Capítulo 5
J ake cruzó la puerta primero, ignorando al hombre obeso que tenía al lado.
Había buscado a Anthony Baldwin en su teléfono cuando se detuvo a la entrada del polígono industrial.
Anthony había sido condenado por robo de coches cuando tenía poco más de veinte años y había cumplido condena por ello.
No fue mucho tiempo, pero obviamente fue suficiente para que Anthony cambiara su perspectiva de la vida.
Desde entonces, no se había acercado a una comisaría.
Y Jake tuvo la sensación de que no iba a cambiar sus costumbres ahora.
—¿A qué se dedican exactamente aquí en Reliance Autos?
—preguntó Jake, escaneando el taller que tenía ante él.
Una hilera de escritorios lindaba con un garaje para coches en un espacio diáfano.
Bancos de trabajo y neumáticos se apilaban a un lado del edificio; mientras tanto, en el centro, había un elevador de vehículos grande, que estaba vacío.
—Nos encargamos de la personalización de vehículos deteriorados. Los propietarios traen sus motores viejos y nosotros los modificamos. Traemos algunos al siglo veintiuno —dijo Anthony. De repente habló con pasión en la voz.
—¿Dónde está todo el mundo? ¿O solo está usted hoy?
—preguntó Jake mientras miraba alrededor del garaje.
En el bolsillo, hacía girar entre sus dedos el minúsculo dispositivo de grabación que escucharía a escondidas cada conversación dentro de las instalaciones.
Todo lo que tenía que hacer ahora era encontrar un lugar seguro donde dejarlo.
—Están todos fuera con clientes. Como parte de nuestro servicio, les ofrecemos una vuelta de prueba gratuita en el circuito local cerca de la M25, por cortesía de un viejo amigo.
—Entonces, ¿está usted solo?
—No —dijo Anthony. Miró hacia una puerta de madera a la izquierda de Jake—. Rachael está aquí. Está archivando unos papeles.
Jake asintió.
—¿Qué puesto ocupa ella aquí?
—Secretaria. Se encarga de toda mi administración y de todo lo demás. Nunca he conocido a una chica tan organizada como ella. Es una trabajadora incansable. A veces no sabe cuándo parar.
—¿Puedo hablar con ella?
Anthony puso los ojos en blanco, resoplando.
—Claro.
Anthony dejó a Jake donde estaba y se dirigió a la puerta.
Jake aprovechó el breve momento que estuvo a solas para pegar el dispositivo de grabación en la parte inferior de un escritorio cercano.
No era muy original, pero bastaría dadas las circunstancias.
Unos segundos después reapareció Anthony, con su cuerpo apenas capaz de pasar por el pequeño hueco en la pared.
Detrás de él venía una mujer menuda que tenía la mitad del tamaño de Anthony en todos los sentidos, y aproximadamente la mitad de su edad.
Jake calculó que andaría por los veintitantos.
Tenía el pelo castaño y unas cejas potentes y llamativas que hacían que pareciera estar frunciendo el ceño, juzgándole.
Sus piernas y brazos eran delgados, pero desprendía un aire de poder e intimidación que decía que sabía lo que hacía y que nadie le iba a decir lo contrario.
—Hola —dijo Rachael mientras se acercaba a Jake. Le tendió la mano y Jake se la estrechó; su apretón fue firme. La de él, en cambio, estaba empapada por una fina capa de sudor; los nervios de haber colocado el micro en la mesa le estaban pasando factura.
—Encantado de conocerla. Deduzco por lo que dice Anthony que es usted la que manda.
Rachael sonrió, mostrando todos los dientes. Dos mechones de pelo colgaban delicadamente a ambos lados de sus ojos y se elevaron cuando se le subieron los pómulos.
—Básicamente tiene razón. Yo dirijo este lugar. Él es solo la cara no tan bonita de la entrada. Rachael miró a su jefe, sonriendo con sarcasmo. Dirigiéndose a Jake, preguntó—: ¿En qué puedo ayudarle?
La forma en que lo miraba era intensa. «Me pregunto si podría acceder a las grabaciones de sus cámaras de seguridad del día de los atentados del 01/08, y comprobar sus registros relativos a cualquier actividad comercial realizada ese día», explicó Jake.
—No veo por qué habría de ser un problema —dijo Rachael con calma. Miró fijamente a los ojos de Jake, sin romper el contacto ni una sola vez para pedir la aprobación de Anthony Baldwin.
«A lo mejor es verdad que es ella la que manda», pensó Jake para sí mismo.
Ella se dio la vuelta y se encaminó hacia la oficina que había detrás del muro del taller. Anthony y Jake la siguieron.
Los tres entraron en la pequeña habitación.
Comparada con la recepción, estaba impecable.
El escritorio estaba ordenado, y lo único que parecía fuera de lugar eran los restos del almuerzo.
A lo largo de la pared había archivadores.
En ellos había escritas letras del alfabeto.
Jake se preguntó si habría algo enterrado en lo profundo de aquella montaña de papel que revelara alguna irregularidad corrupta.
Pero eso sería para otro momento y para otro departamento.
—Ya se lo he dicho —dijo Anthony, cerrando la puerta—. Está todo limpio de cojones. Y no solo en ese sentido de la palabra.
Por el rabillo del ojo, Jake vio que Rachael se giraba como si fuera a responderle algo a su jefe, pero se alejó tras mirar a Jake de forma significativa.
Él no aprobaba el acoso sexual en el lugar de trabajo, y solo podía imaginar cómo se lo tomaría Rachael y con qué frecuencia Anthony hacía tales comentarios.
Jake se volvió hacia Rachael, que seguía mirándolo fijamente. ¿A qué venía esa mirada? —Parece que lleva el negocio con mucha mano firme.
—Hago lo que hay que hacer. Este vago de mierda no va a mover un dedo, así que lo haré yo. —Las comisuras de la boca de Rachael se curvaron ligeramente hacia arriba, dejando ver la parte superior de sus dientes.
Justo cuando Jake iba a decir algo, su teléfono vibró en el bolsillo. Era Mamadou.
«Joder», pensó, temiéndose ya lo peor. Levantó un dedo en el aire y salió de la oficina de Rachael.
—¿Sí, jefe? —dijo Jake.
—¿Dónde coño estás, Tanner? ¿Sabes lo que me han estado contando por la oficina? Te sugiero que te disculpes con el personal de Reliance Autos por tu incompetencia y vuelvas aquí ahora mismo.
Mamadou colgó el teléfono antes de que Jake pudiera responder. «¿Cómo ha podido saber que estaba aquí? ¿Ha dicho algo Lucy?».
Y entonces se dio cuenta: la llamada telefónica. Las llamadas internas se grababan. «¿Cómo he podido ser tan estúpido?». Jake tendría que preocuparse por eso de camino al Yard. Se guardó el teléfono y volvió a entrar en el despacho. Se encontró con miradas incómodas.
—Lamento la interrupción —dijo—, pero tengo que irme. Ha surgido un asunto urgente. Gracias a ambos por su tiempo. Volveré pronto con otra orden. Aquí tienen mi tarjeta por si necesitan llamarme para cualquier cosa mientras tanto.
Jake puso una tarjeta sobre una mesa cercana.
Tenía su dirección de correo electrónico y su número de móvil.
Ni a Rachael ni a Anthony pareció importarles.
Sacudiéndose la americana con las palmas de las manos, Jake asintió a Anthony y a Rachael, les dio las gracias de nuevo y se dirigió hacia la salida.
Mientras subía de un salto a su BMW X5, solo tenía un pensamiento en mente: esas miradas extrañas que Rachael no dejaba de lanzarle.
¿Estaba flirteando? ¿Intentaba decirle algo? ¿O intentaba ocultar algo?
¿O simplemente se lo estaba imaginando todo?
En la radio sonaba la canción de éxito Despacito, y nada más empezar, Jake no pudo evitar pensar que le gustaría llegar a New Scotland Yard precisamente así, despacito.
No tenía ninguna prisa por recibir la bronca de Mamadou.
Durante el trayecto, sus pensamientos se centraron en Lucy.
Llevaba poco tiempo en el puesto y odiaría ser el responsable de poner en peligro su carrera.
Cuando Jake regresó a su segundo hogar, era avanzada la tarde y el ambiente en la oficina se estaba relajando un poco. Jake recorrió la decimocuarta planta, se detuvo ante el despacho de Mamadou, oyó a su jefe hablar con alguien por teléfono y llamó a la puerta.
Hubo lo que pareció un largo silencio antes de que Mamadou respondiera.
—Adelante.
Tragando saliva, Jake giró el pomo de la puerta y entró.