El Piso 68 (DC Jake Tanner 17) Capítulo 27
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Capítulo 27

L a línea se cortó. Tim se quedó mirando al frente, a la nada.

—¿Diga? —gritó al micrófono, y su voz resonó por el rellano—. ¿Diga? —Al no recibir respuesta, dijo—: No me lo puedo puto creer. Se ha ido.

—¿Pruebas otra vez? —sugirió Vince—. Alguien más responderá. Tienen que hacerlo.

Asintiendo, Tim marcó. Antes de que el teléfono conectara la llamada, la línea se quedó en silencio.

—¡Mierda! —exclamó, apretando el móvil entre las manos por la frustración—. Me he quedado sin señal. No me lo creo.

—Toma, prueba con el mío —Vince se metió la mano en el bolsillo, sacó su teléfono y dijo—: Nada. No tiene batería. Sabía que debería haberlo cargado anoche.

Se estaban quedando sin opciones.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Tim, ignorando las luces que parpadeaban sobre sus cabezas.

Y entonces se le ocurrió. Era algo sencillo y tan obvio que podría haberles ahorrado mucho tiempo, pero había estado tan absorto en el frenesí del momento que se le había pasado por alto.

—Las cámaras de seguridad —dijo Tim, pensando en voz alta—. Todo lo que tenemos que hacer es revisar el CCTV para descubrir qué ha pasado aquí y quién ha matado a Rik.

—Vale, sí. Eso tiene sentido. Pero... espera. ¿No se habrá borrado todo? El apagón lo habrá fastidiado todo.

Tim sacudió la cabeza.

—Se guarda en la nube, tío. Ahí es donde ha ido a parar todo ese dinero, en lugar de a nuestros sueldos. Si conseguimos que uno de los ordenadores funcione, podremos acceder a las grabaciones. No debería ser un problema.

—Espero que tengas razón.

Yo también lo espero , pensó Tim.

Vince dio media vuelta y se dirigió hacia el hueco de la escalera. Antes de seguirlo, Tim miró hacia atrás. Extendió una mano para detener a Vince.

—Oye, espera —señaló el arma en el suelo—. Quizá deberíamos cogerla. Ya sabes, por si acaso tenemos que defendernos.

—No seas estúpido, Tim. Dejarás tus huellas dactilares por todo el dichoso trasto. Además, ¿has sujetado alguna vez una? Y no, disparar a tus amiguitos de trece años en un videojuego no cuenta.

—Está bien. Vámonos.

Vince volvió a ponerse en marcha primero, pero Tim se quedó atrás, corrió hacia el cuerpo de Rik, se disculpó mientras cogía el arma y se la guardó en el bolsillo de la americana. Algo le decía que era una buena idea. Que podría necesitarla en un futuro cercano. Aunque esperaba que no fuera así.

Estaba sin aliento cuando alcanzó a Vince al llegar a lo alto de las escaleras. Juntos bajaron.

La sala de seguridad estaba situada en la planta baja, escondida tras una serie de puertas y pasillos.

Era una habitación pequeña, apenas lo bastante grande para dos personas, con un escritorio y dos sillas en un extremo y una pared al fondo cubierta de monitores de televisión que mostraban las grabaciones del CCTV tanto del interior como del exterior del The Shard.

Había tanta luz artificial e infrarrojos en la sala que uno solo podía pasar un par de horas allí antes de tener que hacer una pausa para descansar la vista.

Tim entró primero en el angosto espacio.

—Parece que el dinero no ha sido un desperdicio —dijo, encendiendo el ordenador.

Sintiéndose agradecido de que los sistemas siguieran activos, Tim acercó una de las sillas de oficina al escritorio, se sentó y tecleó furiosamente. Localizó el ángulo de cámara correcto en la planta treinta, rebobinó la reproducción del vídeo y esperó.

Unos segundos después, vio al asesino cortar las tuberías de la pared, verter líquido sobre el panel de control y matar a Rik en reversa.

Tim pausó la grabación en cuanto el asesino se giró en dirección a la cámara.

La imagen era granulada y estaba pixelada.

Identificar al asesino iba a ser difícil, teniendo en cuenta que podría haber sido cualquiera de los varios cientos de empleados o civiles que se encontraban en el The Shard en ese momento en particular.

Tim pulsó el botón de «Imprimir pantalla» y la impresora en el otro extremo de la sala se puso en marcha.

—Coge eso, ¿quieres? —le dijo a Vince.

Vince se dio la vuelta, cogió el papel y lo examinó.

—No lo reconozco. ¿Y tú?

Tim miró la impresión.

—Dios. Sí —dijo, recordando de repente al hombre de los impactantes ojos verdes—. Pero no me acuerdo de dónde. Su cara me resulta familiar, me suena.

Tim volvió a teclear en el ordenador. Esta vez encontró las grabaciones del CCTV situadas en la entrada del The Shard, a pocas puertas de donde estaba sentado ahora mismo.

Inició la reproducción desde las nueve de la mañana.

El comienzo de su turno. El atacante debía de haber entrado en el edificio de alguna manera, y si había sido bajo la vigilancia de Tim, nunca se lo perdonaría.

A medida que los diminutos dígitos pasaban por la esquina inferior izquierda de la pantalla al triple de velocidad, Tim se inclinó más, con los ojos a escasos centímetros de la luz artificial. No iba a dejar que aquel atacante anónimo se le escapara de nuevo.

Para cuando llegó a las diez de la mañana, había perdido la esperanza. No había nadie que se pareciera ni remotamente al hombre de pelo rubio y ojos verdes luminosos.

Tim aumentó la velocidad. Unas figuras diminutas caminaban por la zona de recepción como si estuvieran en unos dibujos animados o en un videojuego.

En la pantalla, se vio a sí mismo inclinado sobre el mostrador hablando con las chicas, gesticulando salvajemente con los brazos.

Luego volvió a su puesto junto a las máquinas de rayos X, en la parte inferior de la imagen.

Tim detuvo la reproducción.

Un hombre vestido con ropa informal y con una gran bolsa de gimnasio colgando del hombro acababa de entrar detrás de un grupo de mujeres. Y entonces todo cobró sentido. Tim recordó perfectamente lo que había pasado.

El hombre de la pantalla se acercó a las máquinas de rayos X, con la bolsa golpeándole la cadera. Dejó la bolsa en la cinta transportadora y avanzó, desapareciendo de la vista.

Tim sabía el resto. Escaneó la bolsa, vio el contenido sospechoso, se levantó de su asiento y se acercó al hombre, pidiéndole que abriera la bolsa.

Pero nunca llegó tan lejos. La mujer del mostrador de recepción se desplomó, y Tim volvió a ver cómo se desarrollaba ante sus ojos: la mujer caía al suelo y Tim corría a su lado, permitiendo que el hombre de la bolsa pasara sin supervisión.

Era culpa suya. Había dejado que el asesino entrara en el edificio y matara a Rik y a quién sabe cuántos más. El número de muertos podría ser superior a uno, y Tim era el responsable de ello.

¿Pero quién era aquel hombre de la bolsa?

Tim rebobinó el vídeo y volvió a reproducirlo.

El hombre entró en el edificio, sacó una tarjeta de identificación del bolsillo y la pasó por los tornos.

Es un empleado. Alguien que trabaja en el The Shard, que tiene acceso a todas las plantas, está ahora por ahí matando a gente.

—Oh, joder —dijo Tim, expresando sus pensamientos en voz alta.

—¿Qué pasa? —preguntó Vince.

Tim señaló la figura en la pantalla y explicó lo que había sucedido.

—¿Cómo has podido ser tan estúpido? ¿En qué estabas pensando?

—No... no lo sé. No estaba pensando. Intentaba ayudar.

—¿Sabes quién es? Si trabaja aquí, tienes que reconocerlo.

Sacudiendo la cabeza, Tim dijo:

—¿Cómo voy a saberlo? Este ha sido mi primer turno aquí abajo en mucho tiempo.

—Averigua quién es. Comprueba los registros de entrada con la hora a la que entró.

Tim pasó los siguientes instantes en silencio mientras consultaba el registro de empleados que habían fichado a la hora exacta de las 10:14. Solo apareció un resultado.

—Charlie Paxman —dijo Tim, leyendo el nombre en voz alta—. Ese es quien es este hijo de puta.

—Buen trabajo —dijo Vince, felicitándolo con una palmada en la espalda—. Mientras tanto, tenemos que enviar estas grabaciones a la policía de alguna manera. ¿Podemos mandárselas por correo electrónico?

—Quizá. Tendría que encontrar una dirección de correo. El wifi sigue funcionando.

—Vale, hazlo. ¿A qué distancia está Scotland Yard?

Tim vaciló. Rebuscó en su memoria. —En Westminster. Eso es una media hora larga corriendo, sobre todo con tu estado físico. ¿Por qué?

—Iré en metro.

—¿Y un taxi?

—Sigue siendo demasiado tiempo. Podrían tardar demasiado en ver el correo, o puede que ni siquiera se haya enviado para cuando yo llegue allí. Les enseñaré las grabaciones yo mismo. Les explicaré la situación. Tendrán que escucharme. El departamento de Antiterrorismo está allí.

—Es sábado —dijo Tim.

—Los terroristas y los pistoleros locos no se toman putos descansos de fin de semana, Tim. Este es el momento ideal para hacerlo, cuando todo el mundo está por ahí con sus familias, no encerrados en sus oficinas.

Tim asintió y echó mano al cajón que tenía al lado, rebuscó entre el desordenado contenido (bolígrafos, lápices, una grapadora, una calculadora, blocs de notas, una perforadora) y encontró lo que buscaba.

Quitó la tapa de una memoria USB y la conectó al ordenador.

Guardó las grabaciones de vídeo del hombre entrando en el edificio y matando a Rik en la unidad externa, la desconectó y le entregó la memoria a Vince.

—Venga, vete. ¡Date prisa!

—¿Qué vas a hacer tú? —preguntó Vince, apretando la unidad entre sus manos.

—Averiguar dónde está Charlie Paxman ahora. Poner el edificio en cuarentena para que no pueda salir. Vuelve aquí en cuanto hayas terminado, ¿vale? Puede que te necesite.

Vince asintió antes de darle la espalda a Tim y dar un portazo; el ruido de la madera astillándose y de unos pasos apresurados resonó por el pasillo.