Capítulo 16
G randes grupos de gente ocupaban el andén de East Croydon y, al subir al tren, Jake sintió que una abrumadora sensación de claustrofobia se abalanzaba sobre él, como un tigre voraz saltando sobre su presa.
Se sintió mareado y regresaron las visiones de la oscuridad consumiéndolo en los túneles del suburbano.
Necesitaba sentarse.
Miró a su alrededor, recorriendo el vagón de punta a punta. No había donde sentarse. Notaba que empezaba a acalorarse. Desde la Operación Cuerda Floja, Jake no había vuelto a poner un pie en un tren. Los recuerdos del ataque estaban demasiado recientes.
—¿Jake? ¿Estás bien? Te has quedado pálido —le preguntó Alex a su lado. Le tocó el brazo.
Respirando profundamente, Jake respondió:
—Estoy bien. Solo un leve ataque de pánico. Nada de qué preocuparse.
Fingir que su trastorno de estrés postraumático no era un problema era uno de los mecanismos de defensa que había desarrollado en los últimos meses. Soy más fuerte que esto, pensó para sus adentros. No dejaré que me venza.
El trayecto de East Croydon a London Bridge duró poco menos de treinta minutos.
Pero para Jake, fue como una serie interminable de giros y curvas, la luz convirtiéndose en oscuridad, la oscuridad en luz.
En cuanto el tren se detuvo, Jake y el resto del grupo cruzaron las puertas.
Llevaba a Ellie en brazos, con la esperanza de que ella le sirviera de distracción para sus perturbadores pensamientos.
Subieron las escaleras de la estación de London Bridge.
—¡Papi, mira! —dijo Ellie cuando salieron al aire libre. El brusco ajuste a la luz, combinado con la sensación de martilleo en la cabeza, cegó a Jake. Ellie señalaba hacia el cielo.
—Es alto, ¿verdad, cielo? —dijo Jake, fingiendo entusiasmo.
Dejó a Ellie en el suelo y la cogió de la mano mientras subían por las escaleras mecánicas, pasaban por la tienda de The View From The Shard y llegaban a los arcos de seguridad.
Jake vació sus bolsillos en una bandeja para que el guardia los inspeccionara: la cartera, las llaves, su placa de policía, algo de calderilla, el reloj y dos teléfonos móviles.
—¿Para qué llevas eso? —preguntó Elizabeth, tocándole el hombro.
Al instante, Jake supo de qué estaba hablando. Su móvil del trabajo. El que le había dicho a Elizabeth que dejaría en casa.
—Lo siento —dijo—. Es solo por costumbre. Memoria muscular. Me lo meto en el bolsillo todos los días para ir a trabajar y supongo que me he olvidado.
No mentía. Se le había olvidado que le prometió a Elizabeth la otra noche que dejaría cualquier cosa relacionada con el trabajo en casa por el día. El único problema sería convencerla de que decía la verdad.
—Lo prometiste.
—Lo sé, y lo siento mucho, Liz. Mira, lo apagaré y me lo meteré en el bolsillo de atrás. Si lo uso, dormiré en el sofá esta noche.
Elizabeth le lanzó una mirada de enfado y pasó por su lado mientras cruzaba el control de seguridad. Voy a tener que compensarla, pensó Jake.
Las dos familias se dirigieron hacia la planta setenta y dos, que era un espacio acristalado y sin techo en la parte superior del mirador.
De fondo sonaba una música suave y había un bar en el lado sur.
Camareros, personal y fotógrafos patrullaban el pequeño perímetro, ofreciendo consejos y respondiendo preguntas a cada paso.
—¿Vas a estar bien? —preguntó Elizabeth, apretando la mano sudorosa de Jake mientras subían el último peldaño.
—¿Yo? Soy un tipo duro. Ya lo sabes. Un poco de altura no me va a asustar —dijo él, guiñándole un ojo.
Elizabeth sonrió por fin.
—Eres tonto.
Justo cuando Jake estaba a punto de inclinarse para darle un beso, sintió un tirón en la pierna.
—Papá, no me gusta —dijo Maisie. Se había quedado pálida y se abrazaba a la cintura de Jake.
Acariciándole el pelo, él le dijo:
—No pasa nada. A papi tampoco le gustan las alturas. ¿Qué te parece si echamos un vistazo juntos? Me aseguraré de que estés a salvo.
Maisie vaciló, lo miró a los ojos y asintió.
Jake la cogió de la mano, sonriéndole, y juntos se dirigieron hacia la barrera de cristal que formaba el perímetro del mirador.
No había escapatoria a la vista. Estaban a doscientos cuarenta metros de altura y podían ver toda la ciudad.
Era una vista de una belleza abrumadora y aterradora.
Jake avanzó poco a poco hacia el borde, manteniendo los pies lo más pegados al suelo posible, sintiendo como si un paso en falso hiciera que el edificio empezara a tambalearse. Maisie le apretó la mano.
—No te preocupes —le dijo a Maisie—, todo irá bien. Estos edificios son muy seguros.
Sin decir nada más para no perturbar los cimientos internos del edificio con su voz profunda, Jake se detuvo a treinta centímetros del cristal.
Allí, con el cuerpo clavado en el sitio, podía oírlo todo: su corazón galopante, las sirenas que sonaban setenta pisos más abajo, los gritos de emoción de otros niños en el lugar y el discurso ensayado de los empleados del mirador.
—... hay noventa y cinco plantas en total, de las cuales setenta y dos son habitables. Las plantas restantes son estructura y cristal. Hay cuarenta y cuatro ascensores en el edificio. Algunos de ellos son de dos pisos y pueden viajar hasta veintiséis kilómetros por hora, o seis metros por segundo.
Con razón tengo náuseas, pensó Jake, intrigado por la información inútil que el empleado seguía soltando: —El edificio consta de tres segmentos.
Oficinas. Ocio. Apartamentos. Las primeras veintiocho plantas están ocupadas por oficinas de empresas de todo el mundo.
Hasta la cincuenta y dos se encuentran los restaurantes y el hotel.
El último segmento de The Shard alberga sus apartamentos, reservados para los clientes más influyentes.
El ático está situado unos pocos pisos por debajo de nuestros pies, aunque lleva tiempo vacío.
Había visto en las noticias cuánto costaban los diez apartamentos de The Shard: cincuenta millones cada uno.
Cincuenta millones de libras esterlinas.
Una cantidad que Jake no ganaría en toda su vida.
Por un momento, Jake no pudo evitar preguntarse qué se sentiría al estar en la piel de alguien rico durante un día.
Incluso durante una hora. Qué diferente sería.
Qué vacío se sentiría por dentro al tener todas las posesiones materiales del mundo y quedarse sin experiencias nuevas.
Cómo llegaría a aburrirse de tener todo lo que quisiera sin haber trabajado nunca para conseguirlo.
—Oye. —Elizabeth se acercó a él y le tocó el hombro—. ¿Qué haces?
—Aprendiendo gratis. —Jake señaló con la cabeza al empleado de The Shard, que ahora se dirigía hacia el lado oeste del edificio.
Elizabeth puso los ojos en blanco y le dijo que la siguiera hacia Karen y el resto de la familia Tough.
Karen y Alex estaban juntos, mirando por la ventana, con un niño en brazos cada uno.
Jake pensó que parecían la familia perfecta.
Y luego volvió a mirar a la suya y se dio cuenta de lo equivocado que estaba.
—¿Cómo va todo? —preguntó Jake mientras dirigía la mirada hacia el London Eye.
La vista lo perturbó. La estructura le traía recuerdos dolorosos.
A menos de cuatrocientos metros de la noria estaba el edificio de apartamentos donde Adil Hakim había tramado su plan.
Y donde había encontrado su prematuro final.
—Disfrutando, diría yo —respondió Karen. Su pelo castaño bailó en el aire mientras giraba la cabeza para mirarlo—. Es precioso. Hemos tenido suerte con el tiempo.
Jake sintió náuseas. Su intenso vértigo hacía que la habitación diera vueltas y necesitaba beber algo.
Necesitaba sentarse, dejar que la sangre fluyera lejos de su cerebro.
Necesitaba salir de allí. Se metió las manos en los bolsillos y sus dedos tropezaron con la caja que Mark le había dado el día anterior.
¡Mierda! Se había olvidado por completo de que estaba ahí.
—Oye —le susurró a Elizabeth.
—¿Qué pasa?
—Voy un momento al baño.
Jake soltó a Maisie, sonrió y se dirigió al centro de la planta, bajando los cuatro tramos de escaleras hacia los baños de la planta sesenta y ocho.
Entró directamente en el cubículo del fondo a la izquierda.
Cerró la puerta. Se quedó sin aliento ante las pocas capas de cristal de los ventanales de suelo a techo que impedían que cayera al vacío, se desabrochó la hebilla del cinturón y orinó, liberando la presión de su vejiga.
Se sujetó al lavabo que tenía al lado para apoyarse, pues notaba que le temblaban las piernas.
Antes de tirar de la cadena, se quedó mirando el agua amarillenta y se metió las manos en los bolsillos.
Los dedos de su mano derecha se cerraron alrededor de la caja.
¿Quería deshacerse de ella? La hierba le había ayudado a dormir la noche anterior.
Y no quería tirarla si iba a funcionar. Pero Elizabeth.
Las niñas. Alex. No quería que se enteraran.
¿Qué pensarían de él? ¿Qué excusa usaría?
Se miró en el espejo y apenas reconoció al hombre que le devolvía la mirada.
La barba descuidada de dos días. Las sombras oscuras que colgaban bajo sus ojos rojos, inyectados en sangre y cansados.
Le pareció que estaba más delgado, como si el estrés de los dos últimos meses hubiera tenido un efecto adverso en su cuerpo, a pesar del esfuerzo que estaba haciendo en el gimnasio.
Estaba sufriendo y no podría ignorarlo por mucho más tiempo. Al final, tomó una decisión.
Cogiendo el papel higiénico del portarrollos empotrado en la pared, Jake envolvió la caja con él y se la volvió a guardar en el bolsillo. Esperaba que eso ocultara el olor.
Consciente de la hora, Jake tiró de la cadena.
Al inclinarse, viendo cómo desaparecía el líquido amarillento, algo en el espejo le llamó la atención.
Algo que brillaba a la luz. ¿Qué era eso?
Se acercó más a la pared, inspeccionando el líquido lechoso que bajaba por un azulejo.
Casi al instante, hizo una mueca. No quería pensar en lo que hacían algunas personas en el baño en la intimidad de su casa, y mucho menos en un aseo público.
Se convenció de que estaba siendo un paranoico.
Probablemente era jabón. O desinfectante de manos. O agua sucia. Nada de qué preocuparse.
Pero no podía negar el hecho de que había un cierto olor químico en el aire que no encajaba.
Y estaba seguro de que no era el olor de la hierba en su bolsillo.
Le recordaba a los proyectos de manualidades de Elizabeth con las niñas, aunque no sabía decir por qué.
Desechando la paranoia, decidió que se debía a los productos de limpieza.
Jake se lavó las manos en el lavabo. Se echó agua por la cara. El frío era refrescante. El agua goteaba por su antebrazo y se la secó con una toalla de papel. Al salir, había otro hombre esperando para usar el baño después de él. Jake lo saludó con un gesto incómodo y salió.
Unos segundos después, Jake regresó con Elizabeth y el resto del grupo, con las manos firmemente en los bolsillos, protegiendo la caja de cualquier exposición. En su mente seguían grabados los olores superpuestos de productos químicos de limpieza y pegamento de manualidades.