Capítulo 1
L a adrenalina y las endorfinas recorrían la sangre de Jake Tanner.
La música en sus oídos lo aislaba del resto del mundo, mientras el aire acondicionado del gimnasio le erizaba el vello de la nuca y de los brazos.
Los guantes de boxeo se ajustaban a sus puños.
Golpeaba el saco una y otra vez, sintiendo cómo su cuerpo descargaba su ira contra el gran saco de arena.
Tras soltar un último y pesado gancho de derecha, se detuvo para quitarse los guantes y limpiarse la frente con la palma de la mano.
Una fina capa de sudor resbaló por su piel y se secó la mano en los pantalones cortos.
Miró por las ventanas mientras cogía una botella de agua.
Hacia la ciudad de Londres. Hacia el cielo gris otoñal.
Hacia la lluvia torrencial. Hacia las gotas que descendían por el cristal de la ventana.
Acababa de pasar la hora del almuerzo y el gimnasio de New Scotland Yard estaba vacío.
Nadie podía permitirse el lujo de sacar tiempo para bajar allí.
Excepto él.
El mero pensamiento en él irritó a Jake.
Tirando su botella de agua al suelo, cogió una cuerda y empezó a saltar.
En las últimas semanas, había estado entrenando duro, mejorando su forma física mientras dejaba de lado su salud mental.
Pasaba la mayor parte del tiempo en el gimnasio trabajando, preparándose e imaginando el día en que se reuniría con Moshat Hakim.
El día en que lo derrotaría, enviándolo a prisión por el resto de su despreciable vida.
O mejor aún —y de forma totalmente extraoficial—, el día en que mataría a Moshat Hakim.
Era un día que Jake esperaba con ansias.
—Supersonic de Oasis sonaba en sus oídos. Los riffs de guitarra lo espoleaban. Respiraba rápida y rítmicamente por la boca mientras saltaba al compás.
La puerta del fondo del gimnasio se abrió.
El DCS Mamadou Kuhoba, el jefe de Jake y uno de sus amigos más cercanos en el servicio, entró.
Era un hombre de complexión ancha con una barriga prominente, y su pelo corto y muy rizado estaba salpicado de plata.
Jake se detuvo al instante, dejó caer la cuerda al suelo junto a su botella y se quitó los auriculares.
—¿Qué está pasando aquí, entonces? —preguntó Mamadou, avanzando hacia Jake.
Jake miró a su alrededor. —Acaricio animales en el zoo. ¿Qué te parece que estoy haciendo?
El rostro de Mamadou decayó. —Gracioso. Solo me preguntaba si estabas bien.
—Sí —Jake se encogió de hombros—. ¿Por qué no iba a estarlo?
—No te he visto mucho, eso es todo.
—He estado ocupado.
—Eso es lo que le dices a todo el mundo. Siento que no he hablado contigo en condiciones desde aquel día. Me alegro de que te quedaras con nosotros en el SO15 y no te fueras al MI5. No te veía como espía.
—Habría sido demasiada tensión física y mental. Elizabeth y yo decidimos que lo mejor era que lo rechazara. No solo por mí, sino también por la familia.
—Me alegro. Aunque no me gustaría estar trabajando allí ahora mismo. Hay muchas críticas.
—¿Por qué? —Jake frunció el ceño.
—Mientras estabas de baja, el director general Brockhurst declaró que Moshat y Adil habían estado en su radar. Investigaron, pero no encontraron nada de valor, así que se detuvieron. Fue su decisión —dijo Mamadou.
—No sería la primera vez que dejan que alguien se les escape, ¿verdad? —dijo Jake. Se refería a un intento de atentado que había tenido lugar en un centro comercial las navidades pasadas y que tanto él como Mamadou habían frustrado.
Mamadou sonrió, evitando el comentario. Metió la mano en su bolsillo trasero y sacó el teléfono. Se quedó mirándolo un rato, dudando, como si tuviera miedo de hablar sobre algo que le rondaba la cabeza. Se aclaró la garganta. —Informática me envió los registros de tu ordenador el otro día.
Jake se quedó helado.
—¿Y? —dijo, intentando actuar con la mayor naturalidad posible.
—Ha sido una lectura interesante —Mamadou miró a su izquierda y señaló la fila de bancos junto al estante de pesas que recorría la pared—. ¿Nos sentamos?
Jake no respondió. En su lugar, buscó un asiento y miró a Mamadou mientras este se sentaba enfrente. El cuero sintético era incómodo y sentía que sudaba aún más.
—Tenemos que hablar, Jake. ¿Seguro que estás bien?
Jake suspiró. Odiaba que lo trataran como a un niño.
Había sido una constante desde que regresó del hospital tras el atentado.
Mamadou, Elizabeth, Frances, su madre; todos querían demostrarle que se preocupaban, que estaban allí para él.
Actuaban como si supieran cómo se sentía.
Pero no era así. Ninguno de ellos lo sabía.
¿Cómo podrían saberlo? ¿Cómo podría dejar que alguien cercano supiera lo que sentía cuando ni él mismo lo entendía?
—¿Qué viste en el registro? —preguntó Jake. Se descubrió agarrando el borde del banco hasta que se le blanquearon los nudillos.
—Tus búsquedas en internet, tío. TEPT. Síntomas, signos, tratamientos. ¿Por qué no me dijiste que lo padecías?
—Pensé que habría sido obvio —dijo Jake, apretando los dientes. Se recriminó por haber olvidado borrar el historial del navegador. Era un error de principiante y ahora estaba sufriendo las consecuencias.
—Bueno, claro. Se supone. Pero no había tenido ninguna confirmación. Esas cosas están por encima de mi nivel.
—¿Cómo puede ser? Eres mi supervisor.
Mamadou se inclinó más, apoyando los codos en las rodillas. —Pensaba que estabas teniendo reuniones sobre el tema. —Habló en voz baja, la más baja que Jake le había oído nunca. Por un momento, no hubo división entre jefe y empleado. Solo eran dos amigos charlando.
—Las tenía —dijo Jake, mirando al suelo.
En los meses posteriores al atentado, Jake había tenido múltiples sesiones de asesoramiento y terapia con los psiquiatras internos.
Pero seguía sin estar más cerca de encontrar la paz, ni de encontrar el tiempo, y mucho menos la aprobación, para perseguir a Moshat él mismo.
Jake tenía que vivir con la cruda realidad de que había dejado marchar al hombre.
Eso era lo que se repetía en su mente cada vez que miraba a Elizabeth o se acostaba junto a ella.
Cada vez que miraba a su propia mujer, recordaba a Martha, la madre de Elizabeth, que había sido víctima de Moshat.
Algunas noches se quedaba despierto recordando los sucesos de aquel día, reviviéndolos, intentando pensar qué habría pasado si hubiera actuado de otra manera.
—¿Por qué dejaste de ir a las reuniones, Jake? —El rostro de Mamadou se contrajo a medida que crecía su preocupación por Jake.
Jake guardó silencio.
—Vamos, Jake. Puedes decírmelo. Nos conocemos desde hace mucho tiempo y esta es la primera vez que te cierras conmigo. No puedo ayudarte si no me dejas. Nadie puede.
Jake abrió la boca para hablar, pero las palabras no salían.
—He estado ocupado —dijo desafiante.
—¿Con qué? No me digas que es porque has estado aquí metido todo este tiempo.
—Elizabeth. Me necesita. He tenido que reprogramar la mayoría de mis citas con el psiquiatra porque está preocupada por el bebé.
Ha estado lidiando con mucho estrés. Su madre.
Yo... —Jake vaciló. Odiaba mentir a su amigo, pero era necesario.
La explicación sencilla era que no quería discutir sus problemas con nadie.
Ni siquiera consigo mismo. Cada vez que buscaba en internet síntomas y signos de TEPT, se temía a sí mismo; peor aún, se odiaba aún más.
La idea de que pudiera ser susceptible a ello, de que hubiera defraudado a todos por padecerlo... Lo hacía sentir débil y vulnerable.
—¿Cuándo fue la última vez que viste a alguien? —preguntó Mamadou, tocando la pierna de Jake, devolviéndolo al presente.
Jake buscó en su memoria. —Septiembre.
—¿Septiembre? Maldita sea, Jake. Eso fue hace más de dos meses. Han pasado muchas cosas desde entonces. ¿Ha estado empeorando tu TEPT?
Jake no respondió, lo cual fue suficiente aliento para que Mamadou continuara.
—¿Por qué no has hablado de ello con nadie más?
—Porque es difícil, ¿vale? Admitir una derrota así.
—¿Admitir una derrota? —Mamadou se levantó—. ¿No hablarás en serio? Nada de lo que pasó aquel día fue normal. Nadie te culpa de nada. Nadie pasó ni por una décima parte de lo que tú pasaste. Nadie.
Jake levantó la vista. Miró fijamente a los ojos profundos y oscuros de Mamadou. —Tú lo hiciste.
—Eso es diferente. Yo he aprendido a lidiar con estas cosas.
—¿Has estado hablando con alguien sobre lo de tu madre? —preguntó Jake.
Mamadou hizo una pausa, metió la mano en el bolsillo y sacó su móvil.
—Vale, escucha. No voy a mandarte de vuelta al loquero de aquí; se pondrán de mala hostia por haberles mentido y por intentar librarte de tantas reuniones durante tanto tiempo.
Yo los apaciguaré por ti. En su lugar, lo que voy a hacer es mandarte a la especialista que vi yo.
Es una experta. Aunque sus métodos sean...
poco convencionales. A mí me ayudó muchísimo.
Sea lo que sea lo que te recete, quiero que consideres probarlo.
Yo lo hice, e iba en contra de todo lo que defiendo, pero tengo que admitir que ayudó.
Es solo una solución a corto plazo. En el momento en que se convierta en algo a largo plazo, hablas conmigo.
Poco convencionales. Corto plazo. Largo plazo. ¿A qué se refiere? Docenas de preguntas y preocupaciones flotaban en el cerebro de Jake.
Mamadou extendió la mano. —Dame tu móvil.
Tras desconectar los auriculares de la clavija, Jake le pasó el móvil a Mamadou.
—Estoy añadiendo sus datos a tu agenda. Se llama Kim Olson. Solo asegúrate de que Elizabeth no lo vea. Empezará a pensar que pasa algo raro —dijo Mamadou. Levantó una ceja y las comisuras de sus labios temblaron ligeramente.
—Esa es la menor de mis preocupaciones —dijo Jake, descubriéndose sonriendo. Hacía mucho tiempo que no lo hacía. En los meses posteriores al atentado, se había distanciado del resto del equipo, y se sentía bien al charlar con alguien que le importaba y encontrar algo de lo que poder reírse.
Mamadou le devolvió el teléfono. Jake se quedó mirando el nombre y el número en la pantalla.
—¿A qué esperas? —preguntó su amigo, aclarándose la garganta—. No me voy de aquí hasta que reserves una cita.
Jake miró a Mamadou con incredulidad. —Vamos, Mam. No es necesario.
—Sí lo es. No voy a permitir que me des plantón. Vas a hacer esa llamada. Y si no la haces tú, la haré yo por ti.
Suspirando, Jake se hizo a un lado y marcó el número, de modo que Mamadou estuviera fuera del alcance del oído.
La persona al otro lado respondió al segundo tono.
—Dígame, habla la doctora Olson.
—Hola, doctora. Me llamo Jake Tanner.