VI Alianza clandestina #2
—¿Delincuentes competentes sí?
—No he dicho eso.
—Lo has dejado respirar.
No respondí de inmediato. La estrategia implicaba zonas grises.
Material biológico abandonado en espacios públicos o semipúblicos.
Vasos, servilletas, colillas. Técnicamente accesible.
Éticamente delicado. Legalmente dependiente de uso, jurisdicción, expectativa de privacidad y finalidad.
La universidad no debía saberlo. Emma, especialmente, no debía saberlo.
—Hay vacíos —dije.
Pedro levantó la mirada.
—Vacíos legales.
—Vacíos de regulación práctica. No equivalen a permiso moral.
—Pero equivalen a posibilidad.
—Sí.
La palabra salió limpia. Demasiado limpia quizá.
Pedro dejó la taza en el posavasos, exactamente sobre el círculo de corcho.
—Pensé que te echarías atrás.
—No he decidido avanzar. He determinado que avanzar es posible bajo condiciones.
—Eso, en dialecto Schneider, significa que estás dentro.
La expresión era mía y no mía. Emma la habría usado con condescendencia. Pedro la usó como si estuviera probando una herramienta que acababa de encontrar.
—Significa que estoy evaluando la ruta —dije.
—Estás dentro.
—Estoy evaluando.
—Dentro evaluando.
La frase era técnicamente aceptable.
Abrí una hoja nueva en el documento de trabajo y titulé: “Rutas de acceso no institucional a muestras descartadas”. Pedro soltó un sonido bajo, casi una risa.
—Madre mía. Eres el criminal menos sexy de Baviera.
—No soy criminal. Y la variable sexy es irrelevante.
—Ya. Claro.
El Melqart golpeó suavemente la taza cuando se inclinó de nuevo sobre el plano.
El sonido metálico, pequeño, se mezcló con el chasquido de mis teclas.
El mapa invadía mi escritorio, sus botas invadían el suelo bajo la mesa, su olor a tabaco invadía el aire, y aun así la sesión avanzaba con una eficiencia inesperada.
No era orden.
Tampoco era caos.
Era una estructura compartida en proceso de definición.
A las 16:41, marqué cuatro puntos en el mapa: Lindemann, Engel, Huber, Fundación Médica de Baviera. Pedro añadió una quinta marca con bolígrafo negro: Café NiL.
—¿Por qué marcas tu lugar de trabajo? —pregunté.
—Porque los médicos también beben. Y porque detrás de una barra la gente deja ADN como si quisiera reproducirse por vajilla.
—Esa imagen es biológicamente incorrecta.
—Pero operacionalmente brillante.
Miré la marca negra en Hans-Sachs-Straße.
Era cierto.
El Café NiL podía funcionar como punto de recolección, observación y cruce de información.
Pedro no solo aportaba caos. Aportaba acceso.
Territorio. Lectura social. Movilidad nocturna.
Un ecosistema que mi Plan M jamás habría considerado porque mi Plan M buscaba candidatos higiénicos, puntuales y predecibles, no camareros doctorandos con tabaco en la ropa y llaves de una ciudad paralela.
—Tu posición es estratégicamente valiosa —dije.
Pedro se quedó quieto.
—Eso ha sonado a cumplido.
—Es una evaluación.
—Peor. Tus evaluaciones sí me las creo.
La frase redujo durante un segundo el ruido del despacho. Después, en el pasillo, alguien dejó caer una carpeta. El golpe devolvió el edificio a su condición institucional.
Guardé el documento.
—Necesitamos una matriz de candidatos, ubicaciones, rutinas y probabilidad de muestra.
—Y yo necesito que no la llames matriz delante de gente normal.
—No trabajaremos delante de gente normal.
—Punto para ti.
Pedro acercó el plano todavía más al teclado. Esta vez no lo retiré de inmediato. Solo levanté la taza para evitar derrame.
La carpeta azul claro quedó parcialmente cubierta por su manga.
Sin ser óptimo, fue utilizable.
Pedro tenía una teoría incorrecta sobre mi relación con la legalidad.
Según él, yo era “un alemán académico con alergia al barro”, expresión que contenía tres imprecisiones.
Primero, la alergia es una respuesta inmunitaria específica, no una preferencia por superficies limpias.
Segundo, mi nacionalidad no determinaba mi relación con los códigos deontológicos.
Tercero, el barro no era el problema; el problema era el barro no previsto dentro de una secuencia que requería esterilidad, tracción o decoro institucional.
—Tú en cuanto veas una copa usada vas a llamar al comité de ética —dijo.
Estaba de pie junto al plano, con la cadera apoyada en el borde del escritorio.
Lo hacía deliberadamente. La primera vez que había invadido mi superficie de trabajo podía atribuirse a desconocimiento.
La tercera, a una prueba. Pedro probaba los límites como un animal que no cree del todo que una valla esté electrificada hasta tocarla con el hocico.
—Los comités de ética no responden con suficiente rapidez para operaciones de oportunidad —dije.
Pedro se quedó quieto.
—Eso ha sonado peligrosamente útil.
—La utilidad no implica aprobación.
—Pero implica que has pensado en ello.
—Naturalmente. Pensar en una acción no equivale a ejecutarla.
—Los curas dicen eso de formas menos sexis.
—La variable sexy sigue siendo irrelevante.
Pedro sonrió como si mi respuesta confirmara una hipótesis que le divertía demasiado.
Luego señaló el mapa. Había marcado con cruces negras tres puntos: la Fundación Médica de Baviera, una clínica privada cerca de Lehel y el Café NiL.
Sus marcas eran gruesas, desiguales y visualmente agresivas.
Las mías, azules, pequeñas y codificadas.
El resultado conjunto parecía una guerra civil cartográfica.
—Lindemann va a estar el miércoles en esa cena de la fundación —dijo—. Engel puede aparecer. Huber seguro que no, porque tiene una conferencia en Zúrich sobre no sé qué mierda vascular con patrocinio de gente que vende stents.
—Los stents no son mierda. Son dispositivos médicos.
—Lo mierda es la conferencia.
—No he leído el programa.
—Yo sí. Título: “Excelencia translacional en medicina personalizada”. Si eso no es una confesión criminal en latín barato, no sé qué lo es.
—No está en latín.
—Déjame odiar con poesía, Schneider.
Abrí el reglamento interno de la LMU en la pantalla. Pedro emitió un gemido teatral.
—No. Por favor. El libro sagrado de los sojas institucionales.
—Es necesario identificar restricciones.
—Me vas a decir que no podemos.
—Probablemente voy a decir que no podemos usar recursos universitarios para analizar muestras obtenidas sin consentimiento informado dentro de un proyecto no aprobado.
—Eso ya lo sabía.
—Pero también voy a decir que no existe una prohibición específica contra asesorar de forma privada sobre estrategias de genealogía genética, siempre que no utilice laboratorios de la universidad, datos protegidos ni resultados con pretensión jurídica.
Pedro bajó la barbilla.
—Repite eso en idioma humano.
—Puedo ayudarte a diseñar el procedimiento. No puedo procesar muestras en instalaciones de la LMU ni falsificar el propósito. Necesitaríamos un laboratorio comercial externo o una vía legal de genealogía genética.
—Pero si consigo un vaso.
—Un vaso no es una muestra legalmente limpia. Es material biológico abandonado. Su uso depende del contexto.
—Contexto: un señor quizá embarazó a mi madre y desapareció.
—Ese contexto es emocionalmente relevante, pero no convierte el ADN de otra persona en propiedad tuya.
Pedro tensó la mandíbula. No fue ira completa. Fue la antesala de la ira, con freno.
—Ahí estás.
—¿Dónde?
—En el púlpito.
—No es púlpito. Es delimitación.
—A mí me suena a “pobre chico herido, no hagas cosas feas”.
—No te he llamado pobre chico.
—Porque no eres idiota.
—Tampoco he dicho que estés herido.
—Porque tampoco eres suicida.
La frase tenía una forma de humor, pero debajo había advertencia. Pedro toleraba la precisión técnica; no toleraba el cuidado mal disfrazado. Eso debía constar en la matriz, aunque no como dato genético.
—Si tomamos una muestra sin consentimiento —dije—, solo sería útil como orientación privada, nunca como prueba. No confrontarías a nadie basándote únicamente en eso.
—¿Y si sale positivo?
—Entonces se necesitaría confirmación voluntaria.
—¿Y si se niega?
—Entonces tendrías información no accionable de forma limpia.
—Información no accionable —repitió—. Qué forma tan elegante de decir tortura.
No respondí. El terminal emitió un chasquido cuando cambié de ventana. Pedro se inclinó hacia la pantalla sin pedir permiso.
Su torso quedó por encima de mi hombro derecho.
La distancia se redujo a menos de treinta centímetros.
El olor a tabaco de liar estaba amortiguado por el té negro, pero no eliminado.
Percibí también detergente barato, cuero frío y algo metálico, quizá el colgante.
El Melqart golpeó suavemente el borde inferior del monitor cuando Pedro se inclinó más.
—Ese —dijo—. Abre ese archivo.
—Estás demasiado cerca de la pantalla.
—Mis ojos funcionan.
—No lo digo por tus ojos.
—¿Por los tuyos?
No respondí porque la pregunta presentaba una ambigüedad innecesaria.
Mis brazos permanecieron fijos sobre el teclado.
Cualquier movimiento lateral habría rozado su chaqueta o su brazo.
La falta de movimiento era, por tanto, una medida de seguridad.
Mi frecuencia cardíaca aumentó. El té negro contenía cafeína; había tomado media taza.
La cafeína podía explicar parcialmente el incremento.
Pedro respiraba de forma regular, más lenta de lo esperable para alguien irritado. Eso indicaba control voluntario. O cansancio. O ambos.
—Archivo Lindemann 2001 —dijo—. Ahí.
Abrí el documento.
La pantalla mostró una fotografía de baja resolución de una recepción universitaria.
Un grupo de médicos jóvenes y estudiantes delante de una pancarta de la LMU.
La imagen estaba granulada, amarillenta, mal escaneada.
Aun así, se distinguía a Sandra Beck en el extremo izquierdo.
Lo sabía porque Pedro dejó de respirar durante un segundo.
No fue una metáfora. Su respiración se detuvo.
—Esa es ella —dijo.