El Piso 68 (DC Jake Tanner 17) Capítulo 66
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Capítulo 66

E l hueco de la escalera estaba en silencio, salvo por el sonido de la respiración agitada de Jake y el de sus pies cansados y doloridos sobre los peldaños.

La sangre le bombeaba por todo el cuerpo.

A estas alturas, la hemorragia de la herida de bala se había contenido; la tela envuelta fuertemente alrededor de su hombro estaba húmeda y caliente.

Jake se detuvo en la planta treinta y dos.

Al otro lado de la puerta de seguridad se encontraba el restaurante Oblix.

Jake desató el nudo del hombro e inspeccionó la herida.

El surco en la parte superior era grande, y jirones de carne colgaban de donde el metal le había lacerado la piel.

Levantó el hombro hacia arriba y luego hacia fuera trazando un círculo para comprobar su movilidad.

Lo sentía rígido, tenso, y solo podía elevarlo lateralmente; moverlo hacia delante le resultaba demasiado doloroso.

Pero no había nada que pudiera hacer al respecto; ya era demasiado tarde para remediarlo.

Jake dobló la tela por la mitad y volvió a apretarla, esta vez con una parte limpia apoyada sobre la herida.

De pie ante las puertas dobles, exhaló profundamente. Se preparó para el horror que le aguardaba al otro lado.

Jake preparó la tarjeta de seguridad de Tim, pero pronto se dio cuenta de que no la necesitaba.

La puerta estaba entreabierta y el pomo había sido acribillado a balazos.

Se inclinó más, intentando otear por la rendija, pero no pudo ver nada.

Una corriente de aire le rozó los pies y las manos, erizándole el vello de los brazos.

El sonido de un grito desgarrador lo sobresaltó.

Se le formó un nudo en la garganta. En cuanto oyó el ruido, sus instintos deberían haber tomado el mando; en circunstancias normales, habría corrido hacia el sonido para intervenir.

Pero esta no era una situación normal. Esto era mucho peor.

El grito continuó, y ahora lo armonizaba una serie de gritos profundos y barítonos. Jake intentó deducir qué había pasado: no se había oído ningún disparo y, sin embargo, una mujer estaba gritando.

A través de la cacofonía que emanaba a escasos diez metros de él, Jake oyó a alguien gritar:

—¡Mi bebé! ¡Mi bebé!

Aquellas palabras lo angustiaron, llenándolo de una sensación de pavor paralizante.

Escuchó atentamente el acento, el tono y la entonación de la mujer histérica.

Jake llegó a la conclusión de que no era Elizabeth quien gritaba; tras haberla visto dar a luz dos veces, sabía cómo sonaba cuando estaba sometida a un dolor y un estrés inmensos.

Y de repente, todo cesó. Un disparo resonó por la sala como el estallido de un globo. La pequeña explosión del arma impuso un silencio absoluto.

Jake se temió lo peor.

Elizabeth. Maisie. Ellie. Karen. Alex. Ellen. ¿Había muerto alguna de ellas? ¿Le había disparado Charlie a alguna? ¿O ya estaban muertas y ahora él se limitaba a acabar con el resto del grupo?

Entonces sus pensamientos dieron un giro de ciento ochenta grados.

¿Era Hopkins? ¿Ya estaba aquí? ¿Le había pegado un tiro en la cabeza a Paxman poniendo fin a la pesadilla de hoy?

Jake no pudo evitar sentir que habría preferido esa opción.

A pesar de lo que había dicho Frances, quería que Paxman sufriera de formas inimaginables; formas tan horribles como las que él había infligido a aquellos a los que había disparado.

Charlie era malvado, inhumano y, Jake lo sabía, no se detendría hasta salirse con la suya.

Tragando saliva, Jake entró en el restaurante y se reveló ante el hombre al que iba a salvar.