Capítulo 75
C iara se había quedado sin aliento. Había visto a dos civiles heridos caminando con dificultad hacia una ambulancia con la ayuda de una paramédica y acababa de echar a correr hacia ellos.
Había ignorado al agente de policía que, tras el cordón de seguridad, la llamaba a gritos, haciéndole señas para que regresara.
Había ignorado al equipo de la policía científica que merodeaba alrededor de un cadáver que había quedado aplastado contra el hormigón.
Había ignorado la sangre por todas partes.
Restos de masa encefálica por doquier. Órganos y extremidades esparcidos.
Lo peor que había visto en su vida. Había ignorado el profundo sentimiento de arrepentimiento y de culpa que sentía en el estómago.
Al llegar a la ambulancia, el hombre que esperaba fuera parecía conmocionado, desconcertado. Se puso pálido, como si acabara de ver su propio rostro demacrado en un espejo.
—¿Puedo hacerle unas preguntas? —preguntó ella, mostrando su identificación.
El hombre miró al interior del vehículo, hacia las dos mujeres, y luego volvió la vista a Ciara.
—¿Cuánto tiempo llevará? —dijo él. Mientras se movía, Ciara vislumbró algo parecido al cristal que brillaba en el bolsillo delantero del jersey del hombre.
Observó los pormenores de su cara. El pelo. Las gafas. Los ojos. Las cejas.
Las cejas. Le resultaban familiares, como si las hubiera visto hace poco, pero nunca antes se había cruzado con este hombre. Una vez leyó en internet que los rasgos más reconocibles del rostro humano eran las cejas. Había algo en las de aquel hombre que la hacía sentirse inquieta.
¿Era él? ¿Era el hombre que había asesinado a Rik? No lo sabía. Necesitaba más tiempo para averiguarlo.
—Llevará el tiempo que sea necesario —Ciara sacó una pequeña libreta y un bolígrafo del bolsillo de su abrigo y empezó a escribir—. ¿Cuál es su nombre?
—Kyle.
—¿Kyle? —repitió Ciara.
—¿Kyle? —dijo la mujer de la camilla—. Me dijiste que te llamabas Charlie.
—Yo... es que... yo... —balbuceó el hombre.
Antes de que Ciara pudiera hacer una pregunta de seguimiento, o incluso pedirle que aclarara su nombre, el hombre se lanzó al interior de la ambulancia, agarró un pequeño desfibrilador externo automático que estaba suelto en el suelo del vehículo y lo estampó contra el rostro de Ciara.
El impacto hizo que le sangrara la nariz y le provocó un fuerte mareo.
Cayó al suelo desplomada, golpeándose la nuca contra el pavimento.
Por un instante, el mundo a su alrededor se volvió negro.
Los gritos y alaridos que provenían del interior de la ambulancia empeoraron el pitido de sus oídos.
Cuando recobró el sentido y sintió las manos de la paramédica en su cara, se dio cuenta de que el hombre llamado Charlie —el hombre que creía que era el terrorista que había matado a su amigo— se había escapado.