IV La variable exógena #3
Pedro no respondió de inmediato.
Sus dedos, apoyados sobre el dossier, dejaron de moverse. Hasta entonces habían estado golpeando el cartón con una secuencia irregular. El silencio duró lo suficiente para volverse perceptible.
—Vaya —dijo al fin—. Eso ha sido… sorprendentemente poco defensivo.
—No había motivo para defenderme. Has formulado una pregunta. Hostil, pero pregunta.
—La mayoría de los tíos se ponen estupendos.
—“Estupendos” es impreciso.
—Morales. Ofendidos. Terapéuticos. Te explican por qué no deberías decir lo que acabas de decir y luego te pasan por encima con una sonrisa inclusiva.
—No dispongo de sonrisa inclusiva.
—Se nota.
El comentario no produjo ofensa. Podía ser incluso favorable. Una sonrisa inclusiva, por definición, suele pertenecer a quien decide incluir. Esa asimetría era sospechosa.
Pedro abrió su dossier y sacó una hoja con nombres.
La dejó sobre el escritorio, invadiendo el cuadrante izquierdo de trabajo, justo sobre el espacio reservado para artículos pendientes de clasificación.
Mi mano se desplazó para corregir la posición, pero me detuve.
La hoja contenía una lista de médicos, fechas, promociones universitarias, anotaciones marginales.
El caos gráfico era alto; la relevancia potencial, también.
—Estos son hombres que pudieron conocer a mi madre —dijo—. Medicina, Múnich, finales de los noventa. Algunos siguen aquí. Algunos están muertos. Algunos deben de estar dando conferencias sobre ética mientras tienen hijos no reconocidos desperdigados por Baviera.
—Esa última afirmación no se deriva de los datos disponibles.
—Todavía.
—Necesitarás muestras comparativas.
—Por eso estoy aquí.
—También necesitarás una muestra tuya.
—Eso ya lo sabía.
—Y consentimiento de los comparados, salvo que uses material biológico abandonado, lo cual abre un problema ético y legal.
Pedro sonrió sin alegría.
—Emma dijo que dirías eso.
—Emma suele anticipar mis objeciones para ignorarlas mejor.
—Me cae fatal, pero ahí tiene talento.
—¿Por qué te ha enviado ella?
Pedro cerró el dossier con la palma. No fuerte, pero sí definitivo.
—Porque es mi directora y porque me debe favores. También porque le divierte meter hombres en habitaciones y ver si se muerden.
—Esa no es una práctica académica regulada.
—Emma no regula. Emma reparte dinamita y luego redacta el acta.
La descripción era metafórica pero funcionalmente adecuada.
Volví a mirar la lista. Nombres, fechas, hospitales.
Si los datos eran correctos, el problema era resoluble en términos técnicos, aunque complejo en términos logísticos.
Marcadores autosómicos, Y-STR si procedía, comparación con candidatos o descendientes masculinos.
Sin embargo, la barrera principal no era científica. Era acceso a muestras.
—El proyecto es viable solo bajo condiciones estrictas —dije.
Pedro se enderezó un poco.
—¿Viable?
—No he dicho fácil.
—No he pedido fácil.
—Has pedido que haga mínimas preguntas. Eso sí será imposible.
—Preguntas técnicas puedo tolerar.
—¿Y preguntas no técnicas?
Su boca volvió a adoptar posición defensiva.
—Depende de si vienes a hacer de padre, de cura o de aliado woke.
—No soy padre. No soy cura. Y “aliado woke” no es una categoría científica.
—Gracias a Dios.
—Ya hemos establecido que no es necesario introducir agentes sobrenaturales.
Esta vez no se rio de inmediato. Primero me miró. Luego la risa apareció, breve, casi contrariada.
—Eres rarísimo.
—Eso se ha indicado previamente.
—No como insulto.
La aclaración llegó demasiado tarde para ser útil y demasiado pronto para ser irrelevante. La anoté mentalmente. Pedro Montoya había emitido una corrección de daño social sin que yo la solicitara. No era disculpa. Era ajuste. Pequeño, pero verificable.
—En cualquier caso —dije—, como candidato al Plan M eres técnicamente inelegible.
Pedro parpadeó.
—¿Perdona?
—Impuntualidad probable, tabaquismo confirmado, rechazo explícito del cuestionario, lenguaje despectivo, alta hostilidad inicial, posible cronotipo nocturno, desorden documental, invasión de superficie de trabajo y baja disposición a protocolos de convivencia.
Durante un segundo pareció que iba a enfadarse. Después sonrió con todos los dientes, sin calidez.
—Qué tragedia. Me has roto el corazón matrimonial.
—No era mi objetivo.
—Menos mal, porque para romper corazones necesitas encontrarlos primero.
La frase era hostil. También defensiva. El tipo de frase que una persona coloca delante de una zona sensible para que nadie pregunte qué hay detrás. No pregunté. Todavía.
—La inelegibilidad relacional no afecta automáticamente a la viabilidad genética de tu solicitud —dije.
—Qué generoso.
—Es una separación de categorías.
—A mí me vale.
Pedro tomó el cuestionario y lo empujó hacia mí con dos dedos.
—Guárdate tu filtro, Schneider. Yo no busco marido. Busco un padre, o lo que quede de uno.
La palabra “padre” ocupó el despacho de una manera distinta a “marido”. Menos abstracta. Menos controlable. El papel viejo, el cartón, la luz en las estanterías, el tabaco, la plata del colgante: todo pareció estabilizarse alrededor de esa palabra con una precisión desagradable.
—Entonces —dije—, necesitaremos definir el Proyecto Padre.
Pedro se quedó inmóvil.
—¿Proyecto Padre?
—Todo proceso complejo requiere denominación operativa.
La tercera carcajada fue distinta. No afilada. No abierta. Casi involuntaria.
—Estás completamente loco.
—No. Estoy organizando.
—Eso es lo que diría un loco muy organizado.
—Posiblemente. Pero también es lo que diría un genetista útil.
Pedro bajó la mirada hacia la lista de nombres.
La postura defensiva no desapareció. Solo cedió un milímetro, como una puerta que no se abre pero deja de hacer presión contra el marco.
—Vale, profesor Schneider —dijo—. Organiza.
Pedro aceptó sentarse a las 9:39.
No lo hizo de forma convencional. Primero examinó la silla como si pudiera contener un dispositivo ideológico oculto.
Después retiró una pila de revistas que no pertenecían a la silla, sino a la mesa auxiliar situada junto a la estantería.
Las revistas estaban allí porque el Departamento de Psicología había decidido que los despachos compartían responsabilidad estética durante las visitas externas, y alguien había distribuido ejemplares de publicaciones institucionales con fotografías de estudiantes sonriendo frente a microscopios que no utilizaban. Pedro las dejó en el suelo.
—No pongas las revistas en el suelo —dije.
—¿Las revistas tienen derechos?
—El suelo tiene polvo.
Pedro soltó una exhalación breve, recogió las revistas y las dejó sobre la mesa auxiliar en un orden distinto al anterior.
El resultado era incorrecto, pero no crítico.
Luego se sentó. Las botas quedaron abiertas hacia fuera, ocupando más espacio del necesario.
Su rodilla derecha se movía con un ritmo irregular.
No era un temblor de ansiedad evidente; era un mecanismo de descarga.
En la literatura sobre regulación corporal, algunas conductas repetitivas cumplen función estabilizadora.
En mi caso, alinear lápices. En el suyo, golpear el aire con la suela de una bota militar.
—Bien —dijo—. Define tu proyecto con nombre de guardería científica.
—Proyecto Padre no es un nombre de guardería. Es una denominación operativa breve.
—Es cursi.
—Es funcional.
—También las chanclas son funcionales y no por eso las llevo a una entrevista.
—Eso es una comparación de categorías no equivalentes.
Pedro apoyó los codos sobre las rodillas y se inclinó hacia delante.
La cadena de plata se separó de su camiseta y el Melqart quedó suspendido, oscilando con baja amplitud.
La luz seguía entrando desde la ventana con un ángulo incómodo.
Cada vez que el colgante giraba, emitía un destello pequeño sobre la superficie del escritorio.
Era un estímulo visual redundante. Podía haberle pedido que lo guardara dentro de la camiseta.
No lo hice porque la solicitud habría requerido explicar por qué lo miraba con tanta frecuencia, y la explicación disponible era insuficiente.
—Necesito fechas exactas —dije.
—Mi madre estudió Medicina en Múnich entre 1996 y 2002. Se llamaba Sandra Beck, después Sandra Montoya. Murió en 2009.
Lo dijo sin cambiar el tono. La ausencia de cambio no indicaba ausencia de carga emocional. En biología, algunas membranas parecen estáticas precisamente porque soportan presión.
—¿Accidente?
—Coche.
Una sola palabra. No añadió quién conducía, si hubo alcohol, si hubo juicio o si el vehículo quedó siniestro total.
Esos datos podían ser relevantes en términos biográficos, pero no para la identificación genética inmediata.
Aun así, la palabra quedó en el despacho con una densidad distinta a las demás.
—Necesitaré tu muestra bucal y, si es posible, material genético de tu madre. Cepillo, cabello con raíz, objeto personal preservado, muestras médicas archivadas.
Pedro apretó la mandíbula.
—No tengo nada suyo.
—¿Nada?
—Felipe lo guardó todo.
—Felipe es tu padrastro.
—Ahora se llama Nadine. Legalmente.
Anoté: Felipe/Nadine. Padrastro. Control de objetos maternos.
Pedro observó mi bolígrafo.
—No pongas esa cara de acta notarial.
—No he puesto ninguna cara intencionalmente.
—La pones sin querer. Peor.
—Necesito registrar nombres con precisión. Si una persona ha cambiado legalmente de nombre, debe constar para evitar errores documentales.
—No es un error documental. Es mi casa convertida en comité permanente de identidad.
Esa frase contenía demasiado material para el momento. Comité permanente de identidad. Casa. Transformación. Rechazo. Control. Decidí no intervenir. Pedro parecía tolerar las preguntas técnicas, como había anunciado, pero cada dato familiar abría una zona de riesgo.
—¿Tienes acceso a Felipe o Nadine?
—A su gimnasio, sí. A su cabeza, no. A sus cajones, tampoco.