EL PLAN M (M DE MARIDO) III Ensayos en la Marienplatz #4
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III Ensayos en la Marienplatz #4

La mujer miró la chaqueta, luego las hojas, luego mi cara. Pareció evaluar si un abrigo podía ocupar legítimamente un asiento en una ciudad con alta densidad turística. La respuesta era sí. La silla formaba parte de mi perímetro operativo. Ella se encogió de hombros y se alejó.

Reinicié la secuencia.

Primero, cuestionario de Lukas H.: excluir. Motivos: retraso inicial de once minutos y ocho segundos; consumo inhalado; reparación temporal insuficiente; resistencia a biometría; tolerancia baja a estructura evaluativa. Observación útil: “agresividad puede percibirse sin elevación de volumen”.

Segundo, cuestionario de Mehmet A.: no excluir automáticamente.

Motivos: alta compatibilidad biomédica, puntualidad, salud sexual responsable, comunicación razonable.

Rechazo iniciado por candidato. Observación crítica: “el sistema puede impedir aquello que pretende permitir”.

Debía analizarse con calma, preferiblemente después de una comida rica en proteínas y antes de tomar una decisión metodológica.

Tercero, Fabian K.: excluir. Motivos: rechazo al formato escrito; lenguaje pseudopsicológico no operacionalizable; intento de contacto físico no consentido con gafas; insulto directo; probable confusión entre intimidad y apropiación sensorial.

Observación: “terapeuta corporal” no garantiza respeto corporal.

Consulté el cronómetro.

Tiempo total de operaciones: dos horas, diecisiete minutos, cuarenta y nueve segundos.

Resultados: cero candidatos viables.

La muestra era pequeña. Tres individuos no permiten inferencias sólidas sobre la población gay masculina de Múnich, especialmente si proceden de canales de selección con sesgos de autodescripción, fotografías optimizadas y vocabulario ambiguo.

Sin embargo, los datos iniciales eran consistentes con la hipótesis de ineficiencia extrema en los métodos convencionales de emparejamiento.

El camarero se acercó con una expresión que había visto antes en personal de hostelería cuando desea retirar a una persona sin infringir normas explícitas.

—¿Quiere algo más?

Sobre la mesa había tres tazas. La mía, un café negro consumido en un sesenta y cinco por ciento.

La de Lukas, abandonada con anillo húmedo.

La de Mehmet, vacía y pagada. La de Fabian, no solicitada porque se había negado a “entrar en la lógica capitalista del consumo obligatorio” y luego había ocupado la silla durante once minutos.

Técnicamente, era razonable pedir algo más para justificar la permanencia.

—Agua con gas —dije—. Sin hielo. Y la cuenta completa.

—¿Todo junto?

—Sí. Las consumiciones se han producido dentro de mi protocolo.

El camarero no pidió aclaración. Eso indicaba profesionalidad o fatiga. Ambas posibilidades eran aceptables.

Mientras imprimía la cuenta, guardé los cuestionarios en el maletín técnico.

No los apilé juntos. La copia de Mehmet merecía carpeta amarilla: datos útiles no concluyentes.

La de Lukas, carpeta naranja: incompatibilidad con aprendizaje.

La de Fabian, carpeta roja: contacto físico y agresión verbal.

Separar los documentos reducía la posibilidad de contaminación interpretativa.

Si un candidato había intentado tocar mis gafas, no debía afectar retroactivamente a la evaluación de un médico residente que simplemente no quería vivir dentro de un sistema.

Aunque esa frase seguía siendo metodológicamente problemática.

El camarero volvió con la cuenta.

Calculé el total antes de mirar el datáfono.

Tres cafés, un agua con gas, una porción de tarta de queso que Fabian había pedido “para compartir” y luego consumido en un ochenta por ciento.

Compartir, en el uso común, admite desviaciones cuantitativas notables.

Pagué todo. Añadí propina del ocho por ciento porque el camarero había tolerado tres interacciones fallidas sin intervenir.

El ocho por ciento era inferior al estándar estadounidense y superior a mi inclinación inicial.

Múnich no era Estados Unidos. Tampoco era un laboratorio.

Guardé el recibo.

A las 12:31, la cafetería estaba más llena que al inicio.

El vapor de los ventanales se había espesado hasta convertir la Marienplatz en una versión acuosa de sí misma.

Las figuras exteriores se movían detrás del cristal como muestras mal enfocadas bajo un microscopio: colores, abrigos, paraguas inútiles, bolsas de compras, parejas tomadas de la mano sin aparente planificación muscular.

Una pareja de hombres pasó frente al ventanal.

Uno llevaba una bufanda gris; el otro hablaba con las manos.

Se detuvieron bajo el reloj del edificio vecino.

El de la bufanda corrigió el cuello del abrigo del otro con un gesto breve, casi administrativo. Luego siguieron caminando.

No había forma de saber si eran compatibles.

Quizá uno fumaba. Quizá el otro llegaba tarde.

Quizá discutían por el lavavajillas, por política, por horarios de sueño, por madres, por sexo, por dinero, por ventanas abiertas.

Quizá ninguno sabía calcular su índice de masa corporal.

Quizá habían llegado a alguna forma de convivencia sin trece páginas de cribado.

Esa posibilidad no invalidaba el método.

Solo demostraba que algunas personas lograban cruzar un río sin puente. Eso no convertía los puentes en errores.

Abrí la libreta cuadriculada.

“Ensayo de campo 1. Ubicación: cafetería Marienplatz. N = 3. Éxito relacional = 0. Eficacia de exclusión = alta. Eficacia de atracción/retención = baja.”

La última variable no figuraba en el diseño original.

Eficacia de atracción/retención.

La escribí y luego la subrayé una vez. El objetivo del Plan M no era únicamente descartar.

Eso había sido una simplificación defensiva del diseño.

El objetivo real era encontrar un candidato que pudiera permanecer después del descarte de riesgos.

Si todos abandonaban antes de completar el instrumento, no se obtenía una población filtrada. Se obtenía una mesa vacía.

Mesa vacía no era un resultado óptimo.

La frase “robot disfuncional” regresó sin permiso.

No la anoté.

Registrar un insulto aumenta su legitimidad dentro del sistema. Sin embargo, no registrarlo podía producir pérdida de información. Opté por una codificación neutral: “Candidato 3 emplea deshumanización tecnológica ante incomodidad con límites”.

Mejor.

La mano ya funcionaba.

Cerré la libreta y me puse la chaqueta. La Gore-Tex conservaba su pliegue central, aunque una esquina había tocado el respaldo de la silla y requeriría revisión con rodillo quitapelusas al llegar a casa.

Introduje los cuestionarios en el maletín, comprobé que no quedaban documentos sobre la mesa y salí a la plaza.

El aire frío redujo el olor a café, leche vaporizada y fragancia sintética de menta que Lukas había dejado en mi memoria olfativa.

Las campanas sonaron con retraso respecto a mi reloj, probablemente por diferencia entre mecanismo histórico y sincronización digital.

Los turistas miraban hacia arriba. Yo miré hacia el suelo para evitar colisiones.

En el trayecto hasta el scooter, recibí un mensaje de Anna.

“¿Cómo han ido los ensayos?”

La pregunta era sencilla. Las respuestas posibles no.

Podía escribir: “Datos insuficientes”. Exacto, pero incompleto. Podía escribir: “Tres fracasos”. Exacto, pero emocionalmente excesivo. Podía escribir: “El instrumento funciona”. Parcialmente falso. Podía no responder hasta después del análisis completo. Socialmente deficiente.

Escribí: “El filtro ha demostrado eficacia en exclusión, pero requiere ajustes de administración en humanos vivos.”

Anna respondió en menos de un minuto.

“Eso suena a que ha ido mal.”

Su capacidad inferencial era incómodamente alta.

Guardé el teléfono sin contestar. No porque quisiera evitar la conversación. Era sábado, 12:46, y el bloque de análisis posterior estaba programado para las 13:10 en mi apartamento, con té negro y revisión de matrices. Responder antes de procesar los datos habría favorecido la distorsión emocional.

Monté en el scooter eléctrico.

Mientras cruzaba la zona peatonal a pie, para respetar la normativa, formulé la conclusión provisional: la muestra poblacional gay disponible en cafeterías céntricas de Múnich presentaba un desorden lógico intratable o, alternativamente, el protocolo de administración generaba rechazo antes de detectar compatibilidad.

La segunda hipótesis era más desagradable porque me incluía como variable.

En ciencia, incluirse como variable suele ser inevitable.

En la vida, es una fuente de ineficiencia.

El lunes informaría a Emma y Anna de los resultados.

Emma diría que mi algoritmo había producido exactamente lo que produce todo sistema masculino de control: soledad con formato.

Anna preguntaría qué había sentido cuando Mehmet dijo que no había espacio para él.

Yo respondería que la frase carecía de operacionalización suficiente.

Después, probablemente, Anna esperaría.

Aceleré al llegar al carril bici.

El viento enfrió el borde de mis gafas. La ciudad avanzó en líneas grises, tranvías, turistas y escaparates. En el maletín, las trece páginas arrugadas de EL PLAN M golpeaban levemente contra mi muslo con cada pedalada.

No eran prueba de fracaso.

Eran datos.

Los datos, a diferencia de las personas, no se marchaban antes de terminar la entrevista.