El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Gideon rió. Cruzó la habitación. Imogen alzó las manos y empezó a desabrocharle los botones dorados de la casaca, uno a uno, sin prisa, besándole el cuello a medida que los abría.

Notó cómo él le temblaba bajo los dedos.

Le deslizó la casaca por los hombros y la dejó caer sobre una silla.

Después la camisa. Después el chaleco. Gideon, mientras tanto, buscaba con dedos torpes los corchetes del vestido de seda marfil, que Honoria había diseñado con una cantidad insensata de botoncitos.

—Tengo la impresión de que esto está hecho a propósito —murmuró.

—Honoria disfruta con la tortura.

—Voy a tener que hablar con ella.

—Después. Primero abróchate... quiero decir, desabróchame.

Rieron los dos. Gideon, por fin, consiguió abrir la espalda del vestido, y la seda se deslizó por los hombros de Imogen, por sus caderas, hasta formar un charco marfil a sus pies.

Se quedó en camisola, con las piernas desnudas y los hombros al aire, a la luz de la vela.

Gideon se detuvo. La miró durante un largo instante en silencio.

—Dios mío —dijo.

—¿Qué?

—Eres mi esposa.

—Ya lo has dicho.

—No me canso de decirlo.

La atrajo hacia él. Se besaron. Fue un beso lento, hondo, con el gusto del ron y del pastel de ciruelas, con una calma nueva, la calma de saber que tenían toda la vida por delante.

Imogen le recorrió la espalda con las manos, descubriendo de nuevo las cicatrices, los músculos, la piel caliente.

Él deslizó los tirantes de la camisola por sus hombros, y la tela se desprendió y cayó.

Quedaron desnudos en medio de la habitación, con la luz de la vela temblando sobre sus cuerpos, y se miraron, y se sonrieron, y no hizo falta decir nada.

La llevó a la cama. Los pétalos secos se esparcieron bajo su cuerpo con un susurro.

Gideon se tendió a su lado, apoyado sobre un codo, y le acarició el rostro, el cuello, los hombros.

La besó en los labios. En la barbilla. En la base de la garganta.

Bajó despacio por su cuerpo con la boca, deteniéndose en cada pecho, en cada costilla, en el hueco del ombligo, y ella cerró los ojos y se dejó llevar, con las manos enredadas en su pelo y un suspiro largo que le fue naciendo en el pecho.

Cuando la boca de él llegó a su sexo, abrió las piernas sin timidez.

Sintió su lengua caliente, lenta, certera, y arqueó la espalda con un gemido ronco, y el placer, creciendo en oleadas suaves, interminables, la fue desarmando poco a poco, con una dulzura que no tenía nada de precipitada.

Gimió su nombre. Lo repitió. Cuando llegó, lo hizo con un estremecimiento largo y silencioso, el cuerpo temblándole entero, las lágrimas resbalándole por las sienes y una sonrisa que no podía contener.

—Ven —susurró—. Ahora. Quiero sentirte dentro.

Gideon subió por su cuerpo. Se acomodó entre sus piernas. La miró a los ojos.

—Te quiero —dijo.

—Yo también.

—Mi esposa.

—Mi marido.

Se hundió en ella con lentitud, hasta el fondo, y los dos cerraron los ojos y suspiraron a la vez.

Se quedaron quietos un momento, con la frente apoyada en la del otro, respirando el mismo aire.

Después empezaron a moverse, despacio, con un balanceo largo y pausado, y el ritmo fue creciendo sin prisa, sin brusquedad, como el de una marea que sube.

Imogen le rodeó la cintura con las piernas.

Lo abrazó con todas sus fuerzas. Notó los músculos de la espalda de él ondularse bajo sus palmas, su respiración entrecortada en el oído, el temblor que le recorría los muslos.

Le susurró palabras que nunca había dicho.

Él respondió con otras. La cama de roble, sólida, silenciosa, no emitió ni un solo crujido.

—Esta cama no canta —murmuró él, entre dos jadeos, con una sonrisa contra su cuello.

—No tiene muelles.

—Qué decepción.

—Mañana nos llevamos el catre de la viuda Maggs.

Gideon se echó a reír con tanta fuerza que se le cortó el ritmo.

Imogen rió con él, abrazada a su cuello, con las lágrimas de risa mezclándose con el sudor, y las risas se fueron convirtiendo poco a poco en suspiros, y los suspiros en gemidos, y de pronto el placer los alcanzó a los dos de una vez, a traición, con una violencia dulce que los dejó sin aliento.

Imogen gritó su nombre. Él hundió el rostro en su hombro con un gemido grave y se estremeció sobre ella, largo rato, hasta quedar laxo y jadeante, con los brazos temblando a ambos lados de su cabeza.

Se quedaron tendidos, enlazados, bajo la colcha de pétalos secos.

Fuera, en el jardín, alguien cantaba una balada desafinada sobre una molinera, y alguien más le pedía que se callara.

La vela se consumía en la mesilla. Por la ventana entraba una luz de luna blanca y fría que iluminaba los mapas enrollados sobre el escritorio.

—Imogen.

—Dime.

—¿Estás feliz?

Ella sonrió con los ojos cerrados, con la cabeza apoyada en su pecho.

—Es la cosa más estadística que me has preguntado nunca.

—¿Y?

—Un cien por cien —dijo Imogen—. Con un margen de error de cero.