El Piso 68 (DC Jake Tanner 17) Capítulo 31
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Capítulo 31

J ake sentía frío. Miedo. Debilidad. Claustrofobia.

Falta de aire. Como si estuviera encerrado en una cámara, atado a una silla, con el sonido de una tubería que gotea volviéndolo loco.

El hueco de la escalera daba vueltas mientras tropezaba peldaños abajo.

Su estómago amortiguó los golpes, pero no fue suficiente para evitar el dolor en el hombro.

Aterrizó pesadamente sobre él y soltó un grito.

La sangre se filtraba por la herida y, a estas alturas, debido a su respiración agitada y a los latidos de su corazón, ya le había manchado el brazo izquierdo y todo ese flanco del cuerpo.

Sentía náuseas.

Necesitaba ayuda, y rápido. Tenía que restañar la hemorragia antes de perder demasiada sangre.

Jake recordó su entrenamiento. Usando la mano derecha y las fuerzas que le quedaban, se quitó el abrigo y arrancó la manga de la camisa de su brazo izquierdo.

Hizo una mueca y apretó los dientes cuando el movimiento sacudió la herida, enviando otra cascada de sangre por su bíceps.

Jake se echó la prenda sobre el hombro izquierdo, la agarró por debajo de la axila y anudó la tela sobre el agujero de la bala.

Fuerte. Apretó los puños para combatir el dolor mientras luchaba contra el delirio de la inconsciencia.

Jake se quedó inmóvil un instante. Escuchó.

Silencio. No hubo más disparos. Ni gritos. Nada.

Convencido de que su familia estaba a salvo por el momento, Jake subió las escaleras, con la chaqueta rozándole los talones.

Recordó que el hotel Shangri-La estaba en la planta treinta y cuatro.

Había leído el directorio de plantas abajo, en la entrada del edificio, al llegar.

Tendrán un botiquín de primeros auxilios. Vamos.

Jake subió las escaleras a trompicones, sintiéndose cada vez más fatigado a medida que ascendía.

Llegó a la puerta de la planta treinta y cuatro.

Reuniendo todas sus fuerzas, se apoyó contra ella, esperando que cediera y le permitiera entrar.

No fue así. Tras varios intentos, golpeó la puerta con los puños, furioso y frustrado.

Menos de un segundo después, se abrió. Un civil desconcertado estaba al otro lado, aterrorizado ante la visión del cuerpo de Jake cubierto de sangre.

Jake lo ignoró y entró tambaleándose en el vestíbulo.

El hotel Shangri-La estaba concurrido. Clientes con maletas deambulaban por el suelo de mármol.

El personal de recepción y los botones se cruzaban unos con otros, corriendo por la entrada y atendiendo cada necesidad de los clientes.

Había cierta atmósfera en los hoteles que a Jake le gustaba.

Solía sentirse cómodo en ellos porque había mucha actividad, lo que satisfacía su necesidad de estar haciendo algo.

Le relajaba saber que el mundo estaba en constante movimiento. Que todo estaba como debía estar.

Sin embargo, la visita de hoy al hotel era diferente.

Con la sangre goteando por su brazo hasta el suelo, Jake se detuvo en el mostrador de recepción.

Un hombre vestido con camisa y chaleco, con el pelo engominado hacia atrás como si lo hubiera sumergido en un cubo industrial de gomina, lo miró horrorizado.

Abrió la boca y sus ojos se dilataron de asombro; las arrugas de su frente se acentuaron.

—Dios mío —fue todo lo que el hombre alcanzó a decir. Jake miró la placa con el nombre en el bolsillo del pecho del hombre.

—Nathan, necesito un botiquín y una sala de curas si tienen. Es una emergencia. Soy policía —dijo Jake, demasiado cansado para mostrar su placa al joven que tenía delante.

Nathan miró a su alrededor con desesperación. Se puso de rodillas y buscó a tientas un botiquín. Cuando volvió a incorporarse, tenía las manos vacías.

—Yo... no hay nada aquí —dijo Nathan con voz débil.

—Pues busque algo. —Jake hizo una mueca de dolor. Su paciencia se estaba agotando.

—Sí. Claro. Iré... iré enseguida, ¡espere!

Una compañera de Nathan, vestida con el mismo uniforme, se acercó a ellos. En la mano llevaba una carpeta con documentos y, por el ruido que hizo al caer al suelo, algo de cristal.

—Dios mío —dijo ella, como si fuera un calco de Nathan.

—Kayla —dijo Jake, leyendo su identificación—.

Cálmese. Solo necesito un botiquín y algo de alcohol.

Eso es todo. Y necesito que alguien llame a la policía.

Díganles que ha habido un ataque en el restaurante Oblix.

Díganles que es urgente. Díganles que el detective Tanner solicita refuerzos inmediatos.

Kayla asintió, asimilando la información. —¿Necesita una ambulancia?

—Yo no, pero otros sí. Solo necesito un botiquín, ¿saben dónde está?

Kayla se volvió hacia Nathan y dijo: —Llama a la policía. Yo lo llevaré a la sala médica. —Se dirigió a Jake—: Sígame.

Atravesaron rápidamente el vestíbulo hasta el otro extremo, pasando por una zona de descanso donde había huéspedes sentados, y cruzaron una puerta cercana.

Entraron en un amplio pasillo de un blanco hospitalario.

Jake miró hacia el fondo. Estaba muy lejos y, mientras permanecía allí, las paredes y el pasillo empezaron a latir, como si fueran una vena palpitante en el cuerpo del edificio.

Jake sentía las piernas débiles. Estaba perdiendo mucha sangre y pronto se desmayaría.

—¿Señor? —preguntó Kayla, sujetándolo por los brazos. No sintió dolor cuando ella lo tocó—. ¿Señor? ¿Se encuentra bien?

—Dése prisa —le dijo Jake. No había tiempo que perder hablando con frases completas y coherentes.

Con miedo e incertidumbre en los ojos, ella le tendió la mano.

Jake la tomó. Apretándole los dedos, Kayla lo arrastró por el pasillo.

Se detuvieron ante unas puertas dobles. Lo condujo a una sala de primeros auxilios de emergencia.

Había dos camas de hospital en el centro, con equipo médico a ambos lados.

Jake supuso que ese era el lugar al que acudir si alguien en el edificio de más de setenta plantas sufría una lesión o un paro cardíaco.

—Pinzas. Vendas. Alcohol —dijo Jake entre jadeos. Sus ojos recorrieron la habitación en busca de los objetos. Y entonces se le ocurrió una última cosa—: Una toalla.

Kayla lo miró perpleja, como queriendo decir: «¿Para qué necesita una de esas?».

Jake ignoró la mirada que le lanzó y registró el lado derecho de la sala mientras Kayla buscaba en el izquierdo.

Jake abrió cajones, armarios, bandejas, metió la mano dentro y lo tiró todo al suelo.

Se mareaba por momentos. Si no detenía la hemorragia y extraía lo que quedara de la bala, se desmayaría con toda seguridad.

¡Sí! Allí estaba. El alcohol y las pinzas. Ahora solo le faltaban una venda y una toalla. Jake se dio la vuelta y vio a Kayla con esos objetos en las manos.

—Gracias —masculló.

Cruzando la habitación, Jake se sentó, dejándose caer pesadamente, y se metió la toalla en la boca.

Con los dedos ensangrentados, Jake intentó deshacer el nudo que había hecho con la manga, pero estaba demasiado débil.

Kayla lo ayudó. Retiró la manga de su hombro y abrió el paquete de vendas.

Jake desenroscó la tapa del alcohol y empapó la herida con él.

Un dolor inmenso consumió su cuerpo, lo hizo vibrar, temblar.

Gritó contra la toalla, mordiendo el tejido con fuerza hasta que le dolió la mandíbula.

Oleadas de náuseas lo golpearon como el embate de la marea contra un acantilado. La cabeza le caía de un lado a otro.

Kayla le dio repetidos golpecitos en la cara y el hombro.

—¿Señor? ¿Señor? —Su voz estaba cargada de angustia—. Vamos. Manténgase despierto.

Recuperó el conocimiento. Jake se enderezó de golpe.

Limpió la sangre de su hombro y luego tanteó el interior de la herida para localizar la bala.

Pero no estaba allí. Nunca lo estuvo. Solo era una herida superficial; la bala solo había penetrado en la parte superior del trapecio, desprendiendo algo de carne y hueso.

Había parecido más doloroso y grave de lo que en realidad era.

Sin perder tiempo, Jake cubrió la herida con una venda y la envolvió con firmeza. El dolor remitió, pero seguía latiendo. Jake se recostó, con el pecho agitado.

Delirante y en estado de shock, murmuró: —Teléfono.

No hubo respuesta. Miró hacia arriba; Kayla lo había dejado y estaba al otro lado de la sala, sirviéndole un vaso de agua. Volvió y se lo entregó.

—No va a ir a ninguna parte por ahora. Beba. —Kayla acercó el vaso a la boca de Jake.

El agua bajó por su garganta y la refrescó. Envió una sensación gélida por todo su cuerpo. Jake se la bebió de un trago.

Sintiéndose tonificado, hizo amago de levantarse de la silla.

Kayla volvió a empujarlo hacia abajo.

—No. Se queda aquí. No puede ir a ningún lado todavía. ¿Qué ha pasado?

Jake negó con la cabeza. —Primero el teléfono. Luego las explicaciones.