Capítulo 65
—¡ E lige a uno! —le gritó Charlie a otra mujer que había seleccionado de entre la multitud. Esta era diferente, más callada, tímida. Las lágrimas le corrían por la cara y se rodeaba el cuerpo con los brazos—. Todos tienen que morir; solo estarás acelerando el proceso.
La mujer permaneció inmóvil, desafiante.
Asustada. Charlie la agarró por el pelo y la obligó a ponerse de rodillas.
Se estaba enfadando. No le gustaba que la gente le desobedeciera.
No le gustaba que lo ignoraran. Que lo retrasaran.
Que lo menospreciaran. Lo habían hecho durante toda su vida, y ahora era el momento de demostrarles lo en serio que iba. Era hora de enseñarles algo de respeto.
—Te lo he dicho, ¿no? —le siseó al oído a la mujer—. Si no haces lo que te digo, sufrirás el mismo destino que ella.
Charlie señaló con la cabeza a la mujer menuda que había matado hacía unos instantes.
Sacó el cuchillo de carne que Jake Tanner guardaba en su bolsillo trasero y lo puso contra la garganta de la mujer que tenía al lado.
No era la hoja más afilada que había empuñado nunca, pero serviría.
Sería suficiente para transmitir su sinceridad.
Charlie se inclinó hacia delante. Sus ojos se encontraron con los de la rehén, bajaron por su cuerpo y notaron un pequeño bulto en su vestido que ella había estado ocultando con los brazos.
Era algo de lo que no se había percatado antes, y ella se había esforzado por escondérselo.
Era circular, demasiado sólido para ser exceso de grasa.
Lo cual solo podía significar una cosa: estaba embarazada.
Otra más. Otro engendro al que poco le importa la cantidad de sufrimiento que le están causando al planeta.
La mano de Charlie le tocó el vientre. La reacción de la mujer confirmó sus sospechas: se sobresaltó y le apartó la mano de un manotazo, intentando zafarse de su agarre mortal. Él sonrió y bajó el cuchillo.
—Muy bien —dijo—. ¿Qué te parece si lo planteo así? Eliges a uno de ellos para que muera, o mataré a tu hijo no nacido.
Los ojos de la mujer se abrieron de par en par y brillaron con una incertidumbre que Charlie saboreó.
Iba a arrebatarle cualquier esperanza que pudiera tener de salir con vida a menos que hiciera lo que él ordenaba.
El pelo de la mujer se agitó al aumentar el viento en el exterior, azotándole la cara y cubriendo el horror de su expresión.
—¡Por favor, no!
Charlie la ignoró.
Tres, contó mentalmente.
—Yo... yo... —La mujer miró a la multitud de venerados científicos—. Yo...
Dos.
Justo cuando la mujer abrió la boca, Charlie le hundió la hoja en el estómago.
Uno. Demasiado tarde.
La mujer gritó. Sus manos volaron hacia su vientre y apartó a Charlie con el hombro.
Una flor carmesí de sangre se extendió por su blusa lila.
Un hombre de entre la multitud corrió a su lado.
La sostuvo en sus brazos. Charlie retrocedió para dejar que el hombre intentara rescatarla a ella y a su bebé.
—¡Que alguien me dé una chaqueta! —gritó el hombre, con las manos presionadas firmemente contra el estómago de la mujer, aplicando presión sobre la herida que escupía la fuente de sangre que se acumulaba a su alrededor.
Otros miembros de la multitud se pusieron en pie de un salto y atendieron a la mujer moribunda. Charlie sabía que, si no recibía atención médica inmediata, moriría. Según sus cálculos, solo le quedaban unos minutos de vida.
La atención de Charlie decayó y se volvió hacia Benjamin Weiss y el resto de los responsables de su despido de la Organización Mundial de la Salud. Se reajustó el AK-47 en el hombro y apuntó a uno de ellos.
—Lucas —ladró por encima del sonido de los gritos de la mujer—. Levántate de una puta vez, ahora.
La adrenalina le recorrió el cuerpo. Resultaba excitante, estimulante, ajeno. Algo en su interior —el deseo de reducirlo todo a cenizas— estalló. No sabía de dónde venía, pero ahora que habían arrancado los candados de la trampilla, no habría nadie capaz de detenerlo.
Luke se puso en pie, con el cuerpo temblando de miedo.
Charlie apuntó. Estabilizó la respiración. Y apretó el gatillo.