas para no escuchar.

—Estoy escuchando.

—No. Estás clasificando.

—Clasificar es una forma de escucha.