El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

La Alondra zarpó de Gravesend en una mañana de viento franco, con las velas hinchadas, la proa cortando el agua gris y veintisiete marineros cantando una balada desafinada sobre la hija de un molinero que nadie había conseguido erradicar del repertorio.

Imogen la vio alejarse del muelle desde la popa, con una mano en la barandilla y la otra sobre la concha de nácar, que llevaba prendida al cinturón con un cordón de seda azul.

En el embarcadero, un grupo de figuras empequeñecía a cada brazada: lord Thistlewood, con la peluca de Linneo ondeando y un pañuelo blanco que agitaba sobre la cabeza con fervor de náufrago; Honoria, con un sombrero de plumas verdes que había comprado para la ocasión y que el viento pugnaba por llevarse; Mrs. Pennywhistle, inmóvil, con los brazos cruzados y una cesta de pan a los pies; y Fairweather, con el sombrero en la mano.

Quill estaba a bordo, en el alcázar, junto a Gideon, con un libro de poemas en el bolsillo y cara de estar a punto de llorar.

—¿Preparada? —preguntó Gideon, rodeándola por la cintura desde atrás.

—No.

—Mentirosa.

—Sí —dijo ella, apoyándose contra su pecho—. Preparadísima.

Fue un viaje largo. Tardaron cuarenta y siete días en cruzar el Atlántico, con una tormenta frente a las Azores que arrancó una verga y dejó a Mulligan verde durante una semana, tres días de calma chicha que Pip aprovechó para aprender a leer las estrellas, y una noche, frente a la costa de Madeira, en que el mar se encendió de fosforescencia de proa a popa y toda la tripulación, hasta el último hombre, se quedó en cubierta en silencio, mirando la estela verde.

Imogen, con la cabeza apoyada en el hombro de Gideon, pensó que había sido necesario hacer el viaje hasta allí para entender que la belleza, a veces, no es algo que se pueda explicar. Hay que verla.

Kingston los recibió con un calor húmedo y una luz tan dorada que dolía mirar.

Fue una ciudad de puertos y mercados, de casas de colores desgastados por el sol, de fortines coloniales, de palmeras y de gritos de vendedores.

Gideon entregó las cartas de presentación en la residencia del gobernador.

Brant, desde su celda de Newgate, había entregado la lista de compradores.

Y durante los ocho meses siguientes la Alondra, con patente real y una tripulación que había aprendido a manejar papeles legales con la misma destreza que los sables, recorrió las islas, de Jamaica a Barbados, de Antigua a Santa Lucía, tocando a puertas de plantaciones, de despachos, de casas particulares, con un funcionario de la Corona a un lado y un pirata con uniforme de capitán al otro.

No fue una tarea limpia. Hubo puertas cerradas.

Hubo amenazas, sobornos, jueces que no querían oír, abogados que preguntaban qué derecho tenía un inglés a meterse en los asuntos de un propietario.

Hubo noches en que Gideon volvía a la cámara con los puños cerrados y la mirada ardiendo, y Imogen lo abrazaba sin preguntar.

Hubo una tarde de lluvia en que un plantador de Santa Lucía, un hombre rubicundo, de modales exquisitos y manos pequeñas, les cerró la puerta en las narices, y Hobb tuvo que ser sujetado entre cuatro hombres para no derribarla. Pero hubo también otras tardes.

Hubo una en Barbados en que una mujer de unos treinta años, de ojos grandes y manos finas de costurera, salió a una galería con un niño de cinco años de la mano, miró a Gideon con una desconfianza tan honda que le heló la sangre, y le preguntó, en un inglés lento y preciso:

—¿Es verdad lo que dicen? ¿Que han venido a buscarnos?

—Es verdad —dijo Gideon.

—¿Y qué quieren a cambio?

—Nada.

—Siempre quieren algo.

—Entonces —dijo Imogen, adelantándose con las manos abiertas—, quiero saber su nombre. Y si quiere venir o quedarse, y a dónde. Porque eso lo decide usted. No nosotros.

La mujer la miró un largo rato. Después, muy despacio, bajó la guardia.

—Abena —dijo.

Fueron treinta y seis los que encontraron.

Seis habían muerto, de fiebres o de trabajo.

Los demás, cada uno con su historia, su nombre, su manera de mirar el mundo, escucharon lo que Gideon e Imogen tenían que decirles, y cada uno eligió.

Veinte quisieron volver a África, y la Corona, empujada por Fairweather y por las cartas de las familias de marineros que llegaban a Londres en sacos de correo, dispuso los barcos.

Doce prefirieron quedarse en Barbados, en tierras compradas con el dinero decomisado a Ravenscar. Cuatro subieron a bordo de la Alondra.

Uno de ellos se llamaba Kofi. Era un hombre de unos cuarenta años, de hombros anchos y silencio tranquilo, que había sido piloto de canoas en la costa de Fante antes de que nadie lo arrancara de allí.

Una noche, en la cubierta, mientras Imogen medía con el sextante la altura de una estrella que no conocía, se acercó a ella sin ruido y le dijo:

—Se hace así. Pero también se puede de otra manera.

—¿De otra manera?

—Con las olas. —Señaló el agua oscura—. El mar tiene un dibujo, señora. Cuando se aprende a verlo, no hace falta mirar al cielo.

Imogen lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Me lo enseña?

—Si usted me enseña a dibujarlo.

Pasaron muchas noches juntos en cubierta, con un cuaderno entre los dos.

Kofi explicaba cómo las olas rebotan en las islas lejanas y dibujan en el agua patrones que sólo ve quien ha crecido en ellos.

Imogen anotaba, preguntaba, corregía, descubría.

Y cuando, un año más tarde, publicó su primer atlas, con una Carta corregida del estuario del Támesis y las costas del Nore firmada con su nombre y una segunda sección titulada Métodos de navegación de la costa de Fante, según el piloto Kofi Mensah, el Almirantazgo lo adoptó para sus oficiales con una nota de agradecimiento que Imogen enmarcó y colgó sobre el escritorio, junto al grabado del Mar del Norte.

La casa estaba en un acantilado de la costa de Sussex, a dos millas de Brighton, y tenía diecisiete ventanas, una chimenea de piedra, un tejado de pizarra gris y una biblioteca con doce estanterías que Gideon había construido con sus propias manos, con la ayuda de Hobb y de una cantidad desproporcionada de ron.

Imogen la vio por primera vez desde el camino, una tarde de abril, con la cabeza apoyada en el hombro de su marido y un bulto bajo el vestido que empezaba a no pasar desapercibido.

Habían vuelto a Inglaterra después de catorce meses de ausencia.

La casa, blanca, de líneas sencillas, con los postigos azules y una hilera de rosales recién plantados, dominaba un mar de un verde profundo que se extendía hasta el infinito.

Había humo saliendo de la chimenea. Había, en el jardín, un hombre mayor con una peluca blanca ligeramente ladeada, agachado ante un muro de piedra con una lupa de bronce, murmurando nombres latinos.

—Caloplaca marina —decía—. Un ejemplar magnífico.

—¡Padre!

Lord Thistlewood se incorporó con un respingo.

Se le cayó la lupa. Se le cayó la peluca.

Se quedó mirando a su hija con la boca abierta, y después soltó un grito de alegría tan fuerte que una bandada de gaviotas salió volando del acantilado, y echó a correr hacia ellos con los brazos abiertos y el paso cojo, y Imogen, con la barriga redonda y las lágrimas rodándole por la cara, se lanzó a abrazarlo.

—¡Estás enorme! —gritó él.

—¡Padre!

—¡Es un cumplido! ¡Eres un ejemplar magnífico! ¡Esto hay que celebrarlo! ¡Mrs. Pennywhistle! —Se volvió hacia la casa, con la voz quebrada—. ¡Mrs. Pennywhistle, han vuelto! ¡Y traen un nieto!

Mrs. Pennywhistle salió a la puerta con una cesta de pan en cada mano. Los miró. Soltó las cestas. Se secó las manos en el delantal con un gesto muy lento.

—Ya era hora —dijo, y rompió a llorar con un hipido que le sacudió los hombros.

Fue una noche inolvidable. Cenaron todos juntos en la mesa larga del comedor, con las ventanas abiertas al ruido del mar: lord Thistlewood, Mrs. Pennywhistle, que se negó a sentarse y sirvió de pie, Mulligan con la viuda del mar, que había venido a cenar con un sombrero de cerezas, Hobb, que había decidido retirarse de la mar y abrir una taberna en Brighton con una vista excelente y un cartel con una alondra pintada, y Pip, convertido en un guardiamarina larguirucho, con la nariz torcida y una arrogante pelusa en el labio.

Quill estaba allí, claro. Y a su lado, con la media luna de Diana prendida al pelo en un gesto de provocación, Honoria Blythe, que anunció en el momento de los postres, con la copa en alto y las mejillas coloradas, que dentro de dos meses se convertiría en la señora de Ambrose Quill.

—¡Honoria! —gritó Imogen, poniéndose en pie.

—Tenía que hacerlo —dijo Honoria, con la voz temblorosa—. Es el único hombre que me ha leído poemas sin que se lo pidiera. Y me ha dicho que mis chistes malos tienen un ritmo yámbico.

—Es verdad —dijo Quill, ruborizado hasta la raíz del pelo—. Es un yambo perfecto.

—¿Y la novela? —preguntó Gideon.

—Salió el mes pasado. —Honoria sacó un volumen de su bolso, encuadernado en tela verde, con un título dorado—. El pirata y la bibliotecaria. Tres ediciones agotadas. El Times dice que es «un disparate delicioso».

—Quiero un ejemplar —dijo lord Thistlewood.

—Padre, sales en el segundo capítulo.

—¡Qué honor! ¿De qué me disfrazo?

—De Linneo.

—Magnífico. Magnífico. —El naturalista se frotó las manos—. Siempre fui un hombre de recursos.

Imogen se echó a reír. Se rió tanto que tuvo que apoyarse en el borde de la mesa, y Gideon, a su lado, la sostuvo por la cintura con una mano y con la otra le acarició el vientre, y ella notó, a través de la tela, una patadita pequeña, enérgica, indiscutible, que le hizo olvidar la risa y alzar los ojos hacia él.

—Se mueve —susurró.

—Lo sé. Lo siento.

—Es muy decidido.

—Sale a su madre.

—Sale a su abuelo. A su padre, a su tío Ambrose y a un grumete de dieciséis años. —Imogen bajó la voz—. Quiero que se llame Thomas.

Gideon no contestó. Se quedó inmóvil, mirándola, con los ojos de pronto brillantes. Después se inclinó hacia ella, le tomó la cara entre las manos y la besó, con una ternura tan grande que la mesa entera enmudeció y, después de un instante, estalló en un aplauso.

Más tarde, cuando los invitados se hubieron retirado y la casa se hubo quedado en silencio, subieron a su habitación, que ocupaba toda la esquina oeste del primer piso y tenía dos ventanales que se abrían sobre el mar.

Imogen se sentó en el borde de la cama, con una mano sobre el vientre. Estaba agotada y feliz. Gideon se arrodilló ante ella, le quitó los zapatos, uno a uno, le masajeó los pies hinchados con los pulgares, despacio, y ella echó la cabeza hacia atrás con un suspiro de agradecimiento.

—Esto es lo más bonito que me han hecho en mi vida.

—Sólo lo segundo —dijo él.

—¿Qué fue lo primero?

—Una mujer con un atizador me apuntó a la cabeza.

Imogen se rió. Lo atrajo hacia sí. Se besaron, despacio, con dulzura, sin necesidad de demostrar nada, y cuando las manos empezaron a buscarse, lo hicieron con una calma casi sagrada.

Gideon la ayudó a quitarse el vestido, con una reverencia infinita, y cuando ella quedó desnuda a la luz de la luna, con la curva redonda del vientre bañada de plata, él la miró con los ojos húmedos y le besó el ombligo, con tanta suavidad que ella notó que el niño se movía debajo de sus labios.

—Hola —susurró Gideon, contra su piel—. Soy tu padre. Un pirata. Un hombre muy afortunado.

Imogen, con los ojos cerrados y las lágrimas deslizándose por las sienes, le acarició el pelo.

Hicieron el amor despacio, de lado, con cuidado, abrazados, en la cama grande bajo el ventanal abierto, con el rumor de las olas entrando por la ventana como una nana.

Gideon la sostuvo por la cadera. Imogen sintió cada movimiento suyo con una claridad que le aceleró el corazón, y gimió su nombre, y él le susurró al oído que la quería, que la querría siempre, que sería capaz de cruzar todos los mares del mundo para volver a esa cama, a esa casa, a esa mujer.

Cuando el placer la alcanzó fue un oleaje largo, profundo, tranquilo, que le subió desde los dedos de los pies hasta la nuca y se quedó vibrando mucho rato en el pecho, y él la siguió con un suspiro ronco, apretándola contra sí, con la boca hundida en su hombro y el cuerpo entero temblando de una dicha tan pura que le dolía.

Se quedaron abrazados, en la penumbra, escuchando el mar.

Pasó un buen rato antes de que Imogen se incorporara con cuidado, se envolviera en una manta, se levantara de la cama y cruzara la habitación descalza hasta la estantería de la pared norte, donde, sobre el estante más alto, entre un tratado de moluscos y un tomo de Linneo, descansaba una concha de nácar del tamaño de un huevo.

La tomó. Volvió a la cama. Se sentó en el borde, con las piernas cruzadas, y la acercó a su oído.

Gideon se incorporó sobre un codo.

—¿Qué dice?

Imogen cerró los ojos. Escuchó. El rumor largo, hueco, antiguo, el de siempre, el que había oído a los cinco años sobre las rodillas de su madre en una biblioteca de Richmond, subía desde las profundidades de la concha como un respirar enorme.

Y por la ventana abierta, mezclado con él, llegaba el sonido verdadero: el del mar de verdad, a cien metros, rompiendo contra las rocas del acantilado, inmenso, vivo, indiferente y generoso.

Los dos sonidos se mezclaban. Uno venía de dentro. El otro, de fuera. Y no se distinguían.

—Dice —murmuró, abriendo los ojos— que el mar verdadero es mucho más grande.

Gideon sonrió. La rodeó con un brazo y la atrajo hacia sí.

Apoyó la barbilla en su hombro. Los dos se quedaron mirando por la ventana el agua plateada, la luna alta, el horizonte lejano donde el cielo y el mar se confundían en una raya clara y sin fin, y sobre ellos, y dentro de ellos, el rumor de la concha, el murmullo de las olas, el latido sordo de un niño que pronto vería lo mismo.

—Gideon.

—Dime.

—¿Qué hay al otro lado de las líneas?

—No lo sé.

—Yo tampoco.

—Pero lo averiguaremos.

—Mil veces —dijo Imogen.

—Mil veces —dijo Gideon.

Y se besaron una vez más, con la concha entre los dos, mientras el mar seguía cantando bajo la ventana su canción antigua, y la luna dibujaba sobre las aguas un camino de plata que no llevaba a ninguna parte y que, por eso mismo, llevaba a todas.

Fin.