Capítulo 13
A la mañana siguiente, Jake se despertó plácidamente.
No estaba cubierto por una capa de sudor.
No le faltaba el aliento. En su lugar, se sentía tranquilo, relajado, descansado.
Aún sentía un hormigueo por el cuerpo. Se dio la vuelta hacia el otro lado y miró a Elizabeth.
Estaba sentada en la cama, leyendo un libro, con una taza de café humeante a su lado.
—Te has levantado temprano —dijo él, frotándose los ojos para quitarse el sueño.
—Tú te has levantado tarde —Elizabeth cerró el libro y bebió un sorbo—. ¿Has dormido bien?
Jake bostezó. —Mejor que nunca.
—¿Y a qué se debe eso? —le lanzó una mirada significativa.
—Ni idea —mintió él. Se lamió los labios y tragó saliva.
Tenía la boca seca y necesitaba agua. Se incorporó sobre los codos y le dio un beso en la mejilla antes de intentar salir de la cama.
Ella frunció el ceño y se apartó rápidamente.
Fue entonces cuando Jake comprendió lo que había hecho.
La había traicionado. Había actuado a sus espaldas y había roto la promesa que se hicieron cuando eran más jóvenes: que ninguno haría ninguna estupidez si las cosas se ponían demasiado feas, y que si lo hacían, se lo contarían al otro.
Habían estado demasiado distanciados desde el ataque de los hermanos Hakim como para que él pudiera contarle gran cosa.
¿Sabría ella lo del cannabis? ¿Cómo iba a saberlo?
Lo había ocultado bien; guardó silencio en el jardín y se aseguró de esconder la hierba en el bolsillo de su chaqueta en la planta baja.
Entonces cayó en la cuenta.
La tos. ¿Había sido eso lo que lo había delatado? No. No podía ser. Debía de estar pasando algo más.
Jake bostezó de nuevo y se estiró. Al inhalar profundamente y sentir cómo se relajaban su cuerpo y sus músculos, notó el hedor residual a cannabis que desprendía. ¡El olor! Apestaba. Mierda. Tendría que fingir que no pasaba nada.
—¿Tienes ganas de lo de hoy? —preguntó él, rodando hacia el otro lado de la cama. Puso los pies en el suelo y se giró para mirarla.
Elizabeth asintió sin mirarlo. —Creo que vendrá bien salir para variar.
—¿Solo eso? Pensaba que estarías dando saltos de alegría. Me estuviste dando la lata todos los meses durante un año cuando lo inauguraron —se rió, se pasó los dedos por el pelo y se frotó los ojos.
—Aun así, habría sido un buen regalo de aniversario —Elizabeth volvió a dar un sorbo a su café—. ¿Vas a portarte bien hoy?
—¿Qué se supone que significa eso? —Él cogió su teléfono y revisó sus correos electrónicos.
—Karen. No paraba de estar encima de ti la última vez. Y no parecía que a ti te importara.
—Venga ya —dijo Jake, girándose de nuevo hacia ella—. Sabes que han estado teniendo algunos problemas.
Antes de que Elizabeth pudiera responder, la puerta del dormitorio se abrió de par en par. Ellie entró corriendo. Llevaba el pijama puesto y su rostro radiaba entusiasmo.
—¡Buenos días! —dijo, saltando sobre la cama.
—Alguien está de buen humor —comentó Jake.
—¡Hoy vamos a The Shard!
—Gracias por recordármelo, casi se me olvida —Jake le guiñó un ojo—. ¿Tienes ganas?
Ellie asintió. —Va a ser el mejor día de mi vida.
—Intenta no hacerte demasiadas ilusiones, Ellie. Nunca has estado a tanta altura. Puede que no te guste.
Ellie se puso de morros y salió de la habitación.
En cuanto Jake estuvo seguro de que estaba fuera del alcance de su voz, se giró hacia Elizabeth y preguntó: —¿A qué ha venido eso?
Silencio. Elizabeth apartó las sábanas de un tirón y caminó hacia el cuarto de baño. El sonido de la ducha al abrirse llenó el ambiente. Jake se dejó caer en la cama y apoyó la cabeza en la almohada, con la mente divagando. ¿Seguía colocado? No lo sabía. Su ignorancia era fruto de la inexperiencia.
Cuando Elizabeth terminó de ducharse, fue el turno de Jake, y para cuando él acabó, los últimos restos de la sensación de hormigueo en pies y manos habían desaparecido. Los efectos de la droga se habían esfumado. Todos menos uno.
Jake se secó con la toalla, limpió la condensación y el vaho del espejo y se contempló. Le devolvía la mirada un hombre con los ojos rojos e inyectados en sangre.
—Oh, mierda —susurró. Era imposible que Elizabeth no se hubiera fijado. ¿Cómo iba a salir de esta?
Niega, niega, niega , se dijo a sí mismo. Un lema que nunca pensó que tendría que usar. Empezó a rebuscar por los armarios para encontrar colirio.
—¡Jake! —le llamó Elizabeth desde fuera del baño.
Sobresaltado, Jake forcejeó para ponerse el albornoz, se lo anudó a la cintura y abrió la puerta. Elizabeth estaba al otro lado.
—¿Sí? —preguntó él, saliendo del cuarto.
—Date prisa. Tengo que maquillarme. Tenemos que irnos pronto.
—No te hace falta, ¿cuántas veces te lo he dicho?
—Las suficientes para que haya dejado de prestar atención.
—¿Y eso por qué?
—Porque sé cuándo mientes.
Jake se detuvo, cara a cara con Elizabeth. Su aliento rozaba el labio superior de él. —Jamás. No lo diría si no fuera cierto.
—Si tú lo dices —Elizabeth le dio un empujón para pasar y entró en el baño.
Jake la agarró suavemente del brazo y tiró de ella hacia atrás. —Oye —dijo—, ¿estás bien? Pareces diferente esta mañana.
—Estoy bien. Me alegro de que hayas dormido bien.
Jake sonrió con torpeza. —¿Te han desvelado mis ronquidos?
—Sí. Eso ha sido. Venga, suéltame. Tengo que pintarme la cara. Necesito taparme las ojeras. Y tú tienes que vestirte. Karen y Alex nos esperan en treinta minutos.
—No les importará si llegamos un poco tarde, seguro. Les diré que he tenido que hacer unos recados.
Para cuando dieron las diez, el clan Tanner estaba listo para su emocionante día.
Mientras salían de casa a toda prisa, Jake se puso su chaqueta olvidando que la hierba estaba dentro, y se miró una última vez en el espejo del pasillo.
Sintió vergüenza ante la imagen que vio.
Jake cerró la puerta tras de sí, subió a su X5 y arrancó el motor.
Iban a reunirse con Alex, Karen, Ethan y Ellen en la estación de tren.
Desde allí les esperaba un viaje de treinta minutos hasta London Bridge, y Jake tenía el presentimiento de que sería el trayecto más largo de su vida.