EL PLAN M (M DE MARIDO) I El problema del emparejamiento #3
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I El problema del emparejamiento #3

—No tengo ganas de asesinar la sala.

—Lo sé. Por eso eres útil.

La palabra “útil” es ambigua. Puede ser elogio, clasificación o aviso de explotación.

En el laboratorio, un objeto útil tiene un lugar asignado.

Cuando deja de cumplir su función, se repara o se sustituye.

Las personas que son descritas como útiles por superiores jerárquicos rara vez reciben mantenimiento preventivo.

La centrífuga de la izquierda volvió a emitir un pitido. Me desplacé medio paso para detenerlo. Emma aprovechó ese desplazamiento para inclinarse más sobre la mesa y coger una punta de pipeta sin abrir.

—No toques eso.

La frase salió con un volumen superior al previsto.

Emma levantó la punta entre dos dedos.

—Está envasada.

—Y ahora está en tu mano.

—Mis manos no son uranio.

—El uranio no es el contaminante más habitual en laboratorios de docencia.

—Leon.

Me devolvió la punta, pero no la colocó en el sitio exacto. Quedó oblicua sobre la mesa, a cinco centímetros de la caja. La recogí con pinzas y la deposité en el contenedor de material descartado.

—Acabas de tirar algo nuevo.

—Ya no era nuevo.

—Eso debe de ser una metáfora tremenda si una tiene ganas de ponerse clínica.

—No la tengo.

—Yo tampoco. Para eso está Anna.

La mención de Anna modificó la atmósfera con más eficacia que la ventilación filtrada.

Anna no solía invadir superficies. Si necesitaba acercarse a una mesa, miraba primero dónde colocar las manos.

Si hacía una pregunta, esperaba la respuesta completa.

Esa conducta no indicaba santidad, sino formación clínica y una capacidad inusual para no convertir la presencia propia en un derrame.

Emma miró el teléfono.

—El decanato necesita el título.

—Has dicho eso hace cuatro minutos.

—Y ahora quedan cuatro minutos menos.

—Ese cálculo es correcto.

—Gracias, profesor.

El tratamiento era correcto y al mismo tiempo incorrecto. Emma lo sabía.

—Puedo sugerir un título alternativo —dije.

—Sabía que podías.

—“Bases psicobiológicas de la selección de pareja: evidencia, límites y sesgos de interpretación”.

Emma cerró los ojos durante un segundo.

—Leon, eso no es un título. Es una condena con subtítulos.

—Es exacto.

—Es inhabitable.

—Los títulos no se habitan.

—Las salas sí. Y quiero personas dentro de la sala.

—La asistencia de personas no debería depender de una formulación engañosa.

—La asistencia de personas depende siempre de una formulación engañosa. Lo llamamos comunicación.

Se produjo una pausa. Yo podría haber explicado que la comunicación no exige engaño, solo codificación compartida. Pero la experiencia indicaba que Emma no estaba solicitando una definición. Estaba delimitando el terreno de su victoria.

—Hazlo así —dijo—: mantén tu título de autopsia para el programa interno y dame uno respirable para el cartel.

—No puedo avalar un título que prometa contenidos no incluidos.

—Entonces incluye contenidos suficientes para que no sea mentira.

—Eso aumentará el tiempo de preparación.

—Eres rápido.

—No en temas fuera de mi especialidad inmediata.

—Eres más rápido que Hartmann sobrio, y Hartmann no va a estar sobrio antes del lunes.

Eso era probablemente cierto. No constituía un argumento ético, pero sí una información operativa.

Abrí mi calendario en el terminal del laboratorio.

Emma se inclinó hacia la pantalla sin pedir permiso.

Su hombro quedó a menos de treinta centímetros del mío.

El perfume se intensificó. La distancia interpersonal mínima en un espacio de trabajo debería ajustarse a la función de la tarea, la ventilación y el nivel de confianza.

Emma aplicaba un modelo de proximidad depredadora: se acercaba hasta que la otra persona cedía o aceptaba que ceder era más costoso que obedecer.

Bloqueé la pantalla con la mano.

—Hay datos personales.

—¿Tu lista de baños por limpiar es dato personal?

—Sí.

—Leon.

—Mi agenda contiene información sanitaria, doméstica y laboral.

—Contiene el hecho de que limpias el baño con más compromiso que algunos padres cuidan a sus hijos.

—La higiene doméstica reduce riesgos.

—Y dar esta conferencia reduce riesgos presupuestarios.

La comparación era defectuosa y eficaz. Los riesgos presupuestarios se traducían en contratos, plazas, equipamiento.

La reducción de equipamiento afectaba a estudiantes, proyectos, personal técnico.

Era una cadena de consecuencias. Emma había introducido la tarea en un sistema donde negarme no era simplemente negarme a Emma.

Era, potencialmente, contribuir a una degradación institucional.

O eso quería que yo computara.

Lo computé de todos modos.

—Necesitaré el programa completo, la lista de asistentes previstos, el perfil del público, el tiempo exacto de exposición, el tipo de proyector, la versión del software de presentación, el margen para preguntas y si habrá micrófono fijo o inalámbrico.

Emma sonrió de nuevo. Esta vez sí participó ligeramente la musculatura periocular.

—Eso significa que sí.

—Significa que necesito datos para determinar viabilidad.

—En dialecto Schneider, significa que sí.

No respondí. Miré el calendario. El bloque de desinfección doméstica permanecía intacto en la pantalla, una franja azul de noventa y cuatro minutos.

Para insertar la preparación mínima de la conferencia tendría que desplazarlo.

Desplazarlo implicaba mover la cena, reducir el entrenamiento de karate o sacrificar sueño. Ninguna opción era óptima.

Emma tocó la carpeta con la uña.

—Te mandaré lo que tenga.

—Necesito lo que exista, no lo que tengas.

—Qué diferencia tan adorable.

—Es una diferencia administrativa.

—Por eso eres nuestro hombre.

La expresión era socialmente convencional.

Aun así, produjo una reacción interna inadecuada: una necesidad absurda de cumplirla.

Nuestro hombre. El hombre que resuelve. El hombre que no hace ruido.

El hombre que acepta porque decir no exige una lectura social para la que no existe protocolo estable.

Miré la carpeta azul. Luego la línea amarilla. Luego la punta descartada en el contenedor.

—Puedo asumir la conferencia si se me envía la información antes de las 18:00 y si el decanato acepta un título científicamente defendible.

Emma se enderezó con lentitud, como si hubiera obtenido exactamente la respuesta prevista y solo quedara administrar la retirada.

—Perfecto —dijo—. Sabía que no nos dejarías tiradas.

No había prometido eso. Pero tampoco podía demostrar, en términos socialmente aceptables, que la frase fuera una forma de cierre coercitivo.

Quedaban tres minutos para las seis. Mi apartamento seguía sin desinfectar.

Emma no se retiró inmediatamente después de obtener mi aceptación condicional. Eso habría sido eficiente y, por tanto, improbable.

Primero consultó su teléfono. Después escribió algo con ambos pulgares, apoyando el dispositivo sobre la carpeta azul, que seguía dentro del área que yo acababa de desinfectar mentalmente tres veces y físicamente una.

El cristal de la pantalla dejó una marca grasa casi invisible sobre la cartulina.

Las marcas casi invisibles son las peores porque obligan a elegir entre dos opciones igualmente inadecuadas: limpiarlas y parecer obsesivo, o no limpiarlas y permitir que la contaminación simbólica prospere.

—Listo —dijo—. Le he dicho al decanato que aceptas.

—He dicho que puedo asumir la conferencia si se cumplen dos condiciones.

—Sí. Eso, en lenguaje institucional, es aceptar.

—El lenguaje institucional es una causa frecuente de errores.

—Y también de salarios.

Guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta y, al hacerlo, desplazó la carpeta con el codo. La esquina inferior rozó el soporte de pipetas. No hubo caída. No hubo daño material. Hubo contacto innecesario. La diferencia es significativa.

—Te mandaré el listado de asistentes cuando alguien lo encuentre —dijo.

—Eso no cumple la condición de información previa antes de las 18:00.

—Leon, nadie sabe nunca quién va a una conferencia hasta que la gente aparece.

—Entonces la planificación del evento es defectuosa.

—Naturalmente. Por eso existen los académicos competentes que salvan el defecto cinco minutos antes.

El elogio estaba mal construido. No se puede ser competente en la reparación constante de incompetencias ajenas sin convertirse en parte del sistema que las permite.

Pensé en decirlo. Pensé también en la hora: 17:58.

Cada frase adicional consumía segundos del bloque de cierre del laboratorio y reducía la viabilidad de la desinfección doméstica.

Emma extendió la mano hacia mi hombro.

Vi el gesto antes de que ocurriera, lo cual no siempre me sucede.

En algunas interacciones sociales, los cuerpos ajenos se desplazan con tanta arbitrariedad que solo detecto el contacto cuando ya es tarde.

Esta vez la trayectoria era clara: mano derecha, ángulo descendente, intención de palmada.

Una palmada puede significar ánimo, posesión, final conversacional o simple falta de conciencia espacial.

En el caso de Emma, las cuatro posibilidades no eran excluyentes.

Su palma cayó sobre la parte superior de mi brazo izquierdo.

La presión duró menos de un segundo.

Fue suficiente.

La musculatura del hombro respondió antes que mi razonamiento.

Retraje el brazo, no de forma brusca, pero sí detectable.

Emma no pareció ofendida. Las personas que tocan sin preguntar rara vez se consideran responsables de la reacción del tocado.

Sonríen como si hubieran sido ellas quienes han concedido intimidad.

—Ves —dijo—. Sabía que podía contar contigo.

La frase activó una cadena de asociaciones improductivas.

Podía contar contigo.