Capítulo 19 #2
Honoria Blythe la había organizado con un rigor militar que habría hecho palidecer a Wellington.
Había elegido las flores (muérdago y acebo, porque en invierno no había otra cosa), el banquete (cuatro pisos de pastel, seis jamones, diecinueve tartas de frutas, un barril de ron de Jamaica que Hobb había aportado «de contrabando, pero con licencia real»), la música (tres violinistas de Richmond y una concertina) y la distribución de los invitados.
En los bancos de la izquierda, la familia de la novia: lord Thistlewood de punta en blanco, con una levita de terciopelo azul que Mrs. Pennywhistle había planchado durante tres horas, lady Blythe con la gola isabelina, la tía Edith, con un gansito en brazos, tres primos lejanos de Cambridge y una duquesa viuda de ochenta años que no había sido invitada pero que asistió con unos impertinentes de oro y dijo, en voz perfectamente audible, que nunca había visto una boda tan entretenida.
En los bancos de la derecha, la familia del novio: veintisiete marineros con sus mejores chaquetas, la barba recortada y los ojos brillantes, un diputado, un cocinero que no paraba de llorar, un bosun de barba negra que había renunciado al pañuelo rojo por primera vez en veinte años, y un hombre alto y flaco con gafas redondas reparadas con bramante que sostenía contra el pecho un libro de poemas.
El novio esperaba ante el altar con el uniforme de capitán de la Armada Real, azul oscuro con vueltas blancas y botones dorados, que le habían confeccionado en ocho días y que llevaba como si le hubieran puesto una armadura.
Se había afeitado. Se había peinado. La cicatriz de la ceja brillaba bajo la luz de las vidrieras.
Y cuando se abrieron las puertas de la iglesia y empezaron a sonar los violines, le fallaron las rodillas.
Imogen avanzó por el pasillo del brazo de su padre.
Llevaba un vestido de seda marfil que Honoria había diseñado con una perfección tiránica, de escote cuadrado, mangas largas de encaje y una cola breve que Pip, con una librea azul prestada y una cara de terror sagrado, sostenía con las dos manos a tres pasos de distancia.
Había renunciado al velo. En el pelo, recogido en un moño bajo, llevaba una hilera de pequeñas flores de acebo, y entre las manos, en lugar de un ramo, sostenía con delicadeza una concha de nácar del tamaño de un huevo.
—Algo prestado —le había dicho a Honoria, cuando esta protestó—. Algo azul. Algo viejo. Algo nuevo. Todo en un solo objeto.
—La concha no es azul.
—Por dentro tiene un destello azul.
—Imogen, eso es hacer trampas.
—Es una estadística —había dicho ella—. Un objeto basta.
Gideon la vio llegar. La vio recorrer el pasillo de piedra bajo las vidrieras, con la luz de colores dibujándole manchas rojas y azules en el vestido, con la cabeza alta y los ojos fijos en los suyos, sonriendo con una sonrisa que le habría derribado de una sola vez los cinco años de dolor que llevaba a cuestas.
Se le humedecieron los ojos. No hizo nada por impedirlo.
Cuando lord Thistlewood le puso la mano de su hija en la suya, notó que le temblaban los dedos.
—Cuídala —murmuró el viejo, con la voz temblorosa.
—Lo prometo.
—Y a los líquenes.
—Y a los líquenes.
El párroco, un hombre cargado de espaldas con una voz sorprendentemente profunda, los casó con una ceremonia que fue, según todos los presentes, la más breve y la más emocionante de la historia de Richmond.
Cuando llegó el momento de los votos, Gideon cogió las dos manos de Imogen entre las suyas y habló, sin papel, sin ensayo, con la voz ronca de tanto esperar el momento de decirlo.
—Imogen. Entraste en mi vida con un atizador y me preguntaste por qué no te amenazaba.
Yo no tenía respuesta. Ahora la tengo. No te amenacé porque desde el primer segundo supe que si te perdía, me quedaría sin mapa.
—Respiró hondo—. Te prometo que mientras viva te daré todos los mares que quieras ver.
Te prometo no mezclar nunca los atlas con los pájaros.
Y te prometo una casa pequeña en la costa con muchos estantes y una ventana que dé al agua. Te lo prometo mil veces.
Imogen estaba llorando. Le costó articular las palabras.
—Gideon. —Sonrió, con las mejillas mojadas—.
Yo llevaba veinticuatro años mirando mapas, esperando saber qué había al otro lado de las líneas.
Y descubrí que lo que había era un hombre que no se atrevía a gritar, pero que me miraba como si yo fuera lo único que existía.
—Le apretó las manos—. Te prometo seguirte hasta el borde del mundo.
Te prometo corregirte las latitudes. Y te prometo, aquí, delante de Dios, de mi padre y de veintisiete marineros, que jamás volveré a decirte que dejes de reírte de mis chistes sobre la estadística.
Se oyó una carcajada entre los marineros. Hobb se sonaba la nariz con un estruendo. En la última fila, la duquesa viuda de Aldersgate dijo, a un volumen que cubrió toda la nave, que aquello era lo más bonito que había oído en cuarenta años.
—Los declaro marido y mujer —dijo el párroco.
Gideon la besó.
Fue un beso breve, solemne, dulce, bajo las vidrieras, ante cien testigos, y a su alrededor estalló un estruendo de vítores, aplausos, violines y concertinas, mientras Pip, con la cola del vestido en las manos, lloraba sin disimulo y Mulligan caía desmayado sobre el banco de al lado, sostenido a medias por la viuda del mar, que había aparecido de la nada vestida de negro con un sombrero lleno de cerezas.
El banquete duró hasta la medianoche.
Hubo discursos. Lord Thistlewood pronunció uno de cuarenta minutos sobre la historia natural del matrimonio en las especies liquénicas, que tuvo que ser interrumpido con delicadeza por Mrs. Pennywhistle y una bandeja de croquetas.
Quill, con voz temblorosa, recitó tres estrofas de Wordsworth y rompió a llorar a la mitad de la segunda.
Hobb brindó por «la dama que me llamó estadística», con tal fervor que tuvieron que sentarlo.
Honoria, de pie sobre una silla, con una copa en la mano y la media luna de Diana prendida de nuevo en el pelo, dijo que quería agradecer a sus dos mejores amigos que le hubieran dado la mejor aventura de su vida, y que pensaba escribirla.
—¿Qué título tendrá? —preguntó Imogen.
—El pirata y la bibliotecaria.
—No soy bibliotecaria.
—Eres lo más parecido que he visto nunca.
Se bailó. Gideon bailó un vals con su esposa en medio del salón de la casa de Richmond, ante un círculo de invitados, con la mano de ella en el hombro y la suya en su cintura, girando despacio al compás de tres violines mal afinados, y esta vez no pisó a nadie.
Después bailó con lord Thistlewood, que lo guió con una dignidad cómica.
Con Honoria, que le dio una palmada en el trasero con la media luna.
Con Mrs. Pennywhistle, que dijo que no bailaba, y bailó.
Con la duquesa viuda, que dijo que los marineros eran los mejores bailarines y que le hubiera gustado conocerlos más a fondo cuarenta años antes.
Y cuando el reloj de la chimenea marcó la medianoche y los invitados, rojos de ron y de risas, empezaron a despedirse uno a uno entre abrazos y lágrimas, Gideon tomó a su esposa de la mano y la condujo por la escalera de madera, con el tercer escalón crujiendo bajo sus pasos, hasta una puerta que ella conocía desde la infancia.
Era el cuarto de Imogen.
Estaba exactamente igual. Una cama de roble con dosel de cretona azul, una ventana que daba al jardín, un escritorio con un tintero de latón y un montón de mapas enrollados.
En la pared, enmarcado, un grabado antiguo del Mar del Norte.
En la mesilla, una vela encendida. Alguien, y ella sospechó de Mrs. Pennywhistle, había esparcido sobre la colcha unos pétalos de rosa secos que traían el verano en pleno invierno.
—Tu cuarto —dijo Gideon.
—Mi cuarto.
—Siempre me pregunté cómo sería.
—Es muy aburrido.
—Es el sitio más hermoso que he visto en mi vida. —Cerró la puerta. Echó el pestillo. Se quedó apoyado contra la madera con una media sonrisa, mirándola como si no creyera que existía—. Estás casada.
—Lo estoy.
—Con un pirata.
—Con un capitán de la Armada Real. Con uniforme.
—Con uniforme prestado. Pica en los hombros.
—Quítatelo.