EL PLAN M (M DE MARIDO) I El problema del emparejamiento
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EL PLAN M (M DE MARIDO)

EL PLAN M (M DE MARIDO)

Por A. M. Scarlett

© inepub.com

I El problema del emparejamiento

Repetí la prueba.

Me quedé mirando la gota, suspendida en la punta transparente, antes de depositarla en el recipiente de pesaje.

La superficie tembló una fracción casi invisible bajo el flujo laminar de la campana.

El laboratorio de biología molecular de la Ludwig-Maximilians-Universität München posee una estética diseñada para reducir la ambigüedad moral: encimeras blancas, acero inoxidable, recipientes etiquetados, neveras verticales con alarmas, guantes de nitrilo por tallas, luces de neón que no favorecen a nadie.

Bajo esa iluminación, incluso las mentiras parecerían contaminaciones fáciles de detectar.

Por desgracia, la conducta humana no se somete a tinción.

El jueves estaba construido de forma eficiente.

De 16:30 a 17:55: calibración de micropipetas automáticas para docencia práctica.

De 17:55 a 18:03: cierre de superficies, eliminación de puntas usadas, comprobación de residuos biológicos.

De 18:03 a 18:17: desplazamiento en scooter eléctrico hasta mi apartamento, con posible desviación de dos minutos si el semáforo de Geschwister-Scholl-Platz mantenía su pauta irregular.

De 18:17 a 19:51: desinfección doméstica semanal de baño, cocina y superficies de contacto.

Los noventa y cuatro minutos de desinfección no eran negociables.

El término “negociable” se emplea con frecuencia de manera inexacta.

La mayoría de las personas dicen que algo no es negociable cuando en realidad quieren indicar que les resulta desagradable discutirlo.

En mi caso, no era negociable porque el sistema de limpieza estaba enlazado con la preparación de la cena del viernes, el lavado de ropa técnica y el entrenamiento de karate del sábado.

Alterar un bloque implicaba una cadena de consecuencias.

Las cadenas de consecuencias son el motivo principal por el que la espontaneidad goza de una reputación inmerecida.

Pesé una nueva muestra.

199,8.

Correcto.

Registré el dato en la hoja de control, alineando los números con la regla metálica que guardaba en el cajón superior.

El cajón contenía también tres lápices HB, dos rotuladores indelebles, una goma blanca Staedtler y una tarjeta de acceso de repuesto que no debía estar allí, pero que conservaba porque el sistema oficial de reposición de tarjetas era irracionalmente lento.

La universidad confía en que sus investigadores respeten protocolos complejos de manipulación genética, pero tarda entre cinco y siete días laborables en sustituir un rectángulo de plástico.

Este tipo de contradicción institucional explica una parte significativa del deterioro civilizatorio.

La puerta del laboratorio se abrió sin el sonido previo de nudillos.

Eso era ya una anomalía.

La mayoría de los estudiantes golpeaban el cristal antes de entrar, no por respeto a mi concentración, sino por miedo a que les pidiera repetir un procedimiento.

Los técnicos anunciaban su presencia con una cortesía funcional.

Mis colegas solían entrar diciendo mi nombre en voz alta, como si la emisión sonora de “Leon” constituyera una autorización retroactiva.

Emma Müller no pertenecía a ninguna de esas categorías.

Ella abría puertas como si las bisagras fueran extensiones de su cargo.

—Leon.

Era una ocupación territorial mediante fonema más que un saludo.

No respondí de inmediato porque sostenía una pipeta cargada y la respuesta verbal podía alterar la presión de los dedos. Deposité los 200 microlitros en el recipiente, esperé a que la balanza estabilizara la lectura y solo entonces giré la cabeza.

Emma estaba en el umbral con un abrigo negro demasiado ligero para la temperatura exterior, un traje de sastrería masculina sin corbata y el mechón rosa de su flequillo inclinado hacia la izquierda.

El cabello blanco, corto y rígido, habría sido compatible con una disciplina militar si no hubiera estado combinado con unos pendientes geométricos de tamaño innecesario.

Traía el teléfono en la mano. Emma siempre traía el teléfono en la mano, incluso cuando no lo miraba.

Era un objeto de mando, como el cetro en culturas monárquicas de baja eficiencia administrativa.

—Estoy en mitad de una calibración —dije.

—Ya veo. Fascinante. Gotitas.

La palabra “gotitas” no era técnicamente errónea, pero reducía la precisión volumétrica a un fenómeno infantil. Algunas personas emplean diminutivos para expresar afecto. Emma los empleaba para apropiarse de la escala de importancia de las cosas.

Entró sin ponerse bata.

—Necesitas bata —dije.

—No voy a tocar tus juguetes, tranquilo.

—No son juguetes. Son instrumentos volumétricos. Y el protocolo de acceso al laboratorio exige bata si se cruza la línea amarilla.

Emma miró el suelo. La línea amarilla empezaba a cuarenta centímetros de sus zapatos. Sus zapatos, de cuero negro, ya la habían cruzado parcialmente. El pie derecho, por completo. El izquierdo, en fase de amenaza.

—Considera que mi pie derecho está haciendo trabajo interdisciplinar.

El humor basado en la violación de normas básicas de seguridad me resulta difícil de clasificar.

Sonreír habría comunicado aprobación. No sonreír podía generar una explicación adicional.

Opté por retirar la bandeja de puntas estériles de su radio de movimiento.

A veces la forma más eficiente de gestionar una transgresión social consiste en reducir sus posibilidades físicas.

—Si vienes por los informes de prácticas, los envié ayer a las 14:06 —dije—. Si vienes por la comisión de evaluación, el formulario contiene un error en el apartado de créditos ECTS. Ya lo comuniqué. Dos veces.

—Vengo por algo más estimulante.

Esa frase, en un entorno laboral, suele preceder a una tarea no remunerada.

Emma avanzó hasta el lateral de la mesa central.

El perfume llegó antes que ella: dulce, denso, con una nota floral que no pude identificar porque mi experiencia con perfumes es limitada y en general involuntaria.

Se mezcló con el etanol de superficie y produjo una interferencia olfativa desagradable.

Mi hombro izquierdo se tensó. No era dolor. Era una señal preventiva.

—El decanato ha tenido un pequeño problema con la conferencia del lunes —dijo.

—Define pequeño.

—Manejable.

“Manejable” es una palabra que las personas con poder utilizan cuando el manejo lo va a realizar otra persona.

Guardé la P200 en el soporte, junto a la P20 y la P1000.

Las tres quedaron alineadas por altura decreciente.

Esa disposición no mejora de manera significativa el rendimiento del instrumental, pero sí mejora la recuperación visual y reduce la probabilidad de que un estudiante seleccione una pipeta incorrecta.

También reduce la probabilidad de que yo mire la mesa y detecte caos. Ambas ventajas son legítimas.

—¿Qué conferencia? —pregunté.

Emma sonrió con los labios, no con la musculatura periocular. Había leído en algún sitio que esa diferencia es relevante para detectar sinceridad, pero la aplicación práctica es limitada, porque muchas personas socialmente competentes pueden falsificar ambas cosas.

—Psicobiología y selección de pareja. Auditorio pequeño. Público mixto. Unos cuantos colegas, algunos estudiantes de máster, quizás alguien del decanato si no se duermen antes. Nada traumático.

La palabra “pareja” entró en el laboratorio con una falta de higiene conceptual considerable.

Yo no tenía inconveniente científico con la selección de pareja. En biología evolutiva, la selección sexual es un campo legítimo, aunque a menudo malinterpretado por psicólogos, periodistas y personas que han leído dos artículos divulgativos en aviones. Tenía, sin embargo, objeciones logísticas.

—No pertenezco al Departamento de Psicología —dije.

—Precisamente por eso. Da prestigio transversal. Biología, conducta, genes, feromonas, todas esas cosas que a los financiadores les parecen sexis si nadie les explica demasiado.

—Las feromonas humanas son un asunto controvertido.

—No digas “controvertido” en la primera diapositiva. Asusta a los patrocinadores.

Miré el reloj digital situado sobre la incubadora. 17:49.

Quedaban seis minutos para finalizar la calibración, cuatro para limpiar el área y cero para absorber un “pequeño problema” del decanato sin comprometer el bloque de desinfección doméstica.

El cuerpo humano puede sobrevivir en entornos moderadamente contaminados.

Eso no constituye un argumento a favor de permitirlos.

También puede sobrevivir con pocas horas de sueño durante un periodo breve, y sin embargo nadie sensato diseña voluntariamente su semana alrededor de la degradación cognitiva.

—Tengo programada la limpieza del apartamento de 18:17 a 19:51 —dije.

—Leon, nadie en la historia de la universidad ha muerto por limpiar el baño el viernes.

La afirmación era probablemente falsa. La historia de la universidad se remonta a 1472. En quinientos cincuenta años, la probabilidad acumulada de muerte relacionada con baños no era despreciable, aunque concedí que Emma se refería a una escala doméstica contemporánea.

—El viernes tengo otra secuencia.

—Pues mueve una secuencia.

Dijo “secuencia” como si se tratara de piezas de Lego y no de un sistema de protección contra la entropía.

Al fondo, la centrífuga emitió el pitido de finalización.

Tres estudiantes del grupo de prácticas habían dejado aquella tarde marcas de guante en el panel táctil.

No era relevante para la conversación, pero pensé en ello con una intensidad superior a la necesaria.

Las marcas de guante son fáciles de limpiar. Las demandas de Emma no.

Ella apoyó una carpeta azul sobre la encimera.

Sin autorización.

La carpeta quedó a diecisiete centímetros de una caja de puntas estériles. La distancia era suficiente para evitar contaminación directa, pero insuficiente para no generar irritación.