El Piso 68 (DC Jake Tanner 17) Capítulo 47
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Capítulo 47

A lex Tough no sabía qué sentir; no sabía qué pensar.

Lo único que sabía era que la frente le dolía horrores y que el reguero de sangre que le bajaba por el lado de la cara aumentaba cada segundo.

Agarró una servilleta del suelo y se la apretó contra la piel.

No sentía nada. Tenía el cuerpo entumecido por el dolor.

Miedo. Cobardía. Arrepentimiento. Culpa.

Acababa de presenciar —y de permitir— que un bioterrorista secuestrara y se llevara a su único hijo. ¿Y qué había hecho él al respecto? Nada. Había sido un egoísta. No había querido salir herido y, en su lugar, había arriesgado las vidas de sus seres queridos.

Karen y Ellen estaban fundidas en un abrazo. Él había dejado en manos de ella la tarea de proteger a su hija de la realidad de lo que estaba sucediendo. Las lágrimas resbalaban por las mejillas de ambas.

Alex extendió la mano hacia el hombro de Karen. Ella se lo quitó de encima de una sacudida y lo fulminó con la mirada.

—No me toques —dijo ella—. Cobarde. Podrías haberlo protegido.

Podrías haberlo salvado. Si te hubieras comportado como un hombre —como un padre—, nada de esto estaría pasando.

Jake no permitiría que eso les pasara a Ellie o a Maisie.

Habría hecho todo lo que estuviera en su mano para asegurarse de que estuvieran a salvo. Tal como está haciendo ahora.

Karen siseó las palabras, cargadas de un veneno que lo emponzoñó hasta el alma.

Pero fue ese nombre el que despertó el interés de Alex.

Jake.

Al principio, Alex había pensado que el tonteo casual de Karen con Jake era solo eso: casual.

Elizabeth fue la primera en hacérselo notar, pero él no la había creído; no había querido creerla.

Sin embargo, a medida que ocurría con más frecuencia y los indicios se volvían más evidentes, también lo hacían sus sospechas.

Karen sentía algo por Jake, estaba claro.

Y sus palabras de ahora eran todo lo que necesitaba para confirmar su interés por él.

Los tocamientos de pierna bajo la mesa, las risas por sus chistes sin gracia, el modo en que lo examinaba, cómo lo miraba, cómo le hacía ojitos —incluso cuando creía que nadie más la veía—; todos los demás avances que ella le hacía también estaban ahí.

Y ahora lo sabía.

Alex había utilizado a Elizabeth como confidente.

Alguien con quien poder hablar del tema.

Ella intentaba tranquilizarlo, pero ambos sabían que era inútil.

Ella no tenía nada de qué preocuparse; la culpa era toda de Karen, por supuesto.

Jake era un buen marido. Jake era leal. Jake ni había correspondido ni había instigado nada de aquello.

Jake, el modelo a seguir.

Jake, el tipo íntegro.

Jake, el héroe.

Jake, aquel a quien todos admiraban.

Alex lo odiaba. Odiaba que lo relegaran a un segundo plano por alguien a quien Karen ni siquiera conocía de verdad; alguien con quien no había pasado los últimos quince años construyendo una vida.

Alex se quedó allí sentado, en el suelo del Oblix, contemplando, reflexionando, considerando.

¿Cómo reaccionaría Karen si él muriera? ¿Cómo reaccionaría él si ella muriera?

¿Cómo cambiarían las cosas si ya no estuvieran juntos?

¿Le importaría? ¿Le afectaría? No lo creía. Pero quizá el tiempo lo diría.