V La cena del pollo albaricoque #2
Pedro sacó dos botellas. Oscuras. Etiquetas artesanales con tipografía ilegible. Las dejó sobre la mesa, rompiendo la simetría del espacio. Una de ellas produjo un círculo húmedo casi inmediato sobre la madera.
Coloqué un posavasos debajo.
—Rápido —dijo.
—Preventivo.
—Obsesivo.
—También.
La palabra salió sin planificación. Pedro levantó la vista.
Durante un instante pareció que esperaba que yo retirara la admisión, que la amortiguara o la cubriera con una explicación defensiva.
No lo hice. No había nada que cubrir. La obsesividad, en dosis funcionales, había evitado derrames, pérdidas de muestras y errores bibliográficos.
Pedro bajó la mirada hacia el posavasos.
—Vale —dijo, más bajo—. Preventivo, entonces.
La reducción de hostilidad fue mínima. Suficiente para registrarla.
Le entregué el formulario de consentimiento.
—Lee esto y firma al final.
—¿Consentimiento para que me raspes la mejilla, no para casarme con el régimen alimentario del jueves?
—Correcto.
—Porque hay precedentes de formularios tuyos que cambian la vida.
—El Plan M no cambia vidas si no se completa.
—Eso explica mucho.
Leyó de pie. A pesar de tener una silla a dos metros, permaneció apoyado contra el respaldo del sofá, justo donde había arrojado la cazadora.
Su postura era informal solo en apariencia.
Los hombros estaban tensos, la mandíbula controlada, el pulgar frotando el borde de la hoja.
La hostilidad de Pedro no era expansión; era vigilancia.
Firmó.
—Tu consentimiento es legible —dije.
—Mi madre me enseñó caligrafía. Antes de que el mundo decidiera volverse gilipollas.
La frase apareció y desapareció rápido. Como si hubiera abierto una puerta por accidente y la hubiera cerrado de golpe. No pregunté por Sandra. Todavía. El pollo podía mantenerse ocho minutos más. La muestra bucal requería prioridad.
Me puse los guantes.
Pedro observó el gesto.
—Esto se está poniendo íntimo, Schneider.
—Es una toma de muestra epitelial.
—Lo dicho.
La temperatura del apartamento era de diecinueve grados.
Sin embargo, al acercarme con el hisopo, registré un incremento de mi frecuencia cardíaca.
No había amenaza física. Pedro estaba quieto.
El procedimiento era sencillo. La explicación más probable era una respuesta anticipatoria a la invasión de espacio interpersonal.
También era posible que el curry hubiera elevado mi temperatura corporal periférica. Todavía no había comido curry.
—Abre la boca —dije.
Pedro sonrió con una lentitud peligrosa.
—Ni una copa primero.
—La cerveza está excluida antes de la muestra.
—Eres inexpugnable.
—No. Solo secuencial.
Abrió la boca.
La toma duró veinte segundos en la mejilla derecha y veinte en la izquierda.
Pedro soportó el procedimiento sin moverse, salvo por un leve cierre de ojos en el segundo hisopo.
No era dolor. Era tolerancia forzada. Al retirar el instrumento, el colgante rozó mi muñeca enguantada.
Metal frío contra nitrilo. Una interferencia mínima.
Suficiente para que yo perdiera medio segundo al introducir el hisopo en el tubo.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí.
—Has parado.
—El colgante ha tocado el guante.
Pedro bajó la vista.
—Melqart bendiciendo la muestra.
—La bendición no modifica el ADN.
—Nunca te han invitado a muchas fiestas, ¿verdad?
—No recientemente.
La respuesta pareció afectarle de una manera no prevista. Su sonrisa se apagó, pero no por aburrimiento. Más bien por cálculo de daño. Había golpeado una zona que no sabía que estaba ahí.
—Era una broma —dijo.
—Lo he supuesto.
Sellé el tubo y escribí: PEDRO MONTOYA. MUESTRA BUCAL. 18:48.
Pedro miró la etiqueta.
—Ya está. Oficialmente soy saliva con botas.
—También eres cabello, sangre, piel, hueso, microbioma, memoria autobiográfica y conducta observable.
—Qué romántico.
—No era romántico.
—Eso también explica mucho.
La olla emitió un sonido de burbujeo más denso.
Fui a la cocina y bajé el fuego. Pedro me siguió sin invitación, invadiendo el límite entre salón y cocina.
No tocó nada, pero su presencia alteró el espacio.
Las botas sobre el suelo limpio. Las roturas de la camiseta bajo la luz blanca.
La plata del Melqart. El olor a tabaco desplazado ahora por albaricoque, curry y vapor de arroz.
—Puedes sentarte en el comedor —dije.
—Prefiero mirar.
—Mirar no mejora la comida.
—A mí sí.
No respondí porque estaba retirando el arroz del fuego. El grano había quedado suelto, sin exceso de humedad. La salsa presentaba brillo adecuado. Los cubiertos, desde el comedor, tintinearon levemente cuando un tranvía pasó por la calle y vibró el suelo.
Pedro miró la mesa.
—Has puesto mantel.
—Sí.
—Para una sesión técnico-logística.
—El mantel protege la superficie y reduce sonido de platos.
—Claro.
Se apoyó en el marco de la puerta. No había arrojado nada más, no había fumado, no había tocado mis gafas ni abierto armarios. Aun así, mi apartamento parecía menos mío que veinte minutos antes.
Serví el pollo.
Serví primero a Pedro porque era el invitado y porque, si le permitía servirse a sí mismo, la distribución entre arroz, pollo y verduras quedaría sujeta a preferencias no verificadas.
—No tienes que pesarme la cena como si fuera pienso premium —dijo.
—Ya está pesada.
—Eso no mejora la frase.
—La mejora en términos nutricionales.
Pedro se sentó en la silla orientada hacia la cocina, no en la que yo había considerado óptima para él.
La silla óptima le habría permitido apoyar la espalda contra la pared y reducir su vigilancia periférica.
Eligió la contraria, quizá por desconocimiento del sistema o quizá porque las personas que desconfían de las estructuras ajenas evitan cualquier posición sugerida por ellas.
Sus botas quedaron abiertas bajo la mesa, una a cada lado de la pata central, alterando la simetría visual del mantel de lino gris.
No lo corregí. Corregir botas durante una primera cena técnico-logística habría aumentado la probabilidad de abandono prematuro en un 31% estimado.
Coloqué la fuente de pollo en el centro de la mesa.
Pedro miró el plato, luego los cubiertos, luego el vaso de agua.
—¿Hay instrucciones?
—Sí. La salsa está caliente. El arroz absorbe líquido con rapidez. Conviene empezar antes de que pierda textura.
—Me refería a si tengo que pedir permiso para masticar.
—No.
—Bien. Primera victoria de la noche.
Cortó un trozo de pollo con el lateral del tenedor. La técnica era deficiente, pero eficaz. Lo probó sin entusiasmo visible. Después bajó la mirada al plato.
—Está bueno.
La frase fue breve. No llevaba sarcasmo. Generó una microinterrupción en mi secuencia de observación.
—La proporción de albaricoque y curry es estable —dije.
—Podrías haber dicho gracias.
—Gracias.
—Ahora suena como si te lo hubiera extraído con fórceps.
—Los fórceps no se usan para extraer agradecimientos.
—Leon.
Era la primera vez que usaba mi nombre sin apellido ni título. No registré una respuesta emocional. Registré un cambio en el canal de comunicación.
—Sí.
—Come.
Obedecí porque la instrucción coincidía con el protocolo.
Durante cuarenta y dos segundos comimos sin hablar.
El silencio no era incómodo en términos acústicos.
El tintineo de los cubiertos contra la porcelana, el murmullo bajo de la calefacción y el viento otoñal contra los cristales componían una estructura tolerable.
Pedro comía más deprisa de lo recomendable, pero no con descuido total.
Parecía una persona acostumbrada a ingerir alimentos entre interrupciones: turnos, clientes, mensajes, horarios que no le pertenecían.
—Entonces —dijo—. ¿Siempre haces esto?
—¿Comer?
—Automatizar la cena como si fuera una cadena de montaje para hombres con abdominales tristes.
—Mis abdominales no tienen estado afectivo.
Pedro sonrió con la boca llena. Tragó antes de hablar, lo cual fue positivo.
—El rey de los sojas automatizados. Menú semanal, Gore-Tex colgada, arroz en gramos. Te falta una app que te felicite por no sentir nada.
—Las aplicaciones de seguimiento emocional tienen baja fiabilidad si dependen de autoinforme subjetivo.
—Dios.
—Tampoco sería una solución.
—¿Nunca te cansas de contestar en serio?
Pensé en la pregunta. Cansarse exigía inversión energética. Responder con precisión no la aumentaba de forma significativa; de hecho, reducía la necesidad de correcciones futuras.
—Me cansa más interpretar si una persona espera una respuesta real o un ritual verbal.
Pedro dejó el tenedor suspendido a medio camino.
—Eso ha sido casi una frase humana.
—Todas mis frases son humanas. Soy humano.
—No discutamos eso todavía.
La hostilidad seguía, pero se había vuelto menos cortante. Más lúdica. Esa palabra era peligrosa porque sugería placer. La sustituí por “menos defensiva”.
—El Sistema de Comidas Estandarizadas reduce la carga cognitiva semanal —dije—. Si todos los martes, jueves y sábados sé qué comprar, qué cocinar y qué cantidad ingerir, libero recursos ejecutivos para investigación, docencia, entrenamiento y mantenimiento doméstico.
—O para diseñar formularios que espantan hombres.
—Eso ocurrió en sábado. No depende del sistema de comidas.
—Depende de todo el paquete, Schneider.
Volvía al apellido. Repliegue.
—El paquete no está en evaluación. Tú no eres candidato.
—Me tranquiliza, porque creo que habría fallado en “sabe sentarse sin contaminar el sofá”.
—Eso ya lo has fallado.
Pedro rio, esta vez con un sonido breve y grave que no intentó ocultar. El Melqart se movió contra su pecho cuando se inclinó hacia la fuente.
—Al menos soy consistente.
—La consistencia es valiosa si no se aplica a conductas dañinas.
—Como fumar.
—Correcto.
—Como llegar tarde.
—Correcto.
—Como llamar sojas a los sojas.
—Eso requiere definición.
—No, eso requiere ojos.
—Los ojos no bastan para construir una categoría fiable.