El Piso 68 (DC Jake Tanner 17) Capítulo 11
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Capítulo 11

M ark Hayford ya estaba esperando cuando Jake entró en el Beaten Bush, un pequeño pub en la esquina de Portsmouth Road, en Kingston.

Descansaba repantingado en una silla, con un brazo apoyado en el borde del asiento y el otro sobre la mesa, haciendo girar en su mano un vaso de Guinness a medio terminar.

El aire del pub estaba cargado de olor a grasa y alcohol.

Una camarera de unos sesenta años le servía una pinta a un hombre con una cazadora bomber, que estaba desplomado contra la barra viendo un partido de fútbol extranjero.

En la pantalla de al lado, conectada a Sky News, las noticias seguían su curso.

El hombre arrastraba las palabras mientras intentaba entablar conversación con la dueña.

Jake y la camarera intercambiaron miradas y se dedicaron un breve asentimiento.

Durante su etapa en el Departamento de Investigación Criminal, el Beaten Bush había sido un lugar muy frecuentado por él.

A menudo organizaba allí reuniones encubiertas con traficantes de drogas y otros confidentes.

Fuera cual fuese la situación, la dueña del bar siempre hacía la vista gorda.

Jake tomó asiento sin decir nada. Miró al hombre que tenía enfrente. En el tiempo que había pasado desde la última vez que se vieron, Mark parecía haber perdido una cantidad considerable de peso, y las arrugas de su rostro se habían acentuado.

—Jake —dijo Mark, asintiendo.

—Mark.

—¿Bebes algo?

—No. No puedo quedarme mucho tiempo. —Jake se removió inquieto en la silla—. ¿Lo tienes?

Mark jadeó dramáticamente, llevándose la mano a la boca. —¿Ha pasado tanto tiempo y de lo único que quieres hablar es de negocios? Me ofendes.

Jake suspiró por la nariz, tratando de reprimir su frustración.

—Venga, Mark —dijo Jake, manteniendo la voz baja—. Sabes que no pueden verme contigo. Al menos no durante mucho tiempo.

—Aun así, me has dolido. Pensé que podríamos ponernos un poco al día. ¿Cómo te ha ido?

Jake miró alrededor del bar, se aseguró de que nadie más les prestaba atención, suspiró y volvió a centrarse en Mark.

No servía de nada intentar discutir con él.

Jake lo había intentado muchas veces en el pasado y sabía que Mark tenía la sartén por el mango; poseía la información y los recursos que Jake necesitaba, y si quería tener alguna posibilidad de conseguirlos, tendría que seguirle la corriente.

—De culo —respondió Jake—. ¿Y a ti?

—De culo.

—En eso no ha cambiado mucho la cosa entonces.

—Te vi en las noticias.

—Como medio país, imagino.

—Parecía una situación jodida. Me sorprende que no te mataran.

Jake no respondió. No sabía si Mark estaba usando su habitual tono de guasa o si simplemente estaba siendo desagradable.

—¿Qué has estado haciendo desde la última vez que trabajamos juntos? ¿Sigues traficando? ¿Sigues apuñalando a la gente por la espalda? —preguntó Jake.

Mark bajó la barbilla un centímetro. —Cuando no os tengo a vosotros soplándome en la nuca.

—Solo hacíamos nuestro trabajo. —Jake se encogió de hombros.

—Yo también.

Jake sintió que la comisura izquierda de su boca se curvaba en una leve sonrisa. —Me he fijado en que no has cogido mi llamada al cuarto tono. ¿Te has vuelto más precavido?

—Dios, te fijas en todo, ¿verdad? —dijo Mark—. Si tanto te interesa saberlo, no. Cojo el teléfono cuando lo cojo. Ese era el de antes.

—¿Y quién es este que tengo delante? ¿El nuevo tú?

—A plena luz del puto día.

—Interesante —dijo Jake. Consultó el reloj. Tendría que estar pronto en casa. Le había dicho a Elizabeth que solo estaría en el cementerio unas horas—. ¿Tienes lo que te pedí?

—¿Acaso te he fallado alguna vez?

—¿De verdad quieres que responda a eso?

Mark rebuscó en su bolsillo, sacó algo que parecía una cajita de un anillo y la puso sobre la mesa. La deslizó por la superficie hacia Jake.

—Ahí tienes todo lo que necesitas —dijo.

Cuando Jake estiró la mano para coger la caja, la mano de Mark cayó sobre ella—.

Ahora, no hace falta que te explique lo que debes y no debes hacer, ¿verdad?

¿O decirte cómo liarlo? Es de mi material más fuerte.

Si tomas demasiado, te dejará KO durante horas. Especialmente siendo tu primera vez.

Jake le lanzó una mirada severa. Al fondo, la puerta del pub se abrió y un perro y su dueño entraron.

—No. Llevo en esto el tiempo suficiente para saber lo que hago.

De todos modos, me dijiste todo lo que necesitaba saber cuando nos conocimos.

Por lo que recuerdo, parecía que te daba un subidón de orgullo explicarle a la gente lo bien que se te daba «liar».

Mark se reclinó en su silla. —Ah, sí. Los viejos tiempos. Y dime, ¿qué hace un hombre como tú con algo de hierba? ¿Se presentan tiempos difíciles? ¿O tú y la parienta buscáis algo de emoción?

Jake se guardó la caja en el bolsillo de la americana; un rastro de olor a marihuana le subió por la nariz. Ocultárselo a Elizabeth y a los niños iba a ser toda una odisea.

—Eso no es asunto tuyo ahora mismo. Lo que importa es que esto queda entre nosotros, ¿entendido? —dijo Jake, inclinándose hacia Mark. Era más una afirmación que una pregunta.

Mark asintió.

—Bien. —Jake se levantó de la silla, le dio las gracias a Mark, le estrechó la mano y salió del pub. Mark se quedó donde estaba. Jake caminó con paso firme hacia su coche. No quería llegar a casa demasiado tarde.

Jake entró en el coche, se abrochó el cinturón y se quedó mirando por la ventana con las manos firmemente apoyadas en el volante.

El olor a marihuana permanecía en sus sentidos.

¿Qué estaba haciendo? ¿En qué estaba pensando?

¿Iba en serio a consumir drogas para ayudar a combatir su estrés?

Elizabeth lo mataría si se enteraba. No, estaba siendo un estúpido. Un ridículo. Un idiota.

—Me desharé de ello en casa —dijo en voz alta mientras arrancaba el motor, creyéndose a medias sus propias palabras.

El otro problema era dónde guardarlo hasta que pudiera deshacerse de ello adecuadamente.

Ellie y Maisie siempre andaban buscando cosas que habían extraviado o perdido.

Y Elizabeth pasaba la mayor parte del tiempo en casa; se daría cuenta si él ponía algo nuevo donde no debía estar.

Por no mencionar el olor. Eso lo delataría casi al instante.

Jake puso primera y arrancó. Cuando llegó frente a su casa, apagó el motor, abrió la guantera y colocó la cajita de droga dentro. Nadie miraría ahí; nadie lo había hecho en el último año más o menos.

Cuando Jake entró en su hogar, Elizabeth lo esperaba en el pasillo.

—¿A qué hora se supone que vienes? —preguntó ella.

Jake consultó su reloj. —¿Qué sucede?

—Nada. Te he echado de menos, eso es todo. Me he acostumbrado a tenerte en casa estos dos últimos días. —Elizabeth se acercó y le dio un beso en la mejilla.

Después de cenar, Jake se cambió de ropa y se sentó en el sofá acurrucado junto a Elizabeth.

—¿Tienes ganas de que llegue mañana? —preguntó él.

—Sí. Solo tengo que prepararme mentalmente. Ha pasado tiempo desde que salimos los cuatro. Casi he olvidado cómo era eso.

—Yo también —dijo Jake, mirando por la ventana del salón hacia donde se encontraba la cajita de marihuana a veinte metros de distancia.