XV El veredicto del lote
El secuenciador emitía un zumbido continuo, más grave que el de las bombas de vacío y menos intrusivo que el de los fluorescentes.
El acero quirúrgico de los bancos reflejaba la luz de neón en líneas plateadas, limpias, casi tranquilizadoras.
Sobre el banco de trabajo número dos, a una distancia ilegal de cuarenta y siete centímetros de los reactivos, Pedro había depositado una caja de pizza.
—He traído desayuno —dijo.
—Has traído una infracción sanitaria con mozzarella.
—La mozzarella ha sostenido civilizaciones enteras.
—No existen datos suficientes para sostener esa afirmación.
—Italia.
—Italia no es un dato. Es un Estado.
Pedro abrió la caja. El olor a masa horneada, tomate caliente y grasa láctea invadió el laboratorio con una contundencia incompatible con el protocolo de esterilidad.
Mi primera respuesta fue desplazar la caja hacia la mesa auxiliar situada junto a la puerta.
Mi segunda respuesta, menos visible, fue registrar que Pedro había traído dos porciones sin champiñones.
La semana anterior había observado que yo retiraba los champiñones de una pizza porque su textura introduce una variabilidad húmeda en la masticación.
No se lo había comunicado. Él lo había inferido.
—Banco auxiliar —dije.
—Sí, jefe de bacterias.
—No soy jefe de bacterias. Soy profesor asociado de Biología.
—Las bacterias te obedecerían antes que los alumnos.
—Las bacterias tienen patrones de crecimiento más previsibles.
Pedro sonrió mientras se quitaba la chaqueta de cuero.
Debajo llevaba una camiseta negra, la misma clase de prenda que parecía deteriorada por accidente pero probablemente había sido comprada ya en estado de deterioro calculado.
El colgante de Melqart cayó contra su pecho con un golpe mínimo.
Yo desvié la vista hacia la pantalla del secuenciador, donde el vial 002 esperaba confirmación de entrada.
La operación dominical tenía tres objetivos: procesar las ochenta y cinco muestras salivales viables procedentes de la gala médica, comparar marcadores autosómicos básicos con el perfil genético de Pedro, y descartar o priorizar líneas de filiación sin generar trazabilidad administrativa en los servidores oficiales de la universidad.
El tercer objetivo era problemático. Lo había dividido en cuatro subprotocolos para hacerlo menos problemático. Ninguno lo consiguió plenamente.
Pedro se acercó al banco y miró las gradillas.
—¿Esas son todas?
—Ochenta y cinco muestras con integridad suficiente. Cincuenta y ocho quedaron degradadas, contaminadas o no asignables.
—Cincuenta y ocho médicos inútiles incluso babeando.
—La utilidad biológica no correlaciona con el prestigio profesional.
—Eso deberías imprimirlo en camisetas.
—Las camisetas con texto incrementan la probabilidad de interacción no solicitada.
Él apoyó la cadera en el borde del banco. No debía hacerlo. Se lo indiqué con una mirada. No funcionó. Con Pedro, las miradas correctivas tenían una eficacia variable, generalmente baja cuando estaba cansado o decidido a ocupar espacio.
—¿Cuánto tardará?
—La extracción preliminar, dos horas. La amplificación, una hora y cuarenta minutos. La primera lectura comparativa, cuarenta y cinco minutos si no hay error térmico. El dictamen fiable, al final de la tarde.
—O sea, todo el día.
—He dicho cantidades precisas.
—Sí. Todo el día con traje de matemáticas.
Introduje el vial 003. Cerré la compuerta. Registré la hora. La secuencia del procedimiento me calmó durante exactamente once segundos. Después sonó mi teléfono.
La pantalla mostró: Mutter. Llamada semanal. Domingo, 10:00.
Yo había olvidado cancelar la llamada. No olvidaba llamadas.
Las llamadas estaban en la matriz de bloques porque la memoria humana es falible y porque mi madre consideraba ofensivo que una relación filial dependiera de un sistema de recordatorios, aunque también consideraba ofensivo que yo no llamara a la hora exacta.
Las exigencias contradictorias son frecuentes en familias neurotípicas y rara vez se reconocen como tales.
Pedro miró la pantalla.
—¿Tu madre?
—Sí.
—¿Vas a cogerlo?
—Es domingo.
—Eso no responde.
—Sí responde.
Acepté la llamada y activé el auricular, no el manos libres. Pedro, sin embargo, permanecía lo bastante cerca para oír mi parte de la conversación. Era una complicación. También era demasiado tarde para corregirla sin generar una explicación socialmente densa.
—Buenos días, Mutter.
Hubo una pausa breve, seguida de su voz metálica y alta, procesada por la mala cobertura de algún lugar que no me había comunicado.
—Leon. Por fin. Pensé que ibas a estar ocupado otra vez.
—Estoy ocupado. Pero la llamada estaba programada.
Pedro bajó la cabeza hacia la pizza. Vi la esquina de su boca moverse.
—No deberías hablar así —dijo mi madre—. Parece que llamarme sea una obligación administrativa.
—Es una obligación filial programada.
Pedro dejó escapar una tos que no era tos.
Yo giré medio grado para darle la espalda.
—¿Estás en el laboratorio? —preguntó mi madre.
—Sí.
—Un domingo.
—Los procesos de degradación del ADN no respetan el calendario laboral.
—Siempre hay una razón científica para no tener una vida normal.
La frase entró en el laboratorio y desplazó la temperatura subjetiva.
No dije nada durante un segundo porque mi respuesta inicial —la vida normal no está definida operativamente— tenía una probabilidad alta de empeorar el intercambio.
Mi madre interpretaba la precisión como agresividad.
Yo interpretaba la imprecisión como ruido.
Ninguna de las partes había conseguido adaptar el canal.
—Estoy cumpliendo mis responsabilidades profesionales —dije.
—Tu padre dice que podrías visitar la semana que viene.
—Tengo docencia, evaluación de prácticas y una investigación en curso.
—Siempre tienes algo en curso.
Pedro había dejado de sonreír. No lo miré, pero lo registré en el cambio de su respiración.
El laboratorio seguía zumbando. El vial 004 esperaba en su hueco.
La pantalla solicitaba confirmación. Yo sostenía el teléfono con la mano izquierda y las pinzas con la derecha.
La coordinación era técnicamente posible, pero no recomendable.
—Puedo llamar el jueves a las 19:30 —dije.
—No todo se resuelve con horas, Leon.
La frase produjo una imagen sin permiso: Nicole sentada en el suelo del pasillo de casa, con un jersey amarillo, diciendo que las horas sí servían porque avisaban de cuándo terminaban las cosas.
Después no terminó nada cuando debía terminar.
El recuerdo no llegó completo. Se cortó antes de que apareciera la habitación del hospital. Mejor.
—El jueves a las 19:30 es una propuesta concreta —dije.
—Haz lo que quieras.
No significaba que hiciera lo que quisiera. Significaba que debía detectar una demanda no formulada y responder a ella. No la detecté. Nunca la detectaba a tiempo.
—De acuerdo —dije—. Entonces jueves a las 19:30.
Mi madre suspiró.
—Cuídate, Leon. Y come algo decente.
Miré la caja de pizza en el banco auxiliar.
—Hay comida presente.
—No me refería a eso.
La llamada terminó. Durante tres segundos, el laboratorio pareció más grande y menos habitable.
Dejé el teléfono boca abajo junto al cuaderno de registro.
No había motivo para que la conversación alterara el procedimiento.
Mi frecuencia cardíaca indicaba lo contrario.
Registré el dato y lo descarté por falta de utilidad inmediata.
Pedro no dijo nada al principio. Eso era inusual.
Su silencio tenía una textura distinta al silencio de Anna, que era clínico y amortiguador, o al de Emma, que solía preceder una emboscada retórica.
El silencio de Pedro era vigilante, como si estuviera decidiendo si atacaba, retrocedía o permanecía.
—Hablas con ella como si estuvieras desactivando una bomba —dijo al fin.
—Las bombas tienen mecanismos más explícitos.
—Joder.
—La comparación es técnicamente incorrecta.
—Era un cumplido a tu madre, no a las bombas.
Me giré hacia él. Pedro estaba sentado ahora sobre un taburete, con una porción de pizza en la mano, pero no comía. La luz de neón le marcaba la palidez de la cara y la sombra bajo los ojos. Llevaba ojeras de turno nocturno y una expresión que no encajaba con la burla habitual.
—La llamada ha durado dos minutos y cuarenta y nueve segundos —dije—. No ha interferido de forma significativa.
—Leon.
—¿Sí?
—Eso no es lo que he dicho.
Introduje el vial 004 para recuperar continuidad. Cerré la compuerta con más fuerza de la necesaria. El clic fue demasiado seco. Pedro lo oyó. Por supuesto que lo oyó.
—No tienes que explicármelo —dijo.
—No estaba intentando explicarlo.
—Estabas intentando meterlo en una caja para que no se moviera.
Miré la pantalla. Confirmar. Ejecutar. Registrar. Siguiente vial. Si el mundo se reducía a acciones, el cuerpo dejaba de formular preguntas sin autorización. La predictibilidad era una herramienta. No una patología. No una rareza. No una insuficiencia moral.
—La predictibilidad reduce la ansiedad del entorno —dije—. Es un hecho funcional.
Pedro dejó la porción sobre el cartón.
—Vale.
No dijo “sojas”. No dijo “niño asustado”. No hizo la broma que su cara había empezado a preparar y que luego había retirado. Ese gesto de retirada fue más invasivo que la broma. La hostilidad de Pedro era sencilla. Su cuidado no tenía instrucciones.
—El vial 005 está listo —dije.
—Dime qué hago.
Le entregué una gradilla secundaria. Nuestros dedos no se tocaron, porque calculé la entrega con precisión. Pedro también. La ausencia de contacto produjo una conciencia absurda del contacto no ocurrido.
—Sostén esto en posición vertical. No lo agites.
—Sé sostener cosas, profesor.
—Lo has demostrado con resultados variables.
—Estoy intentando ser útil.
—Lo estás siendo.