IV La variable exógena #4
—El acceso a cajones no es recomendable si implica invasión de propiedad.
—Schneider, vengo a pedirte ADN clandestino. No finjas que estás dando catequesis legal.
—Estoy delimitando riesgos. Clandestino no significa caótico.
Pedro se quedó mirándome.
—Esa frase la quiero en una camiseta.
—No sería apropiada en una camiseta. Podría interpretarse como apología de prácticas ilícitas.
—Era una broma.
—Lo he procesado con retraso.
Se inclinó más para sacar otra hoja del dossier.
Esta estaba doblada en cuatro partes. La desdobló sobre el escritorio y, al alisarla, su mano rozó la regla metálica.
Mi mano se movió hacia la regla antes de que yo lo decidiera.
No llegué a tocarlo. Tampoco él retrocedió.
Durante menos de un segundo, sus dedos quedaron a seis centímetros de los míos.
Piel pálida, nudillos marcados, uñas mordidas.
El olor a tabaco era más fuerte a esa distancia, pero también lo era el cuero de la chaqueta y algo limpio debajo, jabón quizá. No colonia.
Retiré la mano.
—Esta es la lista —dijo.
La hoja contenía nueve nombres principales, cinco secundarios y tres tachados. Había anotaciones laterales: “Cardio?”, “graduación Sandra”, “foto fiesta”, “Emma dice imbécil”, “posible muerto”, “casado con dermatóloga”. La estructura era mala. La persistencia, notable.
—¿Quién elaboró esta lista?
—Yo.
—¿Con qué criterio?
—Fotos, archivos de promoción, nombres que escuché en casa, cosas que mi madre dejó en libretas, comentarios de Felipe cuando bebía antes de dejarlo.
—Eso no es un criterio único.
—No soy un laboratorio con patas. Hice lo que pude.
La frase no pedía consuelo. Pedía que no lo invalidara.
—El conjunto es heterogéneo, pero utilizable como punto de partida —dije.
Pedro abrió la boca, quizá para responder con sarcasmo, pero no lo hizo. La cerró despacio. La postura de sus hombros bajó dos milímetros.
—Utilizable —repitió.
—Sí.
—Emma dijo que me dirías que era una locura.
—Emma predice reacciones ajenas con precisión variable y sesgo alto.
—Me dijo que vendría bien un hombre obsesivo sin imaginación moral.
—Eso no es un cumplido.
—En Emma casi nada lo es.
Tomé la lista y empecé a clasificar. Nombres completos a la izquierda.
Fechas posibles en columna central. Estado vital, si constaba.
Probabilidad de acceso a muestra. Riesgo ético.
Riesgo institucional. Viabilidad. Pedro miraba el proceso con una concentración distinta a la hostilidad inicial.
No corregía. No interrumpía. Solo seguía la línea del bolígrafo como si cada trazo redujera una parte del ruido.
—No puedo identificar a tu padre con una muestra tuya y una lista —dije—. Necesitamos comparación. Lo más eficiente sería convencer a los candidatos de proporcionar ADN.
Pedro se rio sin sonido.
—Sí. Claro. “Buenos días, doctor, ¿podría escupir aquí por si dejó embarazada a mi madre en el 2001?”
—La formulación debe mejorarse.
—Gracias.
—Podría plantearse como estudio genético voluntario sobre cohortes médicas históricas, pero requeriría comité de ética. Emma tendría acceso indirecto. Eso no conviene si el proyecto debe permanecer discreto.
—No quiero a Emma dentro de esto.
—Ya está dentro parcialmente.
—Quiero a Emma fuera de esto.
La diferencia era emocionalmente significativa.
—Entonces el acceso voluntario se reduce.
—Queda lo otro.
—Material biológico abandonado.
—Vasos. Colillas. Pañuelos. Cepillos si alguien es idiota.
—Las colillas introducen contaminación y baja calidad si están degradadas.
—Mira qué pena para mis métodos criminales.
—No he dicho criminales. He dicho problemáticos.
Pedro se reclinó por primera vez. La silla crujió. No parecía cómodo; parecía haber decidido probar una tregua.
—¿Y tú harías eso?
—¿Qué?
—Coger un vaso usado. Analizarlo. Saltarte esa valla de normativas que tienes plantada en medio del cráneo.
La respuesta correcta en términos institucionales era no. La respuesta correcta en términos científicos era depende del objetivo, del consentimiento, del daño, de la custodia, de la legalidad y de si el resultado se usaría con consecuencias jurídicas. La respuesta real no estaba todavía formada.
—Analizaría primero la viabilidad científica —dije.
—Eso no responde.
—Es la respuesta disponible.
Pedro asintió una vez. No satisfecho. Tampoco decepcionado.
—Vale.
La palabra no era el “vale” de Mehmet, el que cerraba una puerta. Este dejaba la puerta mal cerrada, apoyada, acústicamente irritante, pero abierta.
Me levanté para sacar una carpeta limpia.
Elegí una verde oscuro. No era el color óptimo para genética, pero el azul estaba asignado al Plan M, el rojo a exclusiones graves, el amarillo a datos no concluyentes y el naranja a incompatibilidades con aprendizaje.
Verde oscuro podía servir para “filiación / privado / alta sensibilidad”.
Escribí en la pestaña: PROYECTO PADRE — PEDRO MONTOYA.
Pedro observó la carpeta.
—Qué rápido adoptas hijos administrativos.
—No eres mi hijo.
—Gracias por aclararlo.
—Además, eres adulto.
—Y gay. Por si tu cuestionario necesita actualizarse.
—El cuestionario ya contempla hombres adultos interesados en relación estable con otro hombre adulto.
—Pues conmigo se estrella en la primera curva.
—Ya he establecido tu inelegibilidad.
—Lo dices como si me hubieran expulsado de una secta de yogures biológicos.
—No es una secta.
—Los yogures sí están, seguro.
—Consumo yogur griego natural los miércoles y sábados.
Pedro sonrió. No una sonrisa completa. Solo una alteración lateral de la boca. Pero no contenía filo.
El despacho cambió de presión.
No físicamente. La presión atmosférica era constante. Pero la conversación dejó de operar como un combate en línea recta y pasó a una estructura más compleja: ataque, corrección, dato, pausa, microajuste. Era ineficiente. También era absorbente.
—Necesito tu disponibilidad horaria —dije.
Pedro recuperó la defensa al instante.
—Trabajo en el Café NiL. No tengo una vida de funcionario con bloques de colores.
—Todo el mundo tiene bloques de tiempo. Algunas personas no los representan gráficamente.
—Turnos nocturnos. Doctorado por la mañana cuando no estoy muerto. Siesta cuando el mundo me deja. Tabaco cuando no hay académicos oliéndome.
—El tabaco reduce tu elegibilidad relacional y tu capacidad pulmonar.
—Qué tragedia doble.
—Pero no impide tomar una muestra bucal.
—Menos mal que mi boca aún sirve para algo.
La frase tenía doble lectura. La detecté tarde, pero la detecté. No respondí. Pedro pareció notar el retraso y levantó una ceja. La temperatura percibida del despacho aumentó, aunque el termostato no había cambiado. Quizá el sol. Quizá la chaqueta de cuero. Quizá la necesidad de ventilar.
—Podemos reunirnos mañana a las 18:00 —dije—. Necesito un espacio donde pueda revisar la lista completa, diseñar rutas de acceso y tomar tu muestra sin interrupciones institucionales.
—¿Aquí no?
—Aquí Emma puede entrar.
—Cierto. Emma entra en sitios como un tanque con doctorado.
—Mi apartamento es más controlable.
Pedro se quedó quieto.
Demasiado quieto.
—¿Tu apartamento?
—Sí. Tiene superficie adecuada, impresora, escáner, conexión segura, material de toma de muestra y ausencia de personal universitario.
—¿Invitas a todos los inelegibles a casa?
—No.
La respuesta salió demasiado rápida. No era incorrecta. Tampoco estaba contextualizada.
Pedro me miró con una atención que ya no era solo defensiva.
Por primera vez desde que había entrado, pareció considerar no mi utilidad, sino mi intención.
No había intención oculta. Eso debía ser evidente.
Sin embargo, las personas suelen buscar intenciones ocultas incluso cuando la superficie ya contiene suficientes datos.
—Tengo turno a las 21:00 —dijo.
—Entonces 18:30. La sesión durará ciento diez minutos. Te permitirá desplazarte al Café NiL sin retraso si sales a las 20:20.
—Hablas de mi vida como si fuera una conexión de tren.
—Las conexiones de tren son un modelo útil cuando se respetan.
—Yo no respeto trenes.
—Eso no es posible. Los trenes no poseen dignidad.
Pedro bajó la mirada. Esta vez sí se rio.
Breve. Grave. Sin sarcasmo completo.
—Vale, Schneider. Mañana. Dieciocho treinta. Pero si me sacas otra vez el formulario de marido, lo quemo.
—No quemes documentos en mi apartamento.
—Entonces no me lo des.
—No será necesario. Ya eres técnicamente inelegible.
—Me tranquiliza.
Recogió la chaqueta, aunque no se la había quitado.
Reorganizó sus papeles con una rapidez desordenada y dejó una esquina de la lista sobresaliendo.
La corregí antes de que pudiera guardarla.
Nuestros dedos no se tocaron. La proximidad fue suficiente para que el Melqart quedara otra vez en mi campo visual, inmóvil ahora contra su pecho.
—¿Qué? —dijo.
—El colgante estaba torcido.
Pedro bajó la vista, lo enderezó y me miró de una forma que no supe clasificar.
—Eres un peligro rarísimo.
—No soy peligroso.
—No he dicho que lo seas como los otros.
La frase no ofrecía definición. Solo diferenciación.
Se dirigió a la puerta. La abrió. Esta vez se detuvo antes de salir y la empujó hasta que el mecanismo encajó por completo. El clic fue limpio.
Luego se marchó.
El despacho recuperó el olor a papel viejo, cartón y polvo.
Pero no del todo. Había quedado tabaco de liar en el aire, mínimo, persistente, estadísticamente difícil de justificar.
Guardé la carpeta verde oscuro en el cajón superior.
Después saqué la copia del Plan M que Pedro había hojeado.
Presentaba marcas en la esquina y una ligera curvatura donde sus dedos habían presionado.
Según todos los criterios del instrumento, Pedro Montoya era un foco de exclusión casi perfecto: fumador, impuntual probable, hostil, desordenado, ideológicamente abrasivo, invasivo con superficies, enemigo del cuestionario y portador de una chaqueta que probablemente no conocía limpieza en seco desde hacía meses.
Escribí en la libreta:
“Pedro Montoya. Inelegible. Proyecto Padre viable bajo condiciones. Reunión externa: martes 18:30.”
Dejé el bolígrafo.
El destello del Melqart seguía apareciendo en mi memoria con una precisión innecesaria.
Lo clasifiqué como residuo visual post-interacción.
Después añadí una línea:
“Ventilar despacho.”
No lo hice inmediatamente.