El Piso 68 (DC Jake Tanner 17) Capítulo 72
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Capítulo 72

—¡ N o te sueltes! —gritó Jake con todas sus fuerzas. Charlie estaba al otro lado de su brazo, aferrándose a él para salvar la vida. El viento sacudía a Charlie contra el lateral del edificio.

Jake miró a Charlie a los ojos. Estaban llenos de compasión, de voluntad de vivir y de arrepentimiento por lo que había hecho.

—Por favor, Jake —dijo—. No dejes que me caiga. No quiero morir.

Jake apretó los dientes e hizo caso omiso.

No le gustaba lo que estaba haciendo, salvar a un terrorista; iba en contra de cada instinto de su cuerpo, y el hombre merecía estar varios cientos de pies más abajo, pero era una necesidad.

Jake se sujetó al marco de la ventana con el brazo izquierdo.

El metal se le clavaba en el hombro y los fragmentos de cristal le laceraban la piel.

Un dolor cegador de vez en cuando cubría su visión con un manto blanco.

Luchó por apartarlo, decidido a no dejarse consumir por el miedo que lo había atormentado durante gran parte de su vida.

Aullando de dolor, Jake intentó subir a Charlie más arriba del edificio.

Pero fue inútil. Estaba demasiado débil y Charlie pesaba demasiado.

—¡No funciona! —Jake miró hacia abajo, vio a qué altura estaba y cerró los ojos. La probabilidad de caerse por la ventana y despeñarse hacia su muerte aumentaba con cada segundo que pasaba.

—¡Jake! —gritó Elizabeth detrás de él. Se acercó corriendo y se agachó a su lado. Su mano se posó en su espalda; fue una bendición, el primer contacto físico con ella que sentía en lo que parecía una eternidad—. Jake, ¿qué estás haciendo?

—Tengo. Que salvarlo. —Jake hacía una pausa con cada aliento.

—¿Qué? No puedes. Es un asesino, un psicópata. No merece vivir.

Jake no necesitaba que se lo recordaran; el cadáver del empleado de la Organización Mundial de la Salud que yacía a su lado era un recordatorio constante de ese hecho.

—Elizabeth —dijo Jake—. Confía en mí. No podemos dejar que muera.

—Sí que podemos.

—Si lo hacemos, ¿seremos mejores que él?

Elizabeth no dijo nada.

—Liz, es posible que pueda crear un antídoto. Esto es algo más que simple moralidad. Se trata de salvar a todas las personas que podamos.

—Está bien —susurró ella, con la voz apenas audible junto al oído de Jake—. ¿Qué necesitas que haga?

—Sugeta mis piernas. —Elizabeth le agarró los tobillos—. ¡Charlie, trépame! ¡Sube por mi brazo!

El sonido de las sirenas y los gritos de abajo se interpusieron en las palabras de Jake.

Charlie tiró del brazo de Jake, que sintió como si se le fuera a salir de su sitio.

Sus dedos se clavaron a través de la ropa de Jake y se hundieron en su piel.

Jake cerró los ojos, bloqueando el dolor punzante.

Entraba y salía de la consciencia como un péndulo de Newton.

Gritó de agonía.

El peso de Charlie le había desencajado por completo la articulación del hombro, sacándosela de su sitio.

Ahora tenía ambos hombros lesionados. Sería incapaz de hacer nada.

Ni siquiera arrestar a Charlie y mantenerlo inmovilizado contra el suelo hasta que llegara el resto del Servicio de Policía Metropolitana.

Tenía que tomar una decisión: dejar que Charlie resbalara y cayera hacia su muerte, o dejar que trepara por el resto del cuerpo y escapara hasta la base del edificio.

La decisión se tomó sola.

La mano de Elizabeth colgaba junto a su cara.

Otra mano se le unió. La de Charlie. El cuerpo de Jake estaba tan entumecido por el dolor y el frío que no se había dado cuenta de lo mucho que Charlie había subido.

Elizabeth izó al hombre hacia el interior del edificio y, por un momento, los tres se quedaron tumbados en el suelo, recuperando el aliento.

Mientras Jake luchaba por incorporarse, Charlie rodó sobre sí mismo, se puso en pie y se precipitó hacia la bolsa de deporte que estaba en el suelo.

—Charlie, quédate donde estás —dijo Jake, con dificultad. Elizabeth corrió a su lado y le ayudó a levantarse. Él la abrazó con la poca energía que le quedaba, la estrechó contra su pecho, ignorando el dolor. Había perdido todo el control de su brazo derecho y no podía moverlo.

—No puedo hacer eso, Jake —dijo Charlie, recogiendo la bolsa. Se miraron el uno al otro, suspendidos en un momento de incertidumbre. La expresión de Charlie era modesta, sin revelar nada—. Aún hay cosas que tengo que hacer.

Charlie metió la mano en la bolsa.

—¡Eres malvado! —gritó Elizabeth, apoyada en el hombro de Jake—. No te saldrás con la tuya.

El genetista sonrió lentamente y sacó un vial de cristal de la bolsa.

Miró directamente a Jake mientras hablaba.

—Hay maldad dentro de todos nosotros. Lo aprendí hace mucho tiempo.

Puede permanecer latente durante la mayor parte de tu vida, pero está ahí.

Tú y yo lo sabemos. Lo que pasa es que yo no tengo miedo a aceptarlo.

—Sacudió el tubo de cristal en el aire—.

Este virus es solo el principio. La sobrepoblación siempre será un problema.

Muchos estarán de acuerdo conmigo. Puedo verlo en tus ojos, Jake; tú también lo estás. ¿Cuál es tu maldad?

Justo cuando Jake abría la boca para responder, Charlie salió disparado. Saltó la mesa volcada por unos metros, agarró su gran bolsa de lona contra el pecho y salió corriendo del restaurante, dirigiéndose hacia la parte trasera, la más cercana a la cocina.

Así, sin más, Paxman se había ido. Jake no sabía si quería reír o llorar.

Al final, dejó de prestar atención a Paxman y se centró en todo lo demás que había en la sala. En todo lo bueno de su vida. En todo lo que le hacía sentirse completo.

Ellie y Maisie habían sobrevivido ilesas y sin daños, a excepción de Elizabeth, que tenía un ligero rasguño en la cara.

Lo abrazaron. Le hicieron sentirse cálido y poderoso, como si no hubiera nada en el mundo que pudiera detenerlos.

Sintió tanta sangre y amor corriendo por sus venas en ese momento que no quería que terminara.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Ella asintió. —Estoy bien.

—¿El bebé?

Sus manos bajaron hasta su vientre. —Bien, creo.

Jake sonrió, besó a Elizabeth en la frente y dirigió su atención a sus otras hijas. —¿Cómo están mis niñas? —Jake se agachó a su altura. Se sostenía el hombro dislocado con el brazo izquierdo. Cualquier movimiento en ambos le causaba agonía.

—¡Papi! Tengo miedo —dijo Ellie, corriendo hacia él—. ¿Se ha ido ya el hombre malo?

—Sí, cariño. Se ha ido. No te preocupes. Ya no le hará daño a nadie más. —Jake apartó a Ellie de su cuerpo y la miró a los ojos—. No te ha hecho nada, ¿verdad? ¿A ninguna de las dos?

Ambas niñas negaron con la cabeza. Mechones de pelo rozaban sus rostros bañados en lágrimas.

—Bien. Habéis sido muy valientes ahí fuera. Estoy muy orgulloso de las dos. —Jake las abrazó y las besó en la cabeza. El olor de su champú le llegó a la nariz y una sensación de calidez recorrió su cuerpo.

Jake se separó y miró a la mujer desconsolada y destrozada que estaba en el suelo al lado de su marido, acunando lo que quedaba de su cabeza entre las manos. Ellen estaba sentada al otro lado de su padre, sosteniéndole la mano.

Se sintió enfermo. La gravedad de la muerte de Alex cayó sobre él como un avión contra el suelo.

Estaba enfadado. No, estaba furioso. Kieran Hopkins había asesinado brutalmente a su amigo.

A Jake no le importaba si había sido un accidente.

Siempre existía el riesgo de que Hopkins hubiera dado a un civil y, ante ese riesgo, no debería haber apretado el gatillo; no importaba que fuera el mejor tirador que el país hubiera tenido jamás.

Jake se puso de pie, caminó hacia Karen, se agachó y la abrazó con su brazo izquierdo ensangrentado. Fue entonces cuando llegaron las lágrimas, el punto en el que las barreras de la fortaleza emocional de Karen finalmente se desgastaron y el torrente de agitación brotó a raudales.

—¿Por qué tuvo que hacerlo? —gritó Karen entre sollozos. Empezó a hiperventilar—. ¿Por qué tuvo que ser tan tonto e intentar evitar que ocurriera?

—Todo va a salir bien —le dijo Jake, aunque sabía que era mentira. Nada volvería a estar bien. Nada le devolvería a Alex—. Es un héroe. Murió protegiéndoos a ti y a su familia. Te puso por delante de sí mismo, y no lo olvides nunca.

—Fue un tonto.

—No, no lo fue. Estaba haciendo aquello para lo que se comprometió hace todos esos años cuando te casaste con él y formasteis una familia.

Se comprometió a protegerte a ti y a los niños, sin importar el coste.

Siempre te puso por delante de sí mismo.

Es uno de los términos y condiciones —dijo Jake.

De algún modo, logró esbozar una sonrisa. Karen no podía sostenerle la mirada.

Jake la estrechó contra sí tan fuerte como pudo durante un momento más, luego la soltó y la ayudó a ponerse en pie.

Sacudiéndose la ropa, con la cara, el atuendo y el pelo empapados de agua, dijo: —Bien, necesito que os quedéis aquí...

—¿A dónde vas? —le interrumpió Elizabeth.

—Tengo que irme. Charlie todavía tiene el virus.

Dios sabe si liberó otro vial con la bomba o si eso fue solo un señuelo todo el tiempo.

De cualquier forma, creo que va a liberarlo ahora.

Si tengo alguna posibilidad de evitar que eso ocurra, es ahora.

Solo necesitaba saber que todos estabais a salvo primero. Esto no ha terminado todavía.

Nadie dijo nada. Jake buscó en su bolsillo el teléfono que Kayla le había dado.

No estaba allí.

¡Joder! Jake se palpó los bolsillos, delanteros y traseros, buscándolo, sabiendo que no lo encontraría. Y entonces se dio cuenta de algo más: el arma que Tim le había dado también se le había caído. Debieron de salirse cuando él y Charlie lucharon en el suelo.

—¿Jake? —dijo Elizabeth, tocándole el brazo—. ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?

—Búscame un teléfono. Tengo que hacer una llamada. Y una pistola. Tenía una. Se me cayó del bolsillo. Encuéntrala.

Mientras Elizabeth escudriñaba el suelo en busca de un teléfono, Jake caminó hacia la masacre junto a la ventana. Sus ojos buscaron a Benjamin Weiss o Marianne Evans, las némesis de Charlie Paxman. No se veían por ninguna parte entre los muertos. Habían escapado. Y él los había salvado.

—Oye —dijo Elizabeth, regresando a su lado. En su mano ocultaba la SIG que Tim le había dado y se la pasó a Jake. Él le dio las gracias y se la puso en la cinturilla, contra la base de la espalda.

Se dio la vuelta y se dirigió hacia el centro del reservado. Cuando llegó a la mitad, Maisie levantó la mano, sosteniendo un teléfono. —¡Papi! —gritó—. Creo que lo he encontrado. ¿Es tuyo?

Jake tomó el teléfono y lo examinó. La pantalla de inicio se iluminó, revelando una imagen de sus tres chicas: Elizabeth, Ellie y Maisie.

—Esa es mi princesa —dijo Jake, dándole a Maisie otro beso en la frente.

Desbloqueó el teléfono, navegó por su agenda y marcó.

—Frances, ¿eres tú? Frances, soy Tanner.