Capítulo 10
A parte de los innumerables cadáveres que yacían a dos metros bajo tierra, el cementerio estaba vacío.
Justo como a Jake le gustaba. Durante una de sus visitas anteriores —el primer mes tras la muerte de Tyler y Martha—, había habido varias parejas de ancianos y viudas deambulando por el recinto, interrumpiendo su monólogo con Tyler.
Ahora, sin embargo, solo estaban él y los muertos. Él y Tyler. Él y sus pensamientos.
Por extraño que parezca, a Jake le gustaba estar allí. Le daba la oportunidad de despejar la mente, expresarse y desahogarse.
Jake caminó hacia la lápida de Tyler. En la mano llevaba una taza con las palabras «A veces eres un G____» impresas.
Cuando el contenido de la taza se llenaba de agua hirviendo, aparecía la imagen de un cactus y las letras I , L , I y P rellenaban los huecos.
Tyler la había encontrado una tarde comprando por internet cuando se suponía que ambos estaban trabajando y le había encantado.
Jake le traía una nueva cada vez que lo visitaba.
Servía como un recordatorio constante de que Tyler había sido un gilipollas, pero que no era tan malo después de todo.
A Jake no le importaba soltar el par de libras que costaba reponerla. Era lo menos que podía hacer.
Posó la taza en el suelo y se puso de cuclillas ante la tumba de Tyler. Colocó una mano en su rodilla y la otra sobre la hierba.
—Hola, colega —empezó, mientras de su boca salían columnas de vapor de agua—.
¿Cómo vas? No te has perdido mucho. Mamá sigue haciendo de Big Mama.
El otro día conocí a una loquera nueva, la doctora Olson.
Parecía maja. Excepto porque me dio el número de un antiguo informante.
El de Mark. Solo puedo suponer para qué era.
También me dijo que dejara de tomar los antidepresivos recetados, pero los terrores nocturnos han ido a peor...
Pero bueno, basta de hablar de mí. ¿Cómo has estado tú?
¿Qué tal la vida por ahí arriba? ¿Cómo son las tías?
—Jake hizo una pausa, esperando una respuesta que sabía que no llegaría.
—El terror nocturno de esta mañana ha sido de los malos.
Me he despertado empapado en sudor y todo.
Elizabeth estuvo ahí para apoyarme, como siempre.
Pero yo no estuve para ella. No paraba de darle vueltas a todo.
Me encerré en mi mundo. Ya no hablo con ella de lo que me pasa por aquí dentro, Ty.
—Jake se señaló la sien—. Y no es justo para ella.
Sé que no lo es, pero estoy demasiado jodido para hacer nada al respecto.
—Sé que me quiere incondicionalmente. Y yo la quiero igual, pero hay algo dentro de mí que me impide contárselo.
También le oculto las partes más oscuras a la terapeuta.
A la única persona a la que puedo contárselo es a ti, tío.
Qué triste, ¿verdad? Sé lo que me dirías: que dejara de ser un nenaza y diera la cara.
«A las tías les encantan los tíos sensibles».
Casi puedo oírte decirlo. —El pensamiento hizo que Jake sonriera.
—Pero no sé qué hacer, Ty. Moshat sigue por ahí y han pasado meses desde que desapareció.
Podría estar en cualquier parte a estas alturas.
Intenté seguir una pista por mi cuenta, pero no salió bien.
Mamadou se enteró y ahora estoy suspendido —extraoficialmente— mientras me soluciona el papeleo.
Ayer pasé el día con Liz y los niños. Supongo que es algo bueno, en realidad.
Para sacar el atentado de mi cabeza de algún modo y ocuparla con algo distinto durante un rato.
—Mañana vamos a The Shard con Alex y su familia, ¿sabes? Hemos mantenido el contacto con ellos desde lo del atentado. Pero no te preocupes, no va a reemplazarte. Jamás podría reemplazarte. Y pensamos que sería buena idea organizar una cita de juegos familiar.
Alex Tough le había dejado a Jake usar su teléfono móvil en el puente Golden Jubilee durante el ataque del 1 de agosto.
Jake había perdido el suyo y necesitaba contactar con Tyler.
Desde entonces, Jake seguía en contacto con Alex y su esposa, Karen, que también tenían dos hijos, Ellen y Ethan.
Elizabeth y él incluso habían quedado con la pareja para cenar algunas noches sin los niños, siempre que Jake podía volver a casa a una hora razonable.
—Debería ser un día agradable. Al menos espero que no haga un tiempo de mierda, si no no podremos ver nada.
No quiero que sea una pérdida de tiempo, ni de dinero...
¡ha costado un dineral! Ya sabes lo tacaño que soy.
Aunque me sorprendió descubrir que no me incluiste en tu testamento...
Tendré que hablar con tus padres para ver qué puedo estafar —continuó Jake.
Se puso en pie, miró alrededor del recinto y luego bajó la vista hacia la tumba de Tyler—.
En fin, basta de eso. Te mantendré informado.
Nos vemos el mes que viene, tío. Te echo de menos.
Esas últimas cuatro palabras fueron las más difíciles de pronunciar para Jake y, al decirlas, sintió un nudo en la garganta. Nunca había echado de menos nada tanto como las bromas de Tyler, su camaradería, su personalidad, su presencia. Era mucho que procesar para Jake.
Fue entonces cuando una idea le pasó por la cabeza.
¿Y si pudiera encontrar algo que alejara su mente de todo y lo transportara a otro lugar?
¿Y si pudiera encontrar algo que liberara todas sus inhibiciones y ansiedades de golpe?
¿Y si le ayudara a reducir su ansiedad, el estrés y el efecto de los recuerdos diarios atormentados por Moshat?
¿Y si pudiera encontrar esa fuente de algo en la próxima hora, antes de llegar a casa con Elizabeth?
Jake sacó su teléfono del trabajo del bolsillo.
Era un clásico Nokia 3310; a cada miembro de la Policía Metropolitana se le había entregado uno para uso de emergencia.
Contenían procesadores y tarjetas SIM diferentes que cifraban los mensajes y las llamadas.
Le había costado millones de libras al cuerpo, pero había sido un dinero bien invertido.
Y Jake estaba empezando a entender por qué.
Abrió la agenda, se desplazó hasta el nombre que buscaba y marcó. El receptor respondió al quinto tono. Uno más de lo habitual , pensó Jake, tomando nota mental del detalle.
—¿Diga? —preguntó la persona, con un tono modesto y, para Jake, diferente.
—Mark, soy el detective Tanner. ¿Podemos vernos? ¿En el sitio de siempre?