III Ensayos en la Marienplatz #3
Lukas se rio. Esta vez la risa fue más limpia, quizá porque la respuesta le había parecido absurda o porque la exactitud puede, en condiciones específicas, producir alivio. Aproveché la estabilización.
—Índice de masa corporal.
—No.
—Necesito altura y peso para calcularlo.
—No.
—Ya has declarado tu altura en la aplicación.
—Y no pienso decirte mi peso en una cafetería.
—Puedes escribirlo.
—No.
—El índice de masa corporal es una medida imperfecta, pero útil como indicador preliminar de riesgo cuando se interpreta con cautela.
—Leon, yo no te voy a decir cuánto peso antes de saber si tienes hermanos, si roncas o si eres asesino en serie.
—Tengo un hermano con el que mantengo contacto irregular. No ronco según datos disponibles. No soy asesino en serie.
—Muy tranquilizador.
—Puedo estimar visualmente.
—No lo hagas.
Ya lo había hecho. Pero no lo dije. La estimación visual sin consentimiento explícito podía deteriorar la interacción. Anna lo habría considerado una victoria menor.
Lukas empujó el cuestionario hacia mí.
—Creo que no soy tu candidato.
La frase era exacta y, aun así, produjo una reacción inferior al esternón, similar a la que aparece cuando un dispositivo emite una alarma antes de que uno identifique la causa.
No era sorpresa. El dispositivo había avisado desde el cigarrillo electrónico.
Quizá era la confirmación de que incluso cuando el sistema funcionaba, el resultado podía sentirse como fallo.
—La incompatibilidad no implica defecto global —dije—. Solo baja adecuación al objetivo.
—Ese debería ser tu lema en las apps.
—Podría incorporarlo al perfil.
—No lo hagas.
Se levantó. La silla chirrió de nuevo.
—¿No quieres terminar el café? —pregunté.
—No particularmente.
—Lo has pagado.
—Y tú has pagado once minutos de espera. Estamos empatados.
La reparación era conceptualmente débil pero no nula.
Lukas metió la mano en el bolsillo del abrigo. Por un momento pensé que volvería a sacar el cigarrillo electrónico; en cambio, dejó sobre la mesa una tarjeta pequeña con su nombre y correo profesional.
—Por si algún día quieres diseñar una interfaz para esto que no parezca un test de entrada a una secta científica.
—No es una secta. No hay doctrina compartida, ritual de pertenencia ni liderazgo carismático.
—Lo del carisma podemos debatirlo.
Se fue a las 10:58:21.
Registré: “Candidato 1. Excluido. Retraso + vapeo + resistencia a biometría + baja tolerancia al formato. Observación: identifica agresividad no verbal en preguntas. Considerar revisión de tono.”
La segunda entrevista estaba programada a las 11:15 con Mehmet A., treinta y siete años, médico residente, no fumador declarado, cronotipo matutino, interesado en “algo serio si surge natural”. La última cláusula seguía siendo problemática, pero su perfil ofrecía mayor compatibilidad objetiva.
Mehmet llegó a las 11:14:40.
Veinte segundos antes.
No diez minutos. No seis. Veinte segundos.
Ese nivel de ajuste produjo una elevación inmediata de expectativas que intenté inhibir. La estadística enseña que una sola variable positiva no debe contaminar la evaluación del conjunto.
Mehmet era de complexión atlética, barba cuidada, abrigo oscuro y una expresión que no parecía irritada por la existencia de sillas. Nos saludamos sin contacto físico porque yo tenía el cuestionario en la mano y él no extendió la suya. Otra variable positiva.
—He leído tu perfil —dijo—. Me dio curiosidad.
—La curiosidad es compatible con aprendizaje.
—También con accidentes.
—Depende del objeto.
Sonrió. Sonrisa moderada. No burlona.
Comenzamos.
Respondió de forma adecuada a los filtros de seguridad relacional.
Declaró hacerse pruebas de salud sexual cada seis meses.
Conocía el significado de indetectable igual a intransmisible.
No fumaba. Bebía poco. Avisaba si llegaba tarde.
Dormía siete horas. Cocinaba “lo suficiente para no morir”, formulación imprecisa pero aceptable.
A las 11:31, el instrumento mostraba una compatibilidad preliminar del setenta y ocho por ciento.
Entonces dijo:
—Tengo una pregunta. ¿Tú siempre eres así o estás haciendo un personaje?
La pregunta no era hostil. Precisamente por eso resultó menos manejable.
—Soy así.
Mehmet dejó el bolígrafo.
—Vale.
El “vale” no fue neutro. Lo había escuchado antes. Es un vale que significa: reorganizo mis expectativas a la baja mientras mantengo cortesía.
—¿Eso modifica tu evaluación? —pregunté.
—Un poco.
—¿En qué sentido?
—En que no sé si habría espacio para mí o solo para tu sistema.
El barista golpeó otra vez el portafiltro.
El vapor subió. En el ventanal, mi reflejo apareció superpuesto al de Mehmet: dos hombres sentados frente a frente, uno con abrigo oscuro, otro con gafas de pasta y un bolígrafo demasiado alineado con el borde de la hoja.
La imagen sugería simetría, pero las simetrías visuales pueden encubrir incompatibilidades funcionales.
—El sistema está diseñado para permitir la convivencia —dije.
—A veces lo que diseñas para permitir algo acaba impidiéndolo.
Esa frase debía anotarse. Sin embargo, si la anotaba en ese momento, podía confirmar su hipótesis. No la anoté. La retuve en memoria operativa.
Mehmet continuó hasta la página ocho. Después cerró el cuestionario con cuidado.
—No creo que sea para mí.
—Has obtenido puntuación alta.
—Lo sé.
—Entonces la decisión contradice los datos.
—No todos los datos están en tus columnas.
La frase era incorrecta en un sentido metodológico y problemática en un sentido práctico. Si había datos relevantes fuera de las columnas, el instrumento debía ampliarse. Pero no podía ampliarse infinitamente sin perder función. Una red demasiado fina no atrapa peces; bloquea el agua.
Mehmet se levantó, pagó su café pese a que no se lo pedí y se marchó con una despedida amable. La amabilidad no mejoró el resultado. A veces lo empeora porque elimina causas externas de rechazo.
El tercer candidato llegó a las 12:02.
Se llamaba Fabian K., treinta y dos años, terapeuta corporal, no había respondido a todas las preguntas previas pero tenía disponibilidad horaria compatible. Llevaba una bufanda de lana cruda, botas de ante y una seguridad manual excesiva. Antes de sentarse, tocó el respaldo de mi silla.
—Qué intensa tu energía —dijo.
—La energía se mide en julios.
—Ay, me encantas.
Esa conclusión era prematura.
Fabian no quiso responder por escrito. Dijo que prefería “sentir la conversación”. Dijo que mi cuestionario era “una armadura preciosa”. Dijo que mis gafas eran “muy de profesor herido” y, antes de que yo pudiera solicitar clarificación, se inclinó hacia delante y extendió la mano hacia mi cara.
La trayectoria de sus dedos apuntaba a la montura.
Me eché hacia atrás con suficiente rapidez para que la silla golpeara la pared.
—No toques mis gafas.
Mi voz salió baja. No alta. Baja es peor en algunas condiciones.
Fabian retiró la mano, sorprendido.
—Era un gesto cariñoso.
—No existe consentimiento para tocar objetos funcionales adheridos a mi cuerpo.
—Tienes que relajarte.
—No.
La palabra quedó entre los dos como un utensilio metálico caído al suelo.
Fabian recogió el cuestionario, lo hojeó, soltó una risa breve y luego lo dejó caer sobre la mesa con fuerza suficiente para arrugar la primera página.
—Eres un robot disfuncional, tío.
Se marchó antes de que pudiera corregir la categoría. Yo no era un robot. Los robots ejecutan instrucciones externas con distintos grados de autonomía. Mi disfunción, si existía, no era mecánica.
Pero durante tres segundos no pude mover la mano.
El cuestionario arrugado permanecía sobre la mesa, abierto en la declaración ética inicial: ninguna respuesta será usada para ridiculizarme, exponerme o manipularme.
La cláusula no contemplaba que el candidato ridiculizara al que administraba el cuestionario.
Durante tres segundos completos, la mano derecha no respondió a la instrucción motora de recoger el cuestionario.
No era parálisis. La parálisis implica una alteración neuromuscular objetiva.
Mis dedos conservaban sensibilidad, temperatura y capacidad de flexión.
La inmovilidad procedía de una interferencia entre la acción prevista —recuperar el documento arrugado— y la frase que Fabian K.
había dejado sobre la mesa con mayor eficacia contaminante que su mano sobre mis gafas.
Robot disfuncional.
La expresión era científicamente deficiente.
Un robot disfuncional se repara, se reprograma o se retira del servicio.
Un humano disfuncional queda sujeto a una taxonomía menos clara y a un número muy superior de comentarios no solicitados.
Además, yo no era disfuncional en la mayoría de áreas medibles: tenía empleo estable, publicaciones indexadas, condición física alta, autonomía doméstica, ausencia de deudas, disciplina alimentaria, historial sexual responsable y capacidad demostrada para cocinar pollo al vapor con jengibre sin degradar textura.
La incompatibilidad se concentraba en un dominio específico: lograr que otro hombre permaneciera sentado frente a mí sin concluir que debía marcharse.
Levanté el cuestionario.
La primera página presentaba una arruga diagonal desde la declaración ética hasta el bloque de seguridad relacional.
El daño no impedía la lectura, pero sí dificultaba el escaneo.
Coloqué el documento entre dos copias limpias y presioné con la regla de quince centímetros.
La celulosa no recuperó su estado original.
Algunas deformaciones son persistentes incluso cuando la fuerza que las causó ya no está presente.
La máquina de café expreso rugió. Un grupo de turistas entró en la cafetería con una ráfaga de aire frío, humedad y conversación simultánea. Una mujer con gorro rojo se acercó a mi mesa y señaló la silla ocupada por mi chaqueta Gore-Tex.
—Ist hier frei?
—Nein —dije.