EL PLAN M (M DE MARIDO) I El problema del emparejamiento #4
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I El problema del emparejamiento #4

Mi madre había usado una variante después del funeral de Nicole, cuando me pidió que ordenara las cajas de su apartamento porque “tú eres el único que lo hace sin montar una escena”.

La expresión “montar una escena” siempre me resultó confusa.

Ordenar objetos, clasificar documentos y separar ropa por uso, estado y posibilidad de donación es precisamente lo contrario de una escena.

Una escena implica descontrol, exceso verbal, gente mirando.

Yo no hice nada de eso. Encontré una bufanda gris de Nicole dentro del armario del pasillo, la doblé en tres partes, la coloqué en una bolsa transparente y escribí “textil / invierno / conservar pendiente de decisión”.

Luego estuve diecisiete minutos sin poder recordar qué criterio había usado para las demás bolsas.

No mencioné ese dato a Emma.

—Necesito cerrar el laboratorio —dije.

—Claro. Higiene, orden, salvación de Occidente.

—La higiene no salva Occidente. Reduce carga microbiana.

—Qué sería de nosotras sin tus matices.

Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.

—Ah, y Leon.

Yo ya había recuperado las toallitas de etanol.

—Sí.

—Intenta no hacerlo demasiado árido. La gente viene cansada. Quiere sentirse inteligente, no castigada por no haber leído endocrinología.

—Si quiere sentirse inteligente sin adquirir conocimiento, debería asistir a una cata de vinos.

Emma soltó una carcajada breve, auténtica o muy bien simulada.

—Eso. Exactamente eso. Pero con diapositivas.

Salió del laboratorio dejando la puerta abierta.

La puerta abierta era una infracción menor. Volví a cerrarla. El mecanismo emitió un clic discreto, uno de los sonidos más satisfactorios disponibles en un edificio universitario.

Durante seis segundos no hice nada.

No era inactividad. Era reinicialización.

Después empecé a corregir el daño.

Primero retiré la carpeta azul de la encimera y la deposité sobre la silla reservada a material no estéril.

Segundo, limpié con etanol el área donde Emma se había apoyado.

Tercero, limpié de nuevo porque el primer pase había sido técnicamente suficiente pero cognitivamente incompleto.

Cuarto, sustituí la caja de puntas afectada por proximidad, aunque no había evidencia de contaminación directa.

Quinto, registré en la hoja de incidencias: “Interrupción administrativa no programada. Superficie central reesterilizada. No hay afectación de material experimental”.

Dudé antes de escribir “administrativa”.

La interrupción no había sido puramente administrativa.

Había desplazado mi agenda, alterado el cierre del laboratorio y generado una obligación pública vinculada a un tema que las personas tienden a tratar con una mezcla de superstición, deseo y falta de precisión.

La selección de pareja es uno de los campos donde la especie humana mantiene mayor confianza subjetiva y menor competencia estadística.

Casi todos creen saber elegir. Las tasas de separación, engaño, insatisfacción y conversaciones de cafetería sugieren lo contrario.

La P200 seguía en su soporte, perfectamente vertical.

Me concentré en el cierre.

Apagué la balanza. Verifiqué la incubadora. Comprobé dos veces la temperatura del refrigerador de reactivos: 4,1 grados. Cerré el armario de material fungible. Bloqueé el terminal. Anoté la hora real de finalización: 18:09.

Retraso acumulado: catorce minutos.

No parecía mucho. Las personas ineficientes suelen decir “son solo catorce minutos” con la ligereza de quien no comprende el interés compuesto.

Catorce minutos perdidos al día equivalen a ochenta y cinco horas al año, descontando vacaciones y fines de semana de manera conservadora.

Ochenta y cinco horas permiten leer aproximadamente veintisiete artículos científicos complejos, preparar cincuenta y seis cenas estandarizadas o limpiar el baño cincuenta y cuatro veces con estándares adecuados.

También permiten dormir. La gente subestima el sueño porque no se ve.

Guardé la libreta cuadriculada en el bolsillo interior de la chaqueta Gore-Tex y me puse la mochila.

La carpeta azul no cabía sin doblarse. No debía doblarse porque luego el escáner podía capturar sombras en los márgenes.

La llevé bajo el brazo, lo cual reducía la eficiencia aerodinámica en scooter eléctrico y aumentaba el riesgo de que la humedad exterior afectara al papel.

En el pasillo, dos estudiantes discutían frente a la máquina de café.

—No, pero si hay química, da igual el algoritmo —dijo uno.

La frase me detuvo.

No porque fuera brillante. Precisamente por lo contrario.

La química, en el uso popular, es una palabra que permite evitar la explicación de procesos desconocidos.

Se invoca cuando una persona desea justificar una elección sin someterla a análisis.

“Hay química” significa con frecuencia “mi sistema nervioso ha producido una respuesta que no sé interpretar, pero prefiero dotarla de autoridad mística”.

Es una forma de pereza epistemológica con buena reputación social.

El otro estudiante respondió:

—Mi ex y yo teníamos química y acabamos bloqueándonos en tres aplicaciones.

Dato interesante. La llamada química no había predicho estabilidad, respeto ni compatibilidad operativa. Solo intensidad inicial, una variable sobrevalorada.

Continué caminando.

El vestíbulo de la LMU estaba casi vacío.

La luz de última tarde entraba por los cristales altos y convertía el suelo en una superficie irregular de reflejos amarillos.

En la vitrina del corredor principal se exponían fotografías antiguas de profesores con expresiones severas, junto a instrumentos obsoletos que en su momento habrían sido considerados avanzados.

Me vi reflejado entre un microscopio de latón y una placa conmemorativa: chaqueta azul, gafas de pasta, carpeta absurda bajo el brazo, postura demasiado rígida.

La soledad no era un fenómeno poético.

Era, probablemente, un fallo de procedimiento.

Durante años había aplicado métodos convencionales con resultados insatisfactorios: cenas, aplicaciones, presentaciones de colegas, conversaciones en las que otros hombres decían “ya veremos” como si el futuro fuera una entidad autoorganizativa.

Había considerado que el problema residía en el tamaño de la muestra, en la baja calidad del muestreo o en una incompatibilidad estadística entre mi perfil y la población disponible en Múnich.

Pero la conferencia de Emma introducía una posibilidad más productiva: quizá el campo no carecía de datos; carecía de instrumento.

Los científicos no salen al mundo esperando que una molécula adecuada se coloque voluntariamente bajo el microscopio. Diseñan protocolos. Reducen ruido. Establecen criterios. Eliminan variables contaminantes. Nadie acusa a un genetista de ser poco romántico por usar controles negativos.

El vestíbulo olía a piedra fría y a café recalentado. Fuera, el scooter eléctrico esperaba anclado en el soporte. Mi bloque de limpieza doméstica ya no podía ejecutarse completo. Habría que reducirlo o desplazarlo. La reducción era mala. El desplazamiento, peor.

Saqué la libreta cuadriculada y anoté:

“Pérdida de eficiencia temporal: 14 min iniciales + 11 min estimados por reprogramación = 25 min.”

Debajo escribí:

“Conferencia psicobiología / selección pareja. Problema: métodos convencionales ineficientes. Posible solución: filtrado previo.”

La palabra “filtrado” produjo una sensación de ajuste.

No felicidad. El término sería excesivo.

Ajuste.

Guardé la libreta. Me coloqué el casco. Antes de salir, observé una vez más mi reflejo en la vitrina.

La imagen no ofrecía información nueva: treinta y cinco años, simetría física aceptable, condición atlética sostenida, empleo estable, producción científica adecuada, incapacidad persistente para transformar esos datos en una vida compartida.

Los datos no estaban fallando.

El sistema de selección sí.

A las 18:14 abandoné el edificio con la carpeta azul bajo el brazo y una hipótesis preliminar en la cabeza.

Todavía no tenía nombre. Los nombres prematuros tienden a distorsionar los proyectos.

Pero mientras pedaleaba hacia mi apartamento, calculando si era posible recuperar ocho minutos en la ruta sin infringir semáforos, la estructura empezó a organizarse con una claridad que no dependía de Emma, del decanato ni de ninguna persona concreta.

Un cuestionario.

No para gustar.

Para descartar.