Capítulo 33
C iara necesitaba aire fresco con urgencia.
Necesitaba despejarse y asegurarse de que era capaz de reaccionar como es debido.
Acababa de pasar los últimos diez minutos en el baño, vaciando el contenido de su estómago en el inodoro.
Le dolían el cuerpo y la garganta, y cada vez que intentaba inhalar, el olor la hacía sentir peor.
Nunca había visto tanto de su propio revestimiento gástrico.
Al terminar, había hablado con su jefe, le había explicado la situación y había organizado un equipo de respuesta de emergencia para The Shard.
Había decidido omitir el hecho de que la persona que había muerto era su compañero de piso.
El aire frío del exterior de Scotland Yard era revitalizante y la ayudó a calmarse.
A lo lejos, dominando todo lo demás en el horizonte, se alzaba The Shard.
Pensó en Rik. En que solo habían hablado la noche anterior.
En cómo él le había dicho que se lo pasara bien y que tuviera cuidado.
Pensó en que no volvería a verlo nunca más, y de pronto la golpeó un muro de dolor.
Una parte de ella quería fumar para aliviar el estrés, para distraerse de todo.
La otra parte le decía que no se acercara a ese hábito asqueroso que había dominado su vida durante tantos años: los dientes y las manos manchados de amarillo, la tos dolorosa.
Sabía que sería malo para el bebé, pero en ese momento no le importaba. Necesitaba despejar la cabeza.
Echó mano del paquete de cigarrillos de emergencia que guardaba en su escritorio. Hizo rodar el cigarrillo entre sus dedos y se quedó pensativa. El olor le subió por las fosas nasales. Olisqueó con fuerza, sintiendo ya los efectos de la nicotina en su cerebro.
Un fuerte ruido frente a ella la distrajo. Un hombre acababa de caer al suelo delante de ella al chocar con un corredor, lo que hizo que ambos terminaran apoyados sobre sus manos y rodillas.
—Dios mío —dijo ella, guardando los cigarrillos en su chaqueta holgada y corriendo hacia ellos.
Se agachó y dejó caer su abrigo sobre el hormigón. No lo llevaba puesto. Tenía demasiado calor.
—¿Está bien? —le preguntó al hombre bien vestido, que le resultaba vagamente familiar. A su lado, otra mujer que estaba en su descanso para fumar atendía al corredor—. ¿Se ha hecho daño?
—No. Estoy bien —dijo él, apartándola de un empujón—. Ya puede soltarme.
Ciara hizo lo que le decía, decidiendo que sería imprudente ofrecer más ayuda a aquel hombre. Era evidente que estaba cabreado por algo, y ella no se encontraba en un estado mental adecuado para verse envuelta en un altercado.
El hombre se puso en pie de un salto. Ciara se levantó con él, recogiendo su abrigo al hacerlo y colocándoselo bajo la axila. Justo cuando iba a preguntarle por última vez si estaba bien, llegaron dos agentes de policía.
—¿Dónde está? —preguntó el hombre, cacheándose frenéticamente el pecho, los bolsillos y los vaqueros—. ¿A dónde ha ido?
Ciara aprovechó el momento para marcharse.