EL PLAN M (M DE MARIDO) V La cena del pollo albaricoque #3
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V La cena del pollo albaricoque #3

Pedro me miró por encima del vaso de agua. La luz de la cocina le marcaba los pómulos de forma demasiado nítida. Bajo esa iluminación, su palidez no parecía debilidad; parecía contraste. La asociación era irrelevante y la descarté con retraso.

—Los sojas son esos tíos que hablan como Emma quiere que hablen —dijo—. Siempre pidiendo perdón por ocupar espacio, siempre con discursos reciclados, siempre explicándote lo sanos que son sus vínculos mientras te controlan con una sonrisa de taller inclusivo.

—La descripción no permite inferir relación con productos derivados de Glycine max.

—La soja es lo de menos.

—Entonces el término es engañoso.

—Todos los términos buenos lo son un poco.

—No.

Pedro sostuvo mi mirada un segundo más de lo habitual. Luego, en vez de atacar, comió otra porción de pollo.

—Tú no haces eso —dijo.

—¿Consumir soja?

—Controlar con sonrisa.

—No dispongo de sonrisa inclusiva. Ya lo establecimos.

—Exacto. Tú dices cosas desagradables directamente. Es casi relajante.

La palabra “relajante” aplicada a mí era estadísticamente infrecuente. En mi registro informal, las categorías más habituales habían sido “intenso”, “agotador”, “raro”, “demasiado”, “literal” y “por favor, no ahora”. Relajante no constaba.

—No intento decir cosas desagradables —dije.

—Eso es lo que lo hace soportable.

La frase dejó de ser banter durante un instante.

Para evitar una expansión emocional no solicitada, levanté la fuente.

—¿Quieres más pollo?

Pedro extendió el plato. Al pasarle la fuente, su mano derecha se cerró sobre el borde de porcelana al mismo tiempo que la mía.

El contacto fue mínimo: el lateral de su índice contra mi pulgar.

Temperatura superior a la esperada, piel seca, presión estable.

No retiró la mano inmediatamente. Yo tampoco, porque una retirada rápida podía desestabilizar la fuente y derramar salsa sobre el mantel.

La duración objetiva fue inferior a dos segundos.

La duración percibida fue mayor, lo cual indica que la atención modifica la experiencia temporal.

Mi frecuencia cardíaca aumentó. La explicación más plausible era la combinación de comida especiada, exigencia motora de sostener peso caliente y proximidad de un objeto metálico —el colgante— dentro del campo visual.

Otra posibilidad era una reacción a la piel de Pedro.

La descarté por falta de datos comparativos.

—¿Vas a soltarla? —preguntó.

—Sí.

Solté.

Él dejó la fuente en la mesa con cuidado inesperado.

—No se ha roto tu mundo.

—No he dicho que fuera a romperse.

—Lo has pensado con la cara.

—Mi cara no formula hipótesis independientes.

—Tu cara tiene un doctorado.

La frase era absurda. Casi sonreí. No lo hice por control muscular o por falta de práctica; no pude determinarlo.

Pedro se sirvió más arroz, ahora con una proporción razonable de salsa. Aprendía rápido cuando quería. Esa observación era útil para el Proyecto Padre: podría seguir procedimientos si entendía su finalidad.

—Háblame de la lista —dijo.

—Después de comer.

—No soy un niño.

—Precisamente. Un adulto puede esperar nueve minutos.

—Qué obsesión con hacerme esperar para demostrar que mando menos.

Dejé el tenedor.

—No intento demostrar jerarquía.

—Todos los hombres mayores dicen eso justo antes de explicarte cómo vivir.

—No soy todos los hombres mayores.

—No. Tú eres una subespecie rara.

—La especiación requiere aislamiento reproductivo.

—Eres imposible.

—Soy específico.

Pedro bajó la mirada al plato. Movió un trozo de albaricoque con el tenedor. La agresividad de su mandíbula volvió, pero ahora no apuntaba a mí con precisión. Parecía haber encontrado otra superficie.

—Felipe también era específico —dijo—. Con horarios, gimnasio, disciplina, comidas, normas. Todo tenía sitio. Todo menos yo.

No respondí.

A veces la respuesta más eficiente es no ocupar el espacio que la otra persona acaba de abrir.

Pedro tragó, aunque no tenía comida en la boca.

—Después de lo de mi madre, compró cosas.

Zapatillas, consolas, una bicicleta ridícula que no podía usar porque me daba miedo cruzar la calle.

Cosas. Nadine ahora diría que eran formas torpes de cuidado atravesadas por el patriarcado y el trauma.

Felipe entonces decía: “No me vengas con dramas, tienes todo lo que necesitas”.

El nombre doble era inestable en su discurso. Felipe para el pasado. Nadine para la reformulación. Esa división no era casual.

—Las necesidades materiales y las afectivas no son equivalentes —dije.

Pedro levantó la vista.

—No me digas.

No era sarcasmo puro. Era defensa contra la posibilidad de haber sido entendido.

—Un suministro material puede reducir ciertos riesgos, pero no sustituye presencia, reparación ni reconocimiento.

La mano de Pedro se tensó alrededor del tenedor.

—¿Eso lo sacaste de un manual?

—No.

—¿De dónde?

No lo sabía con exactitud. De observaciones. De Nicole dejando una segunda silla en mi apartamento anterior. De mi madre preguntando si necesitaba algo y retirándose cuando yo respondía con una lista demasiado concreta. De personas que ofrecían objetos porque no sabían permanecer.

—De datos longitudinales —dije.

Pedro soltó una risa sin alegría.

—Claro. Datos.

—Sí.

—Mi madre se llamaba Sandra. No “muestra materna”. No “fuente genética”. Sandra.

—Lo sé.

—No lo sabes.

—Conozco su nombre. No conozco a la persona.

La precisión pareció frenarlo.

Apretó los labios. Después dejó el tenedor sobre el plato, alineado de forma accidental con el borde. No correcta, pero cercana.

—Murió cuando yo tenía diez años. Coche.

Felipe conducía. Dos años después, un día cualquiera, me soltó que no era mi padre.

Como quien te dice que ha caducado la leche.

Luego se metió en el gimnasio, en la abstinencia, en las pesas, en su puta redención.

Y ahora Nadine. Todo muy valiente, todo muy deconstruido, todo el mundo aplaudiendo. Pero yo sigo sin saber de dónde salí.

El comedor quedó quieto.

El frío presionó los cristales. En la cocina, la olla enfriándose emitió un chasquido metálico. Pedro no me miraba. Miraba el mantel, quizá porque el mantel no le exigía expresión facial.

Había muchas respuestas posibles y casi todas eran malas.

Emma habría convertido aquello en un campo de batalla ideológico.

Anna habría preguntado cómo lo había vivido.

Yo no era Emma ni Anna. Tampoco era terapeuta.

Era biólogo. Y Pedro había acudido a mí porque, aparentemente, necesitaba a alguien que no le explicara su dolor en el idioma de otra persona.

—Podemos diseñar una ruta de búsqueda —dije—. No garantiza resultado. Pero reducirá ignorancia.

Pedro cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, la hostilidad no había desaparecido. Estaba más abajo. Cansada.

—Eso me sirve.

—Bien.

—Y no me des sermones sobre Nadine.

—No tengo sermón.

—Todo el mundo tiene.

—Yo tengo preguntas.

Pedro me miró. La luz de la cocina le daba en las gafas, ocultando parcialmente sus ojos. El Melqart estaba inmóvil.

—Eso es peor.

—No necesariamente. Las preguntas pueden ordenarse.

—Tú ordenarías un incendio.

—Solo si hubiera acceso seguro al plano del edificio.

La risa le salió antes de poder impedirlo. Breve. Rota en el borde. Pero real.

Volví a tomar el tenedor.

—Come. Necesitas energía antes de revisar candidatos.

—¿Eso es cuidado o logística?

La diferencia existía. No supe cuál correspondía. Elegí la respuesta más segura.

—Ambas categorías pueden coexistir.

Pedro no respondió. Pero comió.

Y durante los siguientes minutos, el desorden de sus botas bajo la mesa dejó de parecer una infracción y empezó a parecer una variable que el sistema podía contener sin colapsar.

Pedro terminó su segunda ración a las 20:03.

Eso dejaba cincuenta y siete minutos antes del inicio declarado de su turno en el Café NiL y diecisiete minutos antes de la hora óptima de salida si deseaba llegar con margen razonable al Glockenbachviertel.

Según el cálculo de desplazamiento, desde mi apartamento hasta Hans-Sachs-Straße eran veintidós minutos en transporte público si la conexión funcionaba sin retrasos, veintinueve si el tranvía acumulaba tráfico, treinta y seis si decidía caminar desde Sendlinger Tor por razones que aún no comprendía pero que, según su patrón general, no podían descartarse.

Pedro dejó el tenedor en el plato sin alinearlo.

No era una infracción grave. Solo una señal.

—No me mires así —dijo.

—No he emitido juicio verbal.

—Tu silencio lleva bata.

—No poseo bata en casa.

—Exacto. La has dejado dentro de tu cabeza.

Levanté los platos para retirarlos. Pedro intentó coger el suyo, pero lo hizo después de que yo hubiera iniciado el movimiento. Sus dedos rozaron el borde de la porcelana y luego se apartaron.

—Puedo ayudar —dijo.

—Sí.

Se quedó inmóvil.

—Eso era cuando tú dices: “No, tranquilo, eres invitado”.

—Pero puedes ayudar.

Pedro me miró como si hubiera violado una regla secreta de hospitalidad.

Las reglas secretas son la causa principal del deterioro social.

Si una persona ofrece ayuda y otra la rechaza por cortesía, ambas participan en una simulación de baja productividad.

Si una persona ofrece ayuda sin querer ayudar, la mentira debería recaer sobre quien la emite, no sobre quien acepta.

—Vale —dijo—. Dame algo.

Le entregué los vasos.

—Fregadero. Zona izquierda. No los pongas dentro. Solo al lado.

—Cristalería en cuarentena. Entendido.

—No es cuarentena. Es secuencia.

Pedro llevó los vasos a la cocina. Sus botas produjeron un sonido pesado sobre el suelo limpio. Al colocar los vasos, uno quedó demasiado cerca del borde. Lo corregí antes de que pudiera caer. Pedro observó el movimiento.

—¿Sabes que podrías dejar que algo casi se rompa sin intervenir?

—Sí.

—¿Y?

—No deseo practicarlo.

No respondió. Tomó la botella de cerveza que aún no habíamos abierto y la sostuvo contra la luz de la cocina.

—¿Sigue prohibida?