Capítulo 32
A Elizabeth le latía el corazón con fuerza.
Le dio un sofocón y se sintió desfallecer.
Acababa de ver cómo le disparaban a su marido en el hombro.
Tenía la boca abierta, pero no le salía la voz.
Un miedo tan maternal y amoroso la paralizaba.
Detrás de ella, aferrándose con fuerza a sus caderas, estaban Maisie y Ellie.
Ambas sollozaban contra el vestido de Elizabeth.
Se quedó allí sentada, evaluando las acciones de Jake.
Había puesto en peligro la vida de todos.
Había huido y ahora no había nadie para protegerlos.
Por supuesto, estaban todos los demás en el restaurante, pero ninguno de ellos había dado la cara todavía, así que ¿por qué iban a hacerlo ahora?
Además, ya habían visto lo que le ocurría a alguien cuando lo hacía.
No había ninguna posibilidad de que eso pasara.
No... Maisie y Ellie eran blancos fáciles, y ahora tendría que protegerlas ella. La madre en avanzado estado de gestación. La madre que apenas podía sentarse un segundo antes de que todo empezara a dolerle. La madre que necesitaba ir al baño cada cinco minutos.
Charlie, el camarero trastornado, regresó.
Tenía el labio y la nariz ensangrentados.
Caminaba con una ligera cojera y le faltaba el aliento.
La luz de la tarde se reflejaba en su rostro y proyectaba sombras ominosas en sus mejillas, que bailaban de arriba abajo mientras su pecho se agitaba con cada bocanada de aire.
Cuando Charlie se detuvo, se oyó un golpe sordo.
Detrás de las mesas volcadas, a Elizabeth le resultaba difícil calibrar qué lo había causado.
Pero no tardó mucho en descubrirlo. Charlie se agachó, agarró al hombre calvo por el cuello y arrastró su cuerpo a lo largo de las mesas, doblando por un lado hasta meterlo en el cercado junto al montón de teléfonos.
Todo el mundo gritó. Elizabeth miraba con horror.
Se miró las piernas, se levantó ligeramente el vestido y observó el suelo. El teléfono seguía allí. Pero el nombre y el número de Mamadou habían desaparecido. Elizabeth se quedó helada. El mundo a su alrededor se quedó en blanco. Su único contacto con el exterior se había esfumado.
Cerró los ojos. Rezó para que Jake o Mamadou o alguien más viniera a rescatarlos. ¿Cuánto tardarían? No lo sabía, pero no podía permitirse esperar. Sus vidas estaban en juego, a merced de aquel loco. Iba a tener que hacer algo. Lo que fuera.
Jake le dijo una vez que era importante hacer hablar a la persona que estaba al otro lado de una pistola. Eso los relajaba, decía él. Los calmaba.
Protegiendo a las niñas detrás de ella, Elizabeth se aclaró la garganta. —¿Por qué hace esto?
Charlie se detuvo en seco.
—¿Qué has dicho? —le preguntó.
—¿Por qué hace esto? Ninguna de estas personas le ha hecho nada para herirle.
Charlie soltó una risita. —Error —dijo. Caminó hacia ella.
Muchas de las personas que hay en esta sala me traicionaron en una vida anterior.
Y ahora van a pagar el precio. Todas ellas.
Por no hablar de su marido... me agredió y, si no me equivoco, es el responsable de haberme causado esto.
—Charlie señaló su nariz y su boca. Sus dientes estaban manchados de rojo por la sangre mientras sonreía.
Elizabeth no dijo nada.
—Ahora que se ha ido, ¿qué significa eso para usted? ¿Significa que debería vengarme en usted, en sus amigas o en el resto de su familia? —Charlie oteó a ambos lados de Elizabeth.
Otro instinto maternal se apoderó de ella, y empujó con los brazos a Ellie y Maisie hacia Karen.
—No se atreva a tocarlas.
—¿O qué? —Charlie volvió a hacer una mueca.
—Le haré sufrir una muerte dolorosa y horrible. Nadie toca a mis hijos y se va de rositas. Ya lo han intentado otros en el pasado y han fracasado.
—Qué miedo. Qué miedo de verdad. Debería ser actriz.
Elizabeth abrió la boca para hablar, pero no le salieron las palabras.
Antes de que pudiera hacer nada, el suelo vibró y el móvil rozó su muslo. Se miró el regazo. La pequeña pantalla proyectaba una forma rectangular difusa bajo el vestido. Alguien intentaba llamarla. Y acababan de delatarla.
Charlie le miró la entrepierna. Sus ojos se agrandaron. Arrebató el teléfono y lo observó en su mano. Sus pupilas se dilataron. Arrojó el teléfono al suelo, se levantó y lo pisoteó. El aparato se hizo añicos, el daño era irreparable.
—¿Quién coño es Mamadou? ¡Cómo te atreves a pensar que podrías ser más lista que yo!
—Charlie se agachó a la altura de Elizabeth, le dio un bofetón en la mejilla con el dorso de la mano y la agarró del pelo.
Elizabeth gritó cuando sintió que le arrancaba el cabello del cuero cabelludo.
No tuvo más remedio que obedecer y seguirlo para ponerse en pie, sujetándose el vientre mientras la levantaba en el aire, ignorando la presión que su vejiga ejercía sobre su cuerpo.
—¡Charlie! —gritó una voz a la derecha de Elizabeth. Venía de los reservados—. ¡Para ahora mismo!
Como si fuera una señal, Charlie se detuvo. Elizabeth tenía los ojos cerrados; el dolor era excesivo. Pero en ese momento, sintió que Charlie aflojaba el agarre de su pelo.
Al abrir los ojos, Elizabeth buscó entre la multitud el origen de aquel apoyo. Quienquiera que fuese, acababa de salvarla de una muerte potencial. La reconoció como la mujer que había estado sentada en la mesa de al lado durante el almuerzo.
Charlie se rió. Fue una carcajada malvada, loca, insidiosa.
Resonó por todo el restaurante. Lanzó a Elizabeth al suelo de lado, y ella aterrizó a los pies de sus hijas, absorbiendo la mayor parte del impacto con las manos.
Se arrastró hacia ellas y las acurrucó contra su pecho, ignorando el dolor en el vientre.
La mejilla le palpitaba mientras la sangre afluía a ella.
Se había acabado. Ahora Mamadou y todos los demás en el Mando Antiterrorista estarían vendidos, sin nadie con quien contactar.
—Marianne —empezó Charlie, dirigiéndose hacia la pared de la derecha—, eso antes funcionaba. Ya no.
Marianne se puso de pie. Al abandonar la protección de sus colegas, apartó de un manotazo las manos de estos, que intentaban retenerla.
—Por favor, para. Baja el arma. Estoy segura de que hay algo que podemos hacer. Estoy segura de que hay algo que podemos discutir. Danos algo de tiempo y podremos solucionarlo. Entre todos.
—Ojalá eso fuera cierto.
—¿Por qué no lo es?
—Porque esto tiene que hacerse, Marianne. Tiene que ocurrir.
—¿Por qué?
—Porque necesito que escuchéis. Tú y todos los demás que solíais llamaros mis colegas.
Esos cabrones que me traicionaron. —Charlie levantó el arma.
Elizabeth no estaba segura de si sus ojos la engañaban, pero creyó ver una fina película acuosa formarse en los ojos de Charlie—.
Ahora, vuelve a sentarte de una puta vez antes de que te pegue un tiro.
Marianne retrocedió poco a poco, levantando las manos en señal de defensa.
—Tu hora llegará, Marianne. ¡Igual que la de todos vosotros! —Charlie se dirigió al resto de los miembros de la Organización Mundial de la Salud, sosteniendo el arma con los brazos abiertos—. Solo el tiempo, nuestro mejor amigo, nos dirá cuándo.