El Piso 68 (DC Jake Tanner 17) Capítulo 12
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Capítulo 12

J ake no podía dormir. Se había pasado toda la noche ahí tumbado, con los ojos como platos, mirando al techo, pensando en la cajita de la guantera.

¿Debería probarlo? ¿No debería? No lo sabía.

No se había tomado los antidepresivos. Y le daba demasiado miedo dormir, no fuera que otro terror nocturno le despertara.

Pero si probaba la hierba, decepcionaría a todo el mundo.

A Elizabeth. A los niños. A Tyler. A Martha.

A sí mismo.

Saliendo de la cama con sigilo, Jake se puso un par de zapatillas y un abrigo y se dirigió hacia el coche.

Hacía frío fuera y los pezones se le erizaron en señal de protesta.

Jake abrió la puerta del coche con delicadeza para no perturbar el aire quieto y silencioso que le rodeaba.

Alargó la mano hacia el interior, cogió la caja de la hierba y se la metió en el bolsillo de la chaqueta.

Después volvió a entrar en la casa para ir al jardín, cogiendo unas cerillas por el camino.

De pie fuera, en el frío, Jake lió la mitad del cannabis en un porro y encendió la punta.

La llama vaciló y bailó en la noche de finales de otoño, iluminando su cara de un naranja intenso.

Unas volutas de humo treparon hacia el cielo y, mientras Jake daba la primera calada, las brasas de color rojo y gris se acercaron más a sus labios.

Al inhalar, la ceniza cayó al suelo y el humo bajó por su garganta, aferrándose a sus pulmones.

Tosió. Con fuerza. Cubriéndose la boca con la mano, ahogó el sonido, pero aun así fue audible. Esperó no haber despertado a las niñas.

Después de terminar de expulsar el humo de los pulmones con la tos, Jake dio otra calada.

Esta vez pasó con más facilidad. Siguió tosiendo, pero fue un sonido sordo, como el de un perro gimiendo tras una puerta cerrada.

Durante los siguientes minutos se quedó quieto, inhalando profundamente, dejando que la punta del porro llegara a sus dedos antes de terminar apagándolo contra el suelo del patio y arrojar los restos al jardín del vecino.

Cuando volvió a la cama, no se sentía diferente, salvo por la sensación de hormigueo que le recorría el cuerpo.

No sabía qué había estado esperando, pero no era esto.

La casa seguía en calma y Elizabeth estaba en la misma posición en la que la había dejado.

En cuanto la cabeza tocó la almohada, se quedó dormido.