Capítulo 22
E l ascensor se sacudió al detenerse. Christina Klepf odiaba los ascensores en el mejor de los casos, pero cuando se paraban en seco sin motivo aparente, era entonces cuando la claustrofobia hacía acto de presencia.
Era entonces cuando quería gritar, derrumbarse, hacerse un ovillo en el suelo y llorar, suplicar estar en cualquier otra parte.
Donde fuera. En mitad del desierto. En una selva tropical.
En una guerra civil. Un lugar mejor que aquellas cuatro paredes que sentía como si se fueran cerrando a su alrededor, un milímetro cada segundo que pasaba.
El trauma infantil de quedarse encerrada en una cueva marina todavía la perseguía. Frío. Oscuridad. Humedad. Soledad.
Solo que esta vez no estaba sola.
—¡Estupendo! —dijo el hombre que estaba encerrado con ella. Por lo que alcanzaba a ver de él, vestía traje y tenía el pelo castaño, corto y espeso.
Con el corte de luz, se habían sumido en la oscuridad más absoluta. Casi un minuto después, una tenue luz de emergencia parpadeó sobre sus cabezas, iluminando un poco la cabina. No era gran cosa, pero sería suficiente para calmar sus nervios un ápice.
—Venga ya —dijo el hombre, golpeando con el puño el lateral del ascensor—. ¡Ábrete!
Christina lo observaba. ¿Por qué hacía eso? ¿Por qué sentía la necesidad de armar tal estrépito y causar ese alboroto? ¿Y si el más mínimo movimiento hacía que el ascensor se precipitara al vacío hasta el suelo?
Christina forzó la idea fuera de su mente y la descartó por ridícula. No era más que su paranoia jugándole una mala pasada. Necesitaba calmarse. Rápido.
El hombre volvió a golpear la pared con el puño.
—¡Para ya! —le espetó ella—. Por favor.
El hombre se giró para mirarla, con sus atractivos rasgos acentuados por la escasa luz. Esta proyectaba un aura casi misteriosa sobre él. Abrió la boca, a punto de protestar, y luego volvió a cerrarla.
—Lo siento —dijo finalmente—. No pretendía asustarte.
—Pues deberías haberlo pensado —dijo Christina, dejándose resbalar hasta el suelo y sentándose—. No me gustan los ascensores.
—Ni a ti ni a mí —dijo él. Se acercó a las puertas, metió los dedos en la fina rendija de metal que los separaba del mundo exterior y empezó a tirar. No pasó nada. Las puertas permanecieron en su sitio, totalmente bloqueadas, burlándose de ellos.
El hombre desistió y se sentó junto a Christina.
—Parece que estaremos aquí un buen rato —dijo. Sus palabras no ayudaban precisamente.
—No me digas.
Él le tendió la mano.
—Neil.
Tras un momento de vacilación, Christina la aceptó.
—Christina. Sintió su mano cálida y fuerte. Reconfortante. Protectora. Algo que hacía mucho tiempo que no sentía de su marido, y algo que necesitaba en su vida, ahora más que nunca.
—Encantado de conocerte —dijo él.
Christina soltó una risa hueca.
—No es que tenga mucha elección.
Christina cerró los ojos y respiró. Inspirar por la nariz, espirar por la boca.
Tal como le había enseñado su marido, que también era su instructor de yoga.
El hombre al que amaba y con el que había tenido una aventura.
Él no estaba disponible cuando se conocieron porque tenía esposa y dos hijos.
Y, aun así, parecía estar siempre ansioso por ir a su casa para sus sesiones semanales de yoga privado.
Y luego llegó la sesión que lo cambió todo: aquella en la que se acostaron por primera vez.
Fue un domingo. El dieciocho de junio. Lo recordaba perfectamente.
Llevaban tres años juntos. Dos casados. Y nunca se había arrepentido de su decisión, hasta hace poco.
Estaba segura de que Sebastian la estaba engañando.
Llegaba tarde a casa de otras clases particulares de yoga.
Siempre se iba a citas concertadas a última hora del día.
Nunca tenía ganas de acostarse con ella cuando llegaba a casa.
Su matrimonio se había estancado, y ella también.
Y luego estaba la noticia que había recibido recientemente y que lo había alejado aún más...
—¿Estás bien? —preguntó Neil.
Christina abrió los ojos, regresando bruscamente a la realidad.
—¿Por qué? ¿Te estaba molestando?
—No. —Él vaciló—. Solo... solo lo preguntaba.
—Si tanto te interesa saberlo, estaba pensando.
—¿En qué?
—En la vida.
—Suena profundo. No creo que tengas que preocuparte tanto. Cosas como esta pasan continuamente —dijo Neil. Se arrimó a ella de modo que sus hombros se tocaban. Irradiaba calor contra el cuerpo nervioso y tembloroso de ella.
Christina puso ambas manos entre sus piernas. Entrelazó los dedos. Buscó su alianza de boda. Le dio vueltas, la rotó, la deslizó hacia arriba y hacia abajo por el dedo.
Se la quitó. Se la volvió a poner. Se la quitó de nuevo.
—Espero que tengas razón —dijo, metiéndose el anillo dentro del calcetín.