XV El veredicto del lote #3
—No soy especialmente amable.
Pedro sostuvo mi mirada. Esta vez no aparté los ojos.
Los suyos parecían más claros bajo el neón, no por pigmentación, sino por cansancio.
El colgante volvió a moverse con su respiración.
La pantalla emitió un aviso suave. No me giré inmediatamente.
El retraso fue de dos segundos. Dos segundos en un procedimiento automatizado eran tolerables. En mí, eran una infracción.
—Lo dices porque lo crees —dijo Pedro.
—Sí.
La máquina volvió a avisar. Entonces sí me giré, introduje el comando y registré el tiempo.
Mi mano no temblaba. Eso era importante.
O habría sido importante antes de que Pedro apoyara la cabeza contra el mueble metálico, cerrara los ojos y permaneciera sentado junto a mí como si el laboratorio, con sus luces frías y sus viales numerados, fuera un lugar donde se podía descansar.
—No me sermoneas —dijo, casi dormido.
—No he recibido formación en sermones.
—La universidad entera vive de eso.
—Es una generalización, pero comprendo tu punto.
Pedro sonrió sin abrir los ojos.
—Gracias, Leon.
No pregunté por qué. Las respuestas de gratitud suelen perder estabilidad cuando se diseccionan.
Me limité a seguir trabajando, ajustando reactivos, confirmando lecturas preliminares y evitando mirar demasiado tiempo la línea de su cuello.
El Proyecto Padre continuaba. El Plan M, en cambio, permanecía cerrado en algún archivo que no había abierto en días.
No lo abrí.
El último vial de la serie muniquesa produjo una curva limpia.
Eso fue, desde un punto de vista técnico, satisfactorio.
La línea de fluorescencia ascendió sin ruido de fondo, alcanzó el pico esperado y se estabilizó en una secuencia que podía interpretarse sin ambigüedad.
No hubo contaminación cruzada, no hubo degradación térmica, no hubo fallo de calibración, no hubo error humano detectable.
El procedimiento había sido ejecutado con un índice de eficacia que cualquier comité metodológico habría aprobado.
El resultado fue negativo.
Esperé a que el software terminara de procesar la comparación autosómica.
La pantalla mostró el mensaje final con una sobriedad que juzgué adecuada para las máquinas y excesiva para los humanos: exclusión de parentesco biológico .
Después generó la tabla consolidada. Ochenta y cinco muestras.
Ochenta y cinco exclusiones. Cero coincidencias dentro del lote principal.
Cuatro candidatos no muestreados, todos exógenos al evento y, por tanto, metodológicamente pendientes.
Pedro seguía sentado en el suelo, con la caja de pizza cerrada a su lado.
Había dejado de comer hacía diecisiete minutos.
El queso se había solidificado en la superficie de las porciones restantes, formando una capa amarilla que ya no respondía a los criterios razonables de consumo alimentario.
No se lo señalé. Había aprendido, en las últimas semanas, que no toda información verdadera merece emisión inmediata.
—Ya está —dijo él.
—No exactamente.
Moví el cursor sobre la tabla y amplié la sección final.
Los nombres aparecieron en orden alfabético, acompañados de localizaciones incompletas: una clínica privada en Rosenheim, un puesto de investigación jubilado en Garmisch-Partenkirchen, un expediente trasladado a Innsbruck y una dirección administrativa vinculada a un congreso médico en Bolzano.
Cuatro residuos estadísticos. Cuatro huecos en el mapa.
Cuatro variables que impedían cerrar el expediente.
—Quedan cuatro candidatos —dije.
Pedro apoyó la cabeza contra el mueble metálico sin mirarme.
—Cuatro fantasmas.
—No son fantasmas. Son perfiles pendientes de verificación.
—Para ti todo es pendiente de verificación.
—Es una forma más útil de organizar la incertidumbre que rendirse ante ella.
Sonrió, pero fue una sonrisa sin dientes y sin ataque. Una contracción mínima en la comisura izquierda, casi una muesca de cansancio.
—Estás haciendo eso otra vez.
—¿Qué?
—Convertir un agujero en una tabla.
Miré la pantalla. Era una tabla. Su función consistía precisamente en estructurar agujeros.
—Las tablas permiten priorizar acciones.
—A mí me permiten ver lo ridículo que soy.
—No eres ridículo.
La respuesta salió antes de que pudiera someterla a revisión.
Pedro levantó la vista. La luz blanca del laboratorio le marcaba los pómulos y hacía que la piel pareciera más pálida que en los bares, donde el rojo tenue y la penumbra convertían su rostro en una superficie más opaca, menos vulnerable.
El colgante de Melqart descansaba contra su pecho, inmóvil por primera vez en mucho rato. Esa inmovilidad me resultó alarmante.
—No sabes mentir —dijo.
—Sí sé mentir. He participado en múltiples operaciones encubiertas en un periodo breve.
—No sabes mentir cuando importa.
No identifiqué una respuesta correcta. Guardé el archivo con tres copias de seguridad: disco local, unidad cifrada y carpeta temporal sin referencia nominal al Proyecto Padre. La pantalla confirmó la acción. Era tranquilizador que algunos sistemas respondieran a instrucciones simples.
Pedro se puso de pie. Lo hizo con lentitud, como si sus articulaciones hubieran acumulado metal durante la tarde. Recogió la cazadora de cuero del respaldo de una silla y se la colocó sin meter del todo el brazo izquierdo. Luego corrigió el gesto, quizá porque notó que yo lo había registrado.
—No hace falta que sigas —dijo.
—La afirmación es incorrecta. Quedan cuatro—
—Leon.
Su voz no fue alta. Precisamente por eso detuvo el movimiento de mi mano hacia el teclado.
—Lo digo en serio. Ya está bien. Hemos robado vasos, invadido clubs de golf, hecho de pareja falsa con médicos que huelen a dinero viejo, roto medio reglamento de la LMU y usado un Porsche de Nadine como si fuera un coche de espías de segunda categoría.
Ha sido… —buscó la palabra y no encontró una que no le diera vergüenza—. Ha sido suficiente.
—Suficiente no es sinónimo de completo.
—Para mí sí.
—Desde un punto de vista científico—
—Desde un punto de vista mío.
El sintagma era impreciso, pero no pude corregirlo. Pedro cerró la caja de pizza con una presión excesiva. El cartón emitió un chasquido blando.
—No quiero perseguir a cuatro tíos más para acabar mirando otra pantalla que me diga que no. Que ninguno. Que mi madre se llevó a la tumba el único dato que necesitaba y que Felipe, Nadine o como quiera llamarse ahora llenó el hueco con facturas, coches y silencios. No quiero otra lista.
La bomba de vacío siguió zumbando. En alguna parte del edificio, una tubería golpeó dos veces. El laboratorio dominical era un espacio diseñado para la continuidad del trabajo, no para la interrupción de una búsqueda filial. Aun así, el sistema pareció quedarse sin instrucciones.
—Podemos espaciar las verificaciones —dije—. Reducir el impacto emocional mediante bloques discretos. Uno por semana. Incluso uno por mes.
Pedro me miró con una expresión que no era rabia. Eso habría sido más sencillo.
—Eres muy bueno quedándote.
La frase no tenía estructura acusatoria, pero produjo el mismo efecto que una presión externa sobre el tórax.
—La permanencia mejora la fiabilidad de los resultados.
—No hablo de resultados.
—Entonces no entiendo.
—Ya lo sé.
Se acercó a la mesa, recogió la carpeta con las gráficas impresas y la dejó de nuevo, como si hubiera recordado que no quería llevarse nada que lo obligara a continuar.
Sus dedos rozaron el borde del papel. Me fijé en la marca leve de reactivo seco junto a su nudillo.
Debí indicarle que se lavara las manos. No lo hice.
Lo había hecho ya cuatro veces durante la tarde, y en todas Pedro había obedecido sin discusión, fingiendo que no obedecía.
—Gracias —dijo.
—No hemos terminado.
—Por eso.
El agradecimiento se instaló entre nosotros de una forma incómoda.
No podía archivarlo en la carpeta del Proyecto Padre porque excedía la metodología.
No podía colocarlo en el Plan M porque Pedro era, de forma documentada, un candidato no elegible.
No podía clasificarlo como amistad convencional porque carecía de suficientes ejemplos comparativos.
Lo dejé sin etiqueta. La ausencia de etiqueta no impidió que permaneciera.
Pedro se colgó la cazadora. Esta vez lo hizo correctamente.
—Tengo turno mañana —dijo—. Y tú deberías dormir. Tu cara parece una fotocopia mal hecha de un profesor que ya era blanco.
—Las fotocopias no reproducen temperatura corporal.
—Exacto. Eso he dicho.
Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un segundo, sin girarse del todo.
—No te metas en líos por esto.
Era una instrucción absurda. Ya estábamos dentro de varios líos: bioéticos, administrativos, logísticos y, posiblemente, fiscales si alguien auditaba la procedencia de los consumibles utilizados durante el domingo.
Pero Pedro no hablaba de esos líos. O hablaba de todos y de otro más que no convenía nombrar.
—Registraré el material sobrante —dije.
Él soltó una risa muy baja.
—Buenas noches, Schneider.
—Buenas noches, Montoya.
La puerta se cerró con suavidad. No con la violencia defensiva habitual. Ese dato fue peor.
Me quedé solo en el laboratorio. El zumbido de las bombas recuperó su dominio acústico.
Reorganicé los viales descartados, sellé el contenedor de residuos y limpié el acero quirúrgico con pasadas paralelas, de izquierda a derecha, superponiendo cada franja un veinte por ciento para garantizar cobertura completa.
La caja de pizza seguía sobre el banco. Pedro la había olvidado.
O la había dejado deliberadamente. Ambas hipótesis eran perturbadoras.
A las 21:42 recibí un correo de Auer, el encargado de catering del club de Brunnthal.
El asunto era: Propuesta seria. El cuerpo del mensaje contenía una oferta económicamente desproporcionada para supervisar eventos privados de coctelería molecular los fines de semana.
Incluía porcentaje de beneficios, flexibilidad horaria y la palabra “talento”, empleada sin base psicométrica suficiente.
Respondí en doce palabras: Gracias. Ya poseo un empleo estable. No estoy disponible para actividades comerciales.
La premisa era verdadera, aunque incompleta.
También era cierto que aceptar habría reducido mi disponibilidad para revisar los cuatro perfiles exógenos.
Y que, por motivos todavía no integrados en ningún modelo racional, la continuidad de los encuentros con Pedro pesaba más que una mejora económica objetiva.
Abrí la carpeta del archivo EL PLAN M - cuestionario.docx.
El documento no había sido actualizado en días.
Sus trece páginas parecían pertenecer a una versión anterior de mi vida, una en la que la compatibilidad podía filtrarse mediante tabaquismo, puntualidad y estabilidad ocupacional.
Técnicamente, el proyecto seguía activo.
Metodológicamente, abandonarlo generaría una incoherencia grave en mi matriz personal de objetivos.
Reactivé la búsqueda en bases conyugales.
El sistema solicitó criterios. Edad. Residencia.
Orientación. Hábitos. Nivel educativo. Respondí con los parámetros habituales, pero el cursor parpadeó junto al campo “actividades sociales aceptables” durante más tiempo del necesario.
Añadí, sin entender del todo la conexión, una categoría nueva: competencia coreográfica mínima.
No sabía todavía por qué sería relevante.
Guardé el cambio.