Capítulo 7
E l restaurante estaba lleno. Más de lo habitual para un miércoles.
Charlie Paxman comprobó el plano de sala para ver si estaban completos.
Lo estaban. Hasta el cierre a medianoche.
Eso significaba que no llegaría a casa hasta la una de la madrugada.
Lo cual significaba que no tendría tiempo para continuar con sus preparativos.
Y en once horas estaría de vuelta, listo para otro turno de trece horas.
No podía llamar para decir que estaba enfermo.
No tan cerca de su gran día; se le estaban acabando las advertencias con su encargado.
No, era vital que encontrara el tiempo en otra parte.
La cuenta atrás seguía avanzando, y pronto pasaría la hora y todos los habitantes del planeta lo comprenderían.
Todos se darían cuenta del bien que estaba trayendo al mundo. De cómo los estaba salvando.
Charlie se detuvo un momento para absorber lo que le rodeaba.
Había clientes por todas partes. Todos bien vestidos.
Elegantes. Auténticos. Ricos. Adinerados.
Arrogantes. Estaba deseando que lo trataran como a la escoria, como si fuera inferior a cada una de las personas a las que serviría esta noche; eso haría que el dos de diciembre fuera aún más dulce.
—¡Charlie! —gritó alguien a su espalda. Se giró para mirar al dueño de la voz. Era el jefe de cocina; su acento escocés le produjo un escalofrío a Charlie por la columna vertebral—. —Despierta de una puta vez, pedazo de idiota. El filete para la mesa quince está listo.
Charlie agarró el plato de la superficie metálica y sopesó la idea de estornudar en él. Quería ver si había suficiente carga de virus en su ADN como para contagiar a otros.
No , pensó. Debo contenerlo y esperar. Nadie sabrá mi nombre si el brote estalla ahora.
Charlie se dirigió a la mesa quince. Una familia de tres estaba cenando: una madre, un padre y una hija.
Los padres estaban sumidos en una conversación, mientras que la niña estaba absorta con una tableta en las manos, con el rostro iluminado por la luz azul de la pantalla.
Ninguno prestaba mucha atención a las vistas nocturnas de Londres.
A las miles de luces que parpadeaban a lo lejos.
Al brillo siniestro de St Paul’s. A la centelleante noria del London Eye.
Charlie dejó la comida sobre la mesa.
—¿Está todo a su gusto esta noche? —preguntó con la voz más educada posible, juntando las manos a la altura de la entrepierna.
—Llevamos mucho tiempo esperando la comida. ¡Le hemos pedido las bebidas a otro de sus compañeros hace casi cinco minutos y todavía no han llegado! —le espetó el padre a la cara. Una gota de saliva aterrizó en el dedo de Charlie.
—Lo siento, señor, pero hoy nos falta personal.
Estamos haciendo todo lo que podemos. Me aseguraré de que tengan esas bebidas en su mesa en los próximos dos minutos —Charlie sonrió de forma artificiosa.
Tras los tensos músculos faciales, estaba insultando al hombre y a su familia, reprendiéndolos por hacerle perder el tiempo.
El hombre no dijo nada. Charlie miró a la mujer para sonreírle. Para su sorpresa, ella le devolvió la sonrisa. Era la poli buena.
—No pasa nada, de verdad —dijo ella—. Ha tenido un día de trabajo muy ajetreado. No tiene intención de pagarlo contigo.
—Lo entiendo —dijo Charlie, asintiendo—. Todos tenemos días así.
Eso no es excusa.
Se disculpó de nuevo con la familia por el retraso y continuó con el resto de su turno.
Las pocas horas que quedaban pasaron rápido; se hicieron más llevaderas gracias al renovado vigor que sentía tras haber lidiado con aquel padre.
El hombre era un bastardo arrogante que merecía sufrir.
Le recordaba a alguien —alguien a quien una vez llamó amigo íntimo— y eso hacía que odiara todavía más a aquella familia.
Le gustaba tener pequeños momentos que le recordaran por qué estaba haciendo esto. Significaban que cualquier duda que tuviera sobre su operación quedaba completamente disipada.