EL PLAN M (M DE MARIDO) XV El veredicto del lote #2
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XV El veredicto del lote #2

Pedro se quedó inmóvil. La frase había salido sin blindaje. Era verdadera, por tanto no requería corrección, pero su efecto fue visible: la mandíbula de Pedro perdió tensión durante un segundo, sus hombros descendieron y la mirada se le desplazó hacia el suelo. Después tomó la gradilla con firmeza.

—Entonces seguimos —dijo.

Sí. Seguíamos. Con la pizza enfriándose junto a la puerta, mi teléfono boca abajo, ochenta y cinco muestras esperando dictamen y Pedro dentro de un laboratorio que ya no parecía diseñado solo para contener máquinas.

Pedro sostuvo la gradilla con ambas manos durante ocho minutos y veinte segundos.

Lo hizo bien. Esta constatación no debería haber requerido atención consciente, pero la requirió porque Pedro tendía a ejecutar los gestos físicos con una mezcla de negligencia estética y precisión muscular.

Su camiseta estaba torcida, el pelo castaño ondulado caía en direcciones no modelizables y, sin embargo, sus dedos mantenían los viales perfectamente verticales, con la estabilidad de alguien que había pasado demasiadas noches transportando vasos llenos entre cuerpos borrachos sin permitir que el líquido se derramara.

—No estás respirando normal —dijo.

—Sí estoy respirando.

—Eso no es lo mismo.

No respondí. La amplificación del lote 017 exigía que la enzima se incorporara en un intervalo estrecho. Abrí el microtubo, añadí el reactivo y cerré la tapa con presión controlada. El clic se produjo en el punto correcto. Era un sonido pequeño, verificable, incapaz de mentir.

Pedro dejó la gradilla donde le indiqué y se apoyó contra el banco auxiliar, junto a la pizza.

Había consumido media porción sin contaminar ningún material.

Era una mejora sustancial respecto a su primera visita al laboratorio, cuando había intentado abrir una caja de guantes estériles con las manos mojadas de lluvia.

—Tu madre te habla como si fueras un becario que ha fallado una entrega —dijo.

—No soy becario.

—Eso he captado, profesor.

—Tampoco he fallado una entrega.

—No me refiero a la entrega.

Me quité los guantes, los deposité en el contenedor amarillo y anoté el cambio de fase en la libreta. Pedro observaba mi mano mientras escribía. No el dato. La mano. La observación fue innecesaria y, por tanto, persistente.

—La llamada no tiene relevancia para el Proyecto Padre —dije.

—Claro. Tu cara de pez congelado después de colgar tampoco.

—Los peces no muestran expresiones faciales equiparables a las humanas.

—Leon.

Levanté la vista. Pedro había dicho mi nombre sin burla. La ausencia de burla era un objeto pesado en el aire.

—¿Qué?

—Puedes decir: mi madre me jode la cabeza. Es más corto.

—No sería exacto.

—Sería humano.

—La exactitud también es humana.

Pedro soltó una risa seca, pero no llegó a completarla. Se pasó una mano por el pelo y miró hacia la puerta del laboratorio, como si el pasillo vacío pudiera proporcionarle una salida menos íntima que la conversación.

—Eres como un niño asustado con anteojos de pasta —dijo—. Uno muy alto, con bata y acceso a máquinas caras, pero un niño igual.

La frase llegó limpia, sin la amortiguación cómica que solía acompañar sus ataques.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi razonamiento: el pulgar presionó demasiado fuerte el bolígrafo y la punta perforó una capa superficial del papel.

No era un daño grave. Podía corregirse usando la página siguiente.

No obstante, el sonido de la fibra rasgada fue desproporcionadamente desagradable.

Pedro lo vio.

—Mierda —dijo.

—La expresión “niño” es técnicamente incorrecta. Tengo treinta y cinco años.

—No era por la edad.

—Los anteojos son gafas.

—También lo sé.

—Y el miedo no es una variable útil para describir una llamada telefónica.

—Vale. Ya está. Olvídalo.

Olvidar no era una función ejecutable. Podía archivar, reprimir, desplazar, priorizar otros estímulos, pero no borrar una información que ya había entrado en el sistema.

Dejé el bolígrafo en paralelo a la libreta, alineado con el borde inferior.

Lo moví un milímetro a la derecha. Luego otro a la izquierda.

La segunda corrección anuló la primera. Eso era ineficiente.

—La predictibilidad mitiga la ansiedad provocada por la pérdida de Nicole —dije.

Pedro no se movió.

El laboratorio pareció detenerse, aunque las bombas de vacío siguieron funcionando y el secuenciador continuó su zumbido hipnótico. La luz de neón golpeaba el acero con la misma regularidad. El mundo físico no había cambiado. Solo había cambiado la cantidad de información expuesta.

—¿Nicole? —preguntó Pedro, en voz baja.

—Mi hermana.

Él apartó la vista de inmediato, no por desinterés, sino por una clase de respeto torpe. Lo reconocí porque no intentó llenar el silencio con una provocación.

—No sabía que tenías una hermana.

—No la tengo.

La frase produjo un efecto visible en él: el cuello se le tensó, la mano bajó hasta el colgante de Melqart y lo sujetó entre dos dedos. No lo hizo para exhibirlo. Lo hizo como quien comprueba que un objeto sigue presente.

—Joder, Leon.

—Murió cuando yo era adolescente. No es una información necesaria para la operación actual.

—No digas eso.

—Es cierto.

—No. Es una forma muy científica de pegarte un tiro en la boca sin manchar el suelo.

Analicé la frase. Era vulgar, agresiva y metafóricamente imprecisa. También contenía una preocupación que Pedro no quería presentar sin blindaje. Decidí responder a la capa literal, porque la otra no tenía instrucciones.

—No estoy suicidándome.

—Ya lo sé.

—Tampoco hay arma.

—Leon.

—Sí.

—Lo siento.

La disculpa fue tan seria que me resultó difícil ubicarla.

Pedro Montoya, que utilizaba la hostilidad como si fuera un abrigo de cuero, estaba de pie junto a una pizza ilegal en un laboratorio universitario, pidiéndome disculpas sin añadir una broma después.

Su cara había perdido la arquitectura defensiva.

Sin ella, parecía más joven de veintiocho años y más cansado de lo que sus músculos permitían suponer.

—La frase sobre el niño asustado era parcialmente defendible —dije—. La infancia no termina de forma homogénea en todos los sistemas familiares.

—No estoy aceptando que me hagas un paper de mi insulto.

—No era mi intención.

—Ya. Ese es el problema. Nunca es tu intención y aun así me dejas desarmado.

No supe qué respuesta era adecuada. Inserté el siguiente vial. La pantalla mostró una barra de progreso. Tres minutos hasta la siguiente intervención. Tres minutos eran una unidad demasiado corta para trabajar y demasiado larga para permanecer en silencio con Pedro.

Él recogió la caja de pizza y, contra toda expectativa sanitaria, se sentó en el suelo de vinilo, apoyando la espalda contra el mueble metálico contiguo a mi silla.

Debí corregirlo. El suelo del laboratorio no era un comedor.

Pero sus hombros quedaron a escasos centímetros de mis rodillas, y la corrección se atascó en una zona del cerebro que no estaba relacionada con la bioseguridad.

—El suelo ha sido desinfectado a las ocho —dije finalmente—. Sigue sin ser apropiado para consumo alimentario.

—Anótalo en mi expediente.

—No tienes expediente.

—Entonces estoy a salvo.

Masticó una porción despacio, sin mirarme.

Desde mi posición, veía la curva de su cuello, el nacimiento del pelo húmedo en la nuca y el brillo opaco del colgante contra la camiseta negra.

El metal subía y bajaba con su respiración.

Mi atención volvió a él tres veces, aunque la pantalla del secuenciador requería supervisión.

Clasifiqué el fenómeno como fijación de monitorización relacional. La etiqueta no lo redujo.

—Después de Sandra —dijo Pedro—, Nadine compraba cosas.

No levantó la cabeza. Hablaba hacia el suelo, como si el vinilo pudiera absorber mejor la información que yo.

—¿Qué tipo de cosas?

—Cosas caras. Zapatillas que yo no pedía. Una consola. Ropa. Un reloj que parecía de narcotraficante suizo. Todo con factura, todo perfecto. Como si el amor tuviera garantía de devolución.

La barra de progreso alcanzó el treinta y ocho por ciento. No era el momento de hablar. Era exactamente el momento de escuchar.

—Mi madre hacía comida cuando estaba triste —continuó—.

Mucha. Demasiada. Te llenaba el plato como si pudiera arreglar el mundo metiéndote arroz hasta que no pudieras respirar.

Nadine no. Nadine dejaba bolsas en mi cuarto.

Sin mirarme mucho. Sin aguantar nada. Si yo preguntaba por mi padre, por Sandra, por lo que había pasado, aparecía otra bolsa. No hay amor, solo cosas.

El laboratorio permaneció frío. Yo, sin embargo, noté una presión detrás del esternón. No era dolor. Tampoco era una respuesta metabólica a la pizza, porque no había consumido pizza. Podía ser un marcador de empatía somática. La etiqueta era insuficiente.

—Las transacciones materiales no sustituyen el cuidado sostenido —dije.

Pedro se rió una vez, sin humor.

—Qué manera más tuya de decir algo decente.

—Es una formulación precisa.

—Sí. Por eso funciona.

Miró hacia arriba. Su rostro estaba cerca de mis rodillas, inclinado bajo la luz blanca, con las ojeras marcadas y la boca tensa.

No había cinismo visible. Solo una exposición incómoda, casi física.

Comprendí entonces que Pedro no temía solo no encontrar a su padre biológico.

Temía confirmar que todos los hombres disponibles en su vida habían sido intercambiables en su ausencia, su cobardía o su incapacidad de quedarse.

No formulé esa conclusión en voz alta. Habría sido una invasión.

—Sandra no puede ser sustituida —dije—. Pero tu búsqueda no es una estupidez sentimental.

Él dejó de masticar.

—¿No?

—No. Es una investigación sobre origen, pertenencia y responsabilidad genética. También es un intento de localizar una figura que el sistema familiar no proporcionó de forma verificable.

—Eso suena menos patético.

—Es menos patético.

—¿Lo dices porque eres amable?