VI Alianza clandestina
La repetición no demostraba relevancia biológica.
Las repeticiones en archivos universitarios pueden deberse a prestigio, longevidad académica, nepotismo, participación en comisiones, errores de digitalización o la incapacidad institucional de retirar nombres de documentos obsoletos.
Sin embargo, tres apariciones en intervalos compatibles con los años de formación de Sandra Beck justificaban elevar su prioridad investigativa de “media-alta” a “alta”.
Abrí la carpeta verde oscuro del Proyecto Padre y anoté:
“Lindemann, Markus. Ginecología / Obstetricia. Coincidencia temporal: fuerte. Posible acceso: conferencias, consulta privada, asociaciones médicas. Prioridad: A.”
A la derecha del teclado tenía el conjunto de carpetas clasificadas por colores según especialidad clínica.
Verde oscuro: filiación general. Azul claro: obstetricia y ginecología.
Gris: medicina interna. Rojo: cirugía. Amarillo: candidatos con datos incompletos.
Blanco: descartes provisionales. No había elegido los colores por estética.
El sistema visual humano distingue mejor categorías cromáticas contrastadas que etiquetas textuales pequeñas en situaciones de carga cognitiva elevada.
Además, Pedro había demostrado una capacidad notable para desorganizar superficies sin intención aparente.
Los colores actuarían como defensa pasiva contra su presencia.
El despacho estaba iluminado por una luz bávara de final de tarde: baja, oblicua, casi mineral.
Entraba por el ventanal y golpeaba el borde de las estanterías metálicas, donde los archivadores antiguos proyectaban sombras estrechas sobre el suelo.
El olor habitual a papel viejo y cartón seguía presente, pero menos agresivo que por la mañana.
Había preparado dos tazas idénticas de té negro sobre una bandeja de corcho, a la izquierda del monitor.
No porque Pedro hubiese pedido té. No lo había hecho.
Pedro probablemente preferiría café, cerveza o algún líquido socialmente imprudente.
Pero el té negro tenía tres ventajas: temperatura estable durante más tiempo, baja probabilidad de derrame con daño permanente y ausencia de espuma, que complica la lectura de nivel en taza.
El terminal emitía un chasquido seco cada vez que introducía una búsqueda. Facultad de Medicina. Promoción 1999. Sandra Beck. Lindemann. Engel. Huber. Kraus. Obstetricia. Congreso. Alumni. La pantalla reflejaba parcialmente mis gafas y los rectángulos de las carpetas. Todo estaba en su sitio.
A las 16:18, el pasillo produjo el sonido de botas.
No necesitaba verlas. Ya conocía el patrón: suela pesada, ritmo irregular, leve arrastre del pie derecho al girar la esquina. Pedro caminaba como si el suelo fuera una hipótesis que aún no aceptaba. Se detuvo frente a la puerta.
No llamó.
La puerta se abrió.
—Traigo cartografía criminal —dijo.
Entró con un plano callejero de Múnich desplegado a medias, tan grande que golpeó el marco, la manilla y, finalmente, el borde de mi escritorio.
El plano avanzó antes que él como un animal herido.
Pedro llevaba la misma chaqueta de cuero desgastada, botas militares, camiseta negra y el colgante de Melqart, que hoy caía sobre una cadena más corta o quizá simplemente había quedado atrapado en la tela.
Olía a tabaco de liar, frío exterior y papel húmedo.
—La puerta —dije.
—La he abierto.
—No la has cerrado.
Pedro giró sin discutir y la empujó hasta que encajó. El clic fue correcto.
—Me estás domesticando —dijo.
—No. Estás aprendiendo un procedimiento básico.
—Eso diría un domador con plaza fija.
Colocó el plano encima de mis carpetas.
Encima.
La esquina noroeste de Múnich cubrió obstetricia. Schwabing invadió medicina interna. Sendling quedó sobre la carpeta de descartes provisionales. Mi mano se movió antes que mi razonamiento y sujetó el borde del plano para evitar que arrastrara la taza de té.
—Has interrumpido la clasificación.
—La clasificación estaba demasiado tranquila.
—La tranquilidad aumenta precisión.
—Y mata el impulso revolucionario.
—No estamos haciendo una revolución. Estamos diseñando una estrategia de obtención de muestras biológicas.
—Eso es lo que dicen todas las revoluciones en su fase sexy.
La palabra “sexy” no tenía función en la frase. La ignoré.
Pedro se inclinó sobre el escritorio, presionando el plano con ambas manos.
Sus dedos ocuparon el área entre Lehel y Maxvorstadt.
Las uñas seguían mordidas. En el dorso de la mano izquierda tenía una pequeña quemadura circular, probablemente de cigarrillo o de bandeja caliente.
No la había visto antes. No pregunté. La pregunta no contribuía al mapa.
—Lindemann vive aquí —dijo, señalando una calle cerca de Lehel—. O vivía. Su consulta antigua estaba aquí. La nueva dirección aparece asociada a una fundación médica que hace cenas para gente que dice “excelencia” sin vomitar.
—La emesis no es una respuesta habitual ante vocabulario institucional.
—Debería.
Me incliné hacia el monitor y abrí la ficha digital de Lindemann.
—La fundación organiza un seminario el próximo miércoles. Entrada con invitación. Patrocinadores privados. Público médico.
—Traducido: vasos caros, egos blandos y ADN gratis.
—No es gratis si el coste ético es elevado.
Pedro levantó la cabeza.
—Ya estamos.
—Aún no he objetado. Estoy midiendo.
—Tú mides como otros amenazan.
—La medición evita amenazas innecesarias.
Se quedó mirándome un segundo. La luz de la tarde le marcó la línea de la mandíbula y el borde de las gafas.
Tenía la tez más pálida que el día anterior, probablemente por falta de sueño tras su turno nocturno.
Bajo los ojos, las sombras no eran graves pero sí persistentes.
Su cabello castaño ondulado parecía haber sido reorganizado por una mano impaciente o por una almohada hostil.
La irregularidad visual resultaba difícil de ignorar.
No porque fuera atractiva. Esa categoría no debía aplicarse.
Porque introducía una variable no simétrica en un entorno altamente simétrico.
Moví la carpeta azul claro dos centímetros para liberarla del plano.
—He clasificado a los candidatos por especialidad. Obstetricia y ginecología deben priorizarse porque aumentan la probabilidad de contacto con Sandra durante su etapa formativa.
Pedro dejó de golpear el plano con el dedo.
—Has memorizado su especialidad.
—He memorizado todos los datos relevantes disponibles.
—No dije que fuera relevante.
—Su relación con Medicina y las fechas de contacto potencial la convierten en relevante.
—Me refiero a que memorizaste que mi madre no era solo “la muestra materna”.
Esa formulación introdujo una corrección en el aire. No de datos. De posición.
—Sandra Beck —dije—. Estudiante de Medicina. Después Sandra Montoya. Fallecida en 2009. Madre de Pedro Montoya. Eje de búsqueda del Proyecto Padre.
Pedro bajó la mirada al plano.
—Joder.
—¿He cometido un error?
—No.
—Entonces la reacción no es negativa.
—No todo lo que duele es negativo, Schneider.
La frase quedó sobre el escritorio, entre el plano y las carpetas, y durante un segundo no supe dónde archivarla. Dolor positivo era una categoría posible en entrenamiento físico, rehabilitación, memoria y crecimiento tisular. En conversación, resultaba más inestable.
—He preparado té —dije.
Pedro miró las dos tazas idénticas.
—¿Para mí?
—Hay dos personas en el despacho.
—Podría ser una taza de repuesto por si una decepciona.
—Las tazas no decepcionan. Se rompen, se manchan o se extravían.
Pedro cogió una. No preguntó cuál. Eligió la de la izquierda, que yo había colocado para él porque estaba más lejos del teclado. La elección coincidió con el plan, lo cual produjo una satisfacción breve.
—Está caliente —dijo después de beber.
—Sí.
—Era una observación, no una queja.
—Lo he procesado como dato térmico.
—Normal.
Se sentó en la silla frente al escritorio sin que yo se lo pidiera. También eso era nuevo. La silla crujió bajo el peso de la cazadora. Pedro extendió el plano con más cuidado, aunque el borde seguía tocando la carpeta roja.
—He marcado las clínicas —dijo—. Privadas, asociaciones, posibles eventos, sitios donde estos tíos comen canapés y dejan copas medio llenas. Lindemann, Engel, Huber, Kraus. Y este —tocó una cruz negra—. Dr. Peter Engel. TUM. Emma dice que es un pavo real con bata.
—Emma utiliza metáforas animales con excesiva frecuencia.
—Esta quizá es exacta.
—Los pavos reales no llevan bata.
Pedro sonrió contra el borde de la taza.
—Te echaba de menos.
El terminal hizo un sonido de notificación.
No era una notificación. Era mi propio error al presionar una tecla sin intención. La pantalla saltó a otra ventana. Tardé un segundo en devolverla a la ficha de Lindemann.
Pedro no dijo nada.
No necesitaba decirlo. La frase había sido probablemente una broma, una fórmula coloquial para indicar reconocimiento de patrón conversacional. “Te echaba de menos” no debía procesarse como declaración de apego. Además, él había dormido poco. La privación de sueño altera inhibición verbal.
—No he estado ausente —dije.
—Vale.
—Nos vimos ayer.
—Sí, Leon.
Otra vez mi nombre. No Schneider. No profesor. Leon.
La luz de la tarde bajó un grado perceptible. El despacho pareció más pequeño, aunque las dimensiones no habían cambiado. Me concentré en el monitor.
—Engel puede ser útil por conexión institucional con la TUM. Si su hijo trabaja allí, podríamos acceder a descendiente masculino, lo que permitiría comparar línea paterna indirecta, aunque con menor claridad según parentesco exacto.
—¿Y Lindemann?
—Alta prioridad. Pero necesitamos muestra directa o de un pariente cercano.
—¿Y cómo se la sacamos al doctor excelencia?
—No se “saca”. Se obtiene.
—El verbo limpio para dormir bien.
—El verbo preciso para no convertirnos en delincuentes torpes.
Pedro se reclinó, pero sus ojos se mantuvieron fijos en el mapa.