V La cena del pollo albaricoque #4
—Después de la muestra, no está prohibida. Sigue siendo desaconsejable si trabajas a las 21:00.
—Trabajo en un bar. La desaconsejabilidad es el ecosistema.
—Una cerveza puede afectar tu coordinación, sueño posterior y regulación emocional.
—Mi regulación emocional ya viene defectuosa de fábrica, profesor.
—No hay evidencia de defecto de fábrica. Hay evidencia de daño ambiental y estrategias de adaptación.
La botella quedó suspendida en su mano.
El comentario no había sido diseñado para producir efecto.
Era una corrección de precisión. La palabra “defectuosa” aplicada a un sistema vivo suele ser perezosa; omite historia, contexto, uso y exposición.
Un tejido cicatrizado no es defectuoso. Ha resuelto una agresión con los recursos disponibles.
La cicatriz puede limitar elasticidad, pero también impide que la herida siga abierta.
Pedro dejó la cerveza sobre la encimera.
—Tú no haces eso —dijo.
—¿Qué cosa?
—Convertirlo todo en culpa mía.
—No tengo datos suficientes para asignar culpa.
—Qué forma tan tuya de ser decente.
—No era una afirmación ética.
—Por eso funciona.
El silencio posterior duró demasiado para permanecer en la cocina.
Abrí el grifo y empecé la secuencia de limpieza: vasos, cubiertos, platos, fuente, olla.
Pedro permaneció apoyado en el marco de la puerta, invadiendo parcialmente la zona de circulación.
No le pedí que se apartara. El espacio era menos eficiente, pero no impracticable.
—El mapa —dijo al fin.
Cerré el grifo.
—Sí. Diez minutos.
—Tengo cincuenta y algo.
—Cincuenta y cuatro. Menos veintinueve de desplazamiento conservador, quedan veinticinco. Diez para mapa inicial, cinco para empaquetar documentos, tres para margen de salida, siete para conversación no prevista.
—¿Programas la conversación no prevista?
—Si no se programa, deja de ser margen.
Pedro negó con la cabeza, pero sonrió. No del todo. Solo lo suficiente para modificar la línea de la boca.
Extendí sobre la mesa del comedor la lista de nombres, una hoja nueva y un mapa impreso de Múnich con marcas en azul. Pedro se sentó esta vez en la silla que yo había considerado óptima desde el principio. No lo señalé. Algunas victorias se degradan al nombrarlas.
—Nueve candidatos principales —dije—. Tres de alta prioridad por proximidad temporal a Sandra. Dos de prioridad media. Cuatro de baja prioridad por falta de coincidencia geográfica directa. Los nombres tachados no se eliminan hasta verificar muerte, esterilidad conocida o imposibilidad cronológica.
Pedro miró el mapa con la mandíbula tensa.
—¿Y cómo coño conseguimos ADN?
—Primero, acceso social. Segundo, material abandonado. Tercero, procesamiento. Cuarto, comparación con tu muestra. Quinto, exclusión o posible coincidencia.
—“Posible coincidencia” suena a que todo puede salir mal.
—Sí.
—Genial. Gracias por el optimismo alemán.
—El optimismo no mejora una cadena de custodia.
—Pero hace que la gente no quiera tirarse por una ventana.
Miré hacia la ventana. Cerrada. Altura: tercer piso. Riesgo no nulo, pero bajo si se mantenía conversación en mesa.
—No recomiendo tirarse por una ventana.
Pedro soltó una risa breve, cansada.
—No sé si eres un peligro o un extintor.
—Los extintores son peligrosos si se usan mal.
—Claro que sí.
Revisamos los nombres. El primero, un ginecólogo retirado con consulta privada cerca de Lehel.
El segundo, un cirujano vascular que daba conferencias con frecuencia.
El tercero, un internista fallecido hacía dos años cuyo hijo trabajaba en la TUM.
Pedro proporcionaba datos desordenados pero a menudo precisos.
Fechas, fotografías, fragmentos de conversaciones oídas en habitaciones donde los adultos creían que los niños no registraban nada.
Los niños registran mucho. No siempre entienden. Eso no reduce la permanencia del dato.
A las 20:17, Pedro se quedó callado ante el nombre de un tal Dr. Markus Lindemann.
—Ese —dijo.
—¿Qué ocurre con ese?
—Felipe rompió una foto donde salía él.
—¿Cuándo?
—Yo tenía doce o trece años. No sé. Después de decirme lo de mi padre. Antes de ponerse a no beber como si la abstinencia le fabricara una santidad retroactiva.
Anoté: Lindemann. Reacción emocional de Felipe/Nadine. Foto destruida. Prioridad elevada.
—Eso no demuestra paternidad —dije.
—Ya lo sé.
—Pero aumenta relevancia investigativa.
Pedro me miró.
—A veces suenas como si fueras a salvarme con una grapadora.
—Una grapadora no sería útil salvo para ordenar expedientes.
—Eso también lo dices en serio.
—Sí.
—Me gusta.
La frase produjo un error breve en la secuencia motora. El bolígrafo dejó una línea de tres milímetros fuera del margen.
Pedro lo vio.
Yo también.
—Has rayado tu hoja perfecta —dijo.
—Es una hoja de trabajo.
—Mentira. Sufres.
—No sufro. Recalculo.
—Eso también es sufrir con doctorado.
Miré la línea. No afectaba a la legibilidad. No requería hoja nueva. Requerir hoja nueva habría sido ineficiente y habría confirmado una observación de Pedro. Dejé la línea donde estaba.
—Tengo que irme —dijo, aunque no se levantó.
Eran las 20:22. Correcto.
—Sí.
Seguía sentado.
—El curry estaba bien.
—Ya lo habías dicho.
—Lo repito para que quede claro que no fue accidente.
—La receta es replicable.
—No me refería al pollo.
La frase presentó ambigüedad. No solicité aclaración porque su postura ya había vuelto a cerrarse: hombros tensos, mano sobre el dossier, mirada desviada hacia la cazadora en el perchero.
Se levantó.
Yo recogí el mapa y las hojas en la carpeta verde oscuro. Pedro observó el gesto de archivo con menos burla que antes. La cerveza quedó sin abrir sobre la mesa de centro. La bolsa de papel, también. Tomé ambas y se las tendí.
—Las has traído tú.
—Quédate una.
—No estaba programada.
—Para cuando tu sistema necesite una emergencia.
—Las emergencias no se gestionan con cerveza.
—Las mías a veces sí.
Le devolví las dos.
—Entonces las necesitas más que yo.
Pedro sostuvo la bolsa. Durante un instante pareció que iba a responder algo cortante. No lo hizo.
—Trabajo en el Café NiL —dijo—. Hans-Sachs-Straße. Por si tu mapa de cosas raras necesita un punto fijo.
—Ya lo sabía.
—Claro que lo sabías.
—Me lo dijiste en el despacho.
—La gente normal lo olvida.
—No soy gente normal.
—No —dijo—. Por suerte.
No había una respuesta evidente. Abrí la puerta. El aire del descansillo entró frío, con olor a piedra, ascensor y detergente comunitario. Pedro se puso la cazadora. El cuero crujió sobre sus hombros. El Melqart desapareció un segundo bajo el cuello y luego volvió a caer en su sitio.
—Gracias por no darme la charla —dijo.
—¿Sobre qué tema?
—Sobre todos.
—No tenía una charla preparada.
—Lo sé. Eso es lo raro.
Ajustó el dossier bajo el brazo.
—Mañana te mando los horarios de Lindemann.
—Necesito fuentes.
—Te mando lo que tengo.
—Necesito distinguir datos de sospechas.
—Ya. Tú necesitas distinguirlo todo.
—Sí.
Pedro bajó un escalón. Después se detuvo.
—Y, Schneider.
—Sí.
—No soy tu candidato.
—Ya lo he establecido.
—Bien.
Pero no sonó a rechazo. Sonó a recordatorio. Para mí o para él, no pude determinarlo.
Se marchó por la escalera en lugar de usar el ascensor. Sus botas descendieron con ritmo irregular hasta que el sonido desapareció detrás de la puerta del portal. Cerré la mía a las 20:29.
El apartamento no recuperó de inmediato su configuración previa.
La mesa tenía dos platos usados, una mancha mínima de curry junto al borde del mantel y una servilleta de Pedro doblada de forma incorrecta.
En el aire quedaban albaricoque, especias y tabaco de liar.
El sofá estaba limpio, pero recordaba la cazadora.
Esa formulación era inaceptable: los sofás no recuerdan.
Las personas sí proyectan memoria sobre superficies.
Llevé los platos a la cocina.
Vasos. Cubiertos. Platos. Fuente. Olla. Encimera.
El orden funcionaba. Siempre funcionaba.
Pero aquella noche el orden no redujo todos los estímulos.
Al pasar el paño sobre la mesa, advertí que el retraso de seis minutos no había producido deterioro significativo del sistema.
La cena había sido completada. La muestra, tomada.
El mapa, iniciado. Pedro, alimentado. Pedro, no sermoneado.
Pedro, fuera de mi apartamento, pero todavía presente en forma de olor residual y línea de bolígrafo fuera de margen.
A las 20:47 abrí el calendario semanal.
Viernes, 16:00 a 18:00: análisis bibliográfico. Sábado, 10:00 a 12:00: entrenamiento karate. Sábado, 12:30 a 13:20: comida estandarizada. Sábado, 13:30 a 15:30: revisión Plan M.
Miré el bloque “revisión Plan M”.
Lo arrastré al domingo.
En su lugar escribí: “Proyecto Padre: rutas de acceso a muestras. Prioridad Lindemann.”
El sistema no se rompió.
Esa fue la parte extraña.
Tampoco se sintió como una concesión. Se sintió como si el calendario hubiera contenido, desde antes, un espacio mal etiquetado. Como si la semana hubiera estado esperando una variable que todavía no tenía nombre correcto.
Guardé el archivo.
Después abrí la ventana de la cocina durante exactamente cuatro minutos para ventilar el tabaco de liar.
A los dos minutos y treinta segundos, pensé en cerrarla.
No lo hice.