EL PLAN M (M DE MARIDO) V La cena del pollo albaricoque
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V La cena del pollo albaricoque

La cantidad correspondía a dos raciones moderadas, ajustadas por la presencia del pollo al albaricoque, salsa de curry y la probabilidad de que Pedro Montoya no hubiera comido de forma adecuada durante el día.

No disponía de datos confirmados sobre su ingesta calórica, pero los estudiantes de doctorado con turnos nocturnos en bares presentan patrones alimentarios irregulares, elevada dependencia de cafeína y tendencia a considerar una porción de patatas fritas como cena si el recipiente es suficientemente grande.

Coloqué el cuenco sobre la balanza digital, esperé a que la pantalla regresara a cero y añadí cinco gramos más. Ciento cuarenta y cinco. Retiré tres. Ciento cuarenta y dos. Retiré dos.

Ciento cuarenta.

La cifra produjo una estabilidad pequeña pero necesaria.

Mi chaqueta Gore-Tex azul estaba colgada en el recibidor, orientada hacia el interior del apartamento para que la superficie reflectante no recibiera luz directa del plafón.

La mesa del comedor había sido preparada a las 17:52: mantel de lino gris, dos platos blancos, dos vasos, dos servilletas dobladas en rectángulo, cubiertos alineados a noventa grados respecto al borde inferior de la mesa.

Había eliminado una tercera silla para evitar la reminiscencia espacial de las cenas con Emma y Anna.

No era una cena social. Era una sesión técnico-logística con alimento simultáneo.

Había programado el temporizador para la llegada de Pedro a las 18:30.

El temporizador no era necesario para recordar la cita. Era necesario para que el apartamento distinguiera entre espera y preparación.

El vapor del pollo empezó a salir de la olla a las 18:21.

La fragancia de albaricoque se mezcló con curry, cebolla pochada y jengibre fresco.

La combinación resultaba más dulce que las cenas estandarizadas habituales.

Había elegido la receta del jueves porque permitía cocinar una cantidad no divisible en porciones individuales sin desperdicio, y porque el albaricoque amortiguaba el picante sin eliminar su utilidad circulatoria.

No había elegido la receta porque Pedro tuviera una tez pálida compatible con baja exposición solar y posibles déficits nutricionales.

Esa asociación apareció después, durante el corte de la cebolla, y fue descartada por especulativa.

Fuera, Múnich presionaba contra los cristales con frío otoñal.

Las ventanas del apartamento emitían una vibración casi imperceptible cada vez que pasaba un tranvía.

El cielo se había oscurecido antes de lo razonable.

En esta época del año, la luz se retiraba con una eficiencia que yo habría apreciado más si no obligara al uso prematuro de iluminación artificial.

A las 18:27 revisé por tercera vez el kit de toma de muestra bucal.

Guantes de nitrilo. Hisopos estériles. Tubos etiquetados.

Bolsa de conservación. Formulario de consentimiento no institucional, redactado por mí, de una página y media.

La expresión “no institucional” no debía interpretarse como “ilegal”.

Significaba que no pertenecía a un estudio aprobado por la LMU y que su finalidad era privada, exploratoria y no diagnóstica.

Había incluido una cláusula que especificaba que los resultados no tendrían valor jurídico ni debían usarse para confrontar a terceros sin asesoría legal.

Pedro probablemente se burlaría del formulario. Eso no afectaba a su necesidad.

A las 18:30 sonó el temporizador.

Pedro no.

Detuve la alarma y miré el reloj de pared.

18:30:07.

La desviación inicial era mínima. No debía interpretarse como incumplimiento. Las personas no son trenes, aunque muchas se beneficiarían de comprender los principios básicos de una red ferroviaria.

A las 18:31 envié un mensaje: “¿Ubicación actual?”

No respondí con “¿vas a llegar tarde?” porque la respuesta ya era sí si tomábamos como referencia la hora acordada. La pregunta útil era ubicación.

A las 18:32 apareció el doble check. A las 18:33, ningún texto.

A las 18:34, el pollo alcanzó la temperatura interna adecuada.

Reduje el fuego. El curry toleraba una ventana de conservación de diez a doce minutos sin degradación grave, siempre que no se espesara la salsa en exceso.

El arroz, en cambio, era menos flexible.

A las 18:35 recibí la respuesta.

“Abajo. El portal tiene más botones que un puto avión soviético.”

La comparación histórica era dudosa, pero confirmaba proximidad.

Apreté el botón de apertura del portal. Después abrí la puerta del apartamento y esperé en el umbral.

No en el descansillo. El descansillo pertenecía al edificio, no a mi sistema doméstico.

Desde allí podía ver el ascensor y oír el mecanismo subir con lentitud hidráulica.

En la pared opuesta, la vecina del cuarto había colocado una corona decorativa de hojas falsas.

Era octubre. Las hojas falsas no caen, no cambian, no se descomponen.

Imitan un proceso biológico sin aceptar sus consecuencias.

Me parecían moralmente discutibles, aunque no lo había comunicado en ninguna reunión de propietarios.

El ascensor se abrió a las 18:36.

Pedro salió con una cazadora de cuero negra, más pesada que la del despacho, botas militares y una camiseta rota en el cuello de manera probablemente deliberada.

Llevaba el dossier bajo el brazo y una bolsa de papel en la mano derecha.

El colgante de Melqart descansaba sobre el pecho, visible contra la tela negra.

Su cabello estaba más desordenado que en la universidad, o la luz del pasillo lo mostraba con mayor honestidad estructural.

Olía a tabaco de liar, aire frío y lluvia antigua.

—Seis minutos —dije.

—Buenas tardes a ti también.

—Has llegado seis minutos tarde.

—Técnicamente estaba en el edificio.

—El punto de medición era la entrada al apartamento.

—Eso no lo especificaste en el contrato de transporte humano.

—No había contrato.

—Pues entonces gano.

No había ganado. Pero la discusión consumiría más de seis minutos si la abordábamos de forma completa.

—Entra —dije.

Pedro cruzó el umbral y se detuvo un segundo.

Su mirada recorrió el recibidor, el perchero, la chaqueta Gore-Tex, el mueble estrecho con bandeja para llaves, el suelo limpio, la línea exacta entre la alfombrilla y la madera.

Las personas suelen observar los apartamentos ajenos en busca de información íntima.

En el mío, la información íntima era precisamente la ausencia de objetos innecesarios.

—Joder —dijo—. Vives dentro de una instrucción de montaje.

—El mobiliario es funcional.

—Eso no lo mejora.

—Sí lo mejora.

Cerré la puerta.

—Puedes dejar la cazadora en el perchero.

Pedro miró el perchero. Luego miró el sofá del salón, visible desde la entrada. Antes de que pudiera intervenir, caminó hacia él y arrojó la cazadora de cuero sobre el respaldo.

El impacto fue blando pero extenso.

La cazadora quedó abierta, ocupando la mitad del sofá y alterando la geometría limpia de los cojines grises.

Además, la superficie exterior había estado expuesta a contaminación urbana, lluvia, humo y contactos no verificables en transporte público.

El sofá no estaba preparado para recibir ropa exterior de procedencia callejera.

—La cazadora debe ir en el perchero —dije.

—Ya está cómoda ahí.

—La comodidad de la cazadora no es una variable.

—Para ti no. Para ella, quizá sí.

—La cazadora no tiene sistema nervioso.

Pedro se volvió hacia mí con una sonrisa mínima.

—Me tranquiliza que hayas comprobado eso.

Me acerqué al sofá, levanté la cazadora con dos dedos por el cuello y la trasladé al perchero.

Pesaba más de lo esperado. El cuero estaba frío y retuvo un olor denso a tabaco, lluvia y metal.

Al colgarla, observé que el forro interior tenía un desgarro pequeño cerca de la axila.

Una persona organizada lo habría reparado. Pedro no era una persona organizada.

Sin la cazadora, su camiseta negra mostraba roturas calculadas en el hombro izquierdo y junto al abdomen.

No eran daños por uso. Eran decisiones estéticas.

Las decisiones estéticas que simulan deterioro me resultan difíciles de justificar: obligan a la ropa a comunicar una historia falsa de desgaste.

Sin embargo, en Pedro la falsedad funcionaba como advertencia.

No me toques. No me arregles. No me preguntes si estoy bien.

Todo eso podía deducirse sin que él lo dijera.

El colgante de Melqart quedó más visible.

Aparté la mirada y señalé la mesa auxiliar.

—Deja el dossier ahí. Primero tomaremos la muestra bucal. Después cenaremos. Después revisaremos la lista de candidatos.

—¿Primero me metes un palo en la boca y luego me alimentas? Tu sentido de la hospitalidad es medieval.

—El hisopo no es un palo. Es un instrumento estéril de recolección celular. Y conviene tomar la muestra antes de comer para evitar contaminación.

—Podías haberlo dicho así desde el principio.

—Acabo de decirlo así.

—No. Primero sonó a secuestro con curry.

El olor del curry se había intensificado. El vapor avanzaba desde la cocina hacia el salón, transportando albaricoque caliente y especias. Pedro inclinó la cabeza, como si el aroma hubiera interrumpido su línea de ataque.

—¿Qué es eso?

—Pollo al albaricoque con curry. Arroz basmati. Verduras salteadas.

—¿Siempre hablas como un menú de hospital caro?

—Los hospitales no suelen servir albaricoque correctamente.

Pedro dejó la bolsa de papel sobre la mesa de centro.

—He traído cerveza.

Miré la bolsa.

—No estaba programada.

—Lo supuse.

—Entonces ¿por qué la has traído?

—Porque no sabía si en tu casa se permite el placer improvisado.

—Se permite dentro de límites compatibles con sueño, metabolismo y función del hígado.

—Eso es un no con bibliografía.

—Es un no condicional.