EL PLAN M (M DE MARIDO) I El problema del emparejamiento #2
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I El problema del emparejamiento #2

—Te he traído el esquema —dijo—. Solo tienes que darle tu toque. Algo brillante, exacto, insoportablemente masculino en el buen sentido académico.

—No existe un buen sentido académico de “insoportablemente masculino”.

—Claro que existe. Lo usamos cuando queremos que un hombre haga gratis algo que otro hombre prometió hacer y no hará.

Esa formulación contenía una honestidad inesperada. La honestidad inesperada obliga a revisar la hipótesis de manipulación. No la descarta; solo la vuelve más eficiente.

Tomé la carpeta con dos dedos por la esquina superior, evitando arrastrarla sobre la superficie limpia.

—¿Quién canceló?

—No canceló. Repriorizó.

—Eso significa que canceló.

—Significa que el profesor Hartmann tiene una cena con personas muy útiles para las finanzas del departamento.

—Entonces el profesor Hartmann ha cancelado.

Emma suspiró, pero no parecía cansada. Parecía satisfecha, como si mi precisión terminológica confirmara la razón por la que había venido.

—Por eso te necesitamos.

El plural era interesante. En contextos administrativos, “te necesitamos” suele significar “yo he decidido que tú resolverás esto”.

En contextos familiares, la misma frase puede significar cosas peores.

Mi madre la utilizaba en singular cuando deseaba que asistiera a reuniones donde luego me pedía que no corrigiera a mis tíos.

Nicole se reía desde el otro lado de la mesa y me pasaba bajo el mantel una servilleta doblada con una palabra escrita: “sobrevive”.

Durante varios años conservé una de esas servilletas dentro de un libro de fisiología vegetal.

Luego el libro desapareció de mi estantería después de una comida familiar. Nadie supo explicar cómo.

La balanza pitó porque llevaba demasiado tiempo encendida sin uso.

Apagué el sonido.

—Necesito revisar mi agenda —dije.

Emma miró el reloj, luego la bandeja de pipetas, luego mi chaqueta azul Gore-Tex colgada detrás de la puerta.

—Revísala rápido. El decanato quiere el título antes de las seis.

Eran las 17:52.

El margen disponible era de ocho minutos, tres menos de los necesarios para cerrar el laboratorio sin deterioro procedimental.

Observé la carpeta. Observé la línea amarilla bajo los zapatos de Emma.

Observé mi reflejo fragmentado en la puerta de cristal de la nevera, alargado por la luz blanca, con las gafas algo torcidas y la mandíbula fija.

La gota de 198,7 microlitros ya no parecía la impertinencia principal del día.

La carpeta azul contenía doce páginas impresas a una sola cara.

El uso de papel a una sola cara en 2026 no es defendible desde una perspectiva ecológica, económica ni de almacenamiento.

La Universidad poseía impresoras con configuración dúplex predeterminada, salvo cuando alguien modificaba la opción manualmente.

Por tanto, el desperdicio no era accidental.

Era intencional o incompetente. Ambas posibilidades reducían mi confianza en el origen del documento.

Abrí la carpeta.

Primera página: “Psicobiología del deseo contemporáneo: cuerpos, poder y vínculo en la era postpatriarcal”.

Cerré la carpeta.

—El título contiene tres problemas —dije.

Emma apoyó la cadera en el borde de la mesa central.

No se sentó. Sentarse habría sido menos grave porque las sillas estaban diseñadas para recibir cuerpos humanos.

La mesa central estaba diseñada para soportar gradillas, tubos, reactivos, cajas de guantes, instrumental y, ocasionalmente, el antebrazo de un estudiante fatigado que luego recibe una corrección.

El borde sobre el que Emma se apoyaba había sido desinfectado a las 16:08.

El tejido de su pantalón estableció contacto con la superficie durante un mínimo de dos segundos antes de que yo pudiera formular una objeción.

La formulé.

—No debes apoyarte ahí.

—¿Por qué? ¿Voy a fecundar una placa de Petri?

—La fecundación no es el riesgo principal.

—Qué alivio.

Emma no se movió.

El perfume dulzón aumentó de concentración.

Era un compuesto persistente. Probablemente adherido a lana, piel, cabello y a una visión del mundo en la que las distancias interpersonales eran sugerencias decorativas.

Noté una contracción inmediata en los músculos paravertebrales, desde la zona cervical hasta la dorsal alta.

No era miedo. Era preparación para retirada.

La retirada no era posible porque detrás de mí estaba la bancada de reactivos y a mi derecha la balanza analítica, que no debía golpearse bajo ninguna circunstancia.

Ajusté las gafas con el índice.

—Primer problema —dije—: “deseo contemporáneo” presupone una discontinuidad histórica no demostrada.

Segundo: “cuerpos” es impreciso. Todos los procesos psicobiológicos ocurren en cuerpos.

Tercero: “postpatriarcal” no describe un estado verificable.

Puede describir un marco teórico, una aspiración política o una fantasía departamental.

Emma sonrió.

—Exactamente por eso no puedes empezar así.

—No debería empezar así ni terminar así.

—Leon, el título es para que la gente entre en la sala.

—Creía que la asistencia dependía del programa oficial.

—La asistencia depende de que el programa oficial no parezca redactado por una centrifugadora con ansiedad.

Miré la centrifugadora situada junto a la pared. Funcionaba con mayor precisión que la mayoría de los comités.

—Las centrifugadoras no experimentan ansiedad.

—Era una imagen.

—Inexacta.

—Útil.

—La utilidad de una imagen inexacta es limitada.

Emma dejó escapar un sonido breve, no exactamente risa. En sus reuniones con el claustro, ese sonido solía preceder a una victoria táctica. No lo supe entonces con absoluta certeza, pero dispongo de suficientes datos retrospectivos.

—Por eso te necesito —dijo—. Tú puedes coger este envoltorio y llenarlo de contenido real. Genes, selección, compatibilidad, sistemas de recompensa, todas esas cosas que hacen que los hombres penséis que amar es una función endocrina con mala prensa.

—El amor no es una función endocrina. Es un conjunto de procesos neurobiológicos, conductuales, sociales y cognitivos con variabilidad interindividual considerable.

—Magnífico. Pon eso en la diapositiva dos. La diapositiva uno debe tener menos sílabas.

Abrí de nuevo la carpeta porque discutir sin revisar el material completo habría sido metodológicamente débil.

La segunda página contenía una lista de objetivos.

Algunos eran aceptables: “explicar bases biológicas de la atracción”, “diferenciar evidencia de especulación”, “presentar límites de la interpretación evolucionista”.

Otros necesitaban eliminación inmediata: “desmontar mitos masculinos sobre elección racional”, “problematizar la neutralidad del deseo gay masculino”, “introducir crítica del privilegio erótico”.

—Esta conferencia no está preparada —dije.

—No. Por eso estás tú.

—El lunes está a noventa y una horas de distancia.

—Suficiente para ti.

—No si se desea rigor bibliográfico.

—Se desea que el decanato no tenga un hueco en el programa.

La frase fue clara. No se deseaba conocimiento. Se deseaba continuidad institucional. La continuidad institucional es una forma de biopelícula: se adhiere a todas las superficies, resiste procedimientos simples de limpieza y termina pareciendo parte natural del entorno.

—Mi carga docente de este semestre ya excede en diecisiete horas la distribución acordada —dije—.

Además, he asumido tres revisiones metodológicas para el comité de prácticas, dos informes de bioseguridad que correspondían a laboratorios externos y la corrección extraordinaria de exámenes de genética aplicada porque el profesor Meier alegó migraña.

—Pobre Meier.

—El patrón de sus migrañas coincide con los periodos de corrección en un setenta y cuatro por ciento de los casos.

—Qué misterioso.

—No lo es.

Emma ladeó la cabeza. El mechón rosa se desplazó un centímetro.

Al hacerlo, produjo un contraste absurdo con la blancura de las neveras verticales.

La institución permite esos detalles en personas con suficiente rango porque los interpreta como personalidad.

En profesores asociados sin poder administrativo, la personalidad suele catalogarse como dificultad de integración.

—Leon, escucha —dijo.

Yo ya estaba escuchando. Lo que Emma quería era que dejara de responder.

—Esta conferencia es importante para el departamento.

El decanato está nervioso con los fondos del próximo año.

Psicología necesita parecer moderna, transversal, financiable.

Biología necesita demostrar que no sois un conjunto de hombres en bata midiendo cosas cada vez más pequeñas hasta que la sociedad os olvide.

—Hay mujeres en Biología.

—Y algunas miden cosas pequeñas con igual entusiasmo. No conviertas esto en una defensa gremial.

—No estaba defendiendo el gremio. Estaba corrigiendo una generalización.

—Eso es exactamente una defensa gremial en dialecto Schneider.

La palabra “Schneider” usada como dialecto me produjo una sensación conocida.

No intensa. No dolorosa. Más bien una compresión seca en la parte posterior del esternón, como cuando se introduce una muestra en un tubo demasiado estrecho y uno sabe que el error fue elegir mal el recipiente, no aplicar poca fuerza.

En casa, mi apellido se pronunciaba a menudo antes de una instrucción correctiva.

Schneider, no hace falta explicarlo todo.

Schneider, tu hermana sí entiende cuándo parar.

Schneider, por una vez intenta comportarte normal.

Nicole nunca decía Schneider. Decía Leon incluso cuando estaba enfadada. Sobre todo cuando estaba enfadada. Era una distinción empíricamente significativa.

Emma chasqueó los dedos delante de la carpeta.

—¿Sigues conmigo?

—Sí.

—Has puesto cara de comité funerario.

—No existe una cara oficial para comités funerarios. Varía por cultura, parentesco y grado de hipocresía social.

—Ahí está. Ese es el tono que necesito, pero con menos ganas de asesinar la sala.